Opinión

INSTITUCIONES

Juan José Solozábal | Jueves 07 de agosto de 2008
Tendemos a confundir los hombres con las instituciones. Los hombres las ocupan y representan, pero las instituciones los trascienden y superan, también los mejoran o los envilecen. Como viera muy bien Max Weber los modernos sistemas de gobierno son estructuras institucionales que no dependen de las condiciones personales de quienes mandan sino de sus competencias o atribuciones. Así las instituciones perduran a quienes transitoriamente las ocupan y continúan funcionando incluso cuando quienes las fundaron ya no están. Esta idea se encuentra detrás de la aspiración liberal revolucionaria a establecer, frente a lo que ocurría en el antiguo régimen, un gobierno no de hombres, sino de leyes.

Es cierto entonces que una democracia es, antes de nada, un conjunto de instituciones. Y que las instituciones, siempre imperfectas y mejorables, son la mejor garantía de nuestra democracia. Pero este discurso sobre la dignidad institucional, no puede llevarse a cabo ignorando la importancia que precisamente para la salud de la democracia tiene el que quienes ocupen las instituciones lo hagan conforme al decoro que la alta función de éstas exige.

Estoy pensando en la cobertura de las vacantes en dos altas instituciones del Estado, el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional, cuya renovación debe llevarse a cabo de forma inmediata. Sería bien importante que el atenimiento a las exigencias constitucionales de la mayoría cualificada se observase no sólo en la letra sino también en el espíritu, de manera que los propuestos para esos cargos fuesen personas que alcanzasen en todos los casos el alto apoyo requerido. Quiere esto decir, ante todo, que las vacantes no se cubriesen por el expediente del cómodo reparto entre los dos grupos políticos que proporcionan la mayoría requerida para hacer la propuesta, de manera que en la cuota correspondiente cada grupo optase por los nombres que quisiera. Lo deseable sería, antes bien, que los nombramientos recayesen en personas , todas ellas, de independencia probada y que fuesen capaces, también todas ellas, de suscitar en razón de su competencia y trayectoria el alto consenso que la Constitución exige para su nombramiento.

Es cierto que, podríamos decir, pensando en Hannah Arendt que no vivimos en tiempos heroicos de fundación en los que sobreabundan los hombres virtuosos, pero estoy bien seguro que , si se mira bien, con ojos adecuados, no habrán de faltar esos hombres y mujeres rectos que, en esta ocasión, nuestra democracia necesita.


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