Opinión

DE LA VEGA Y LOS JUEGOS

Ricardo Ruiz de la Serna | Jueves 07 de agosto de 2008
La vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega está en México y, desde allí, ha hecho declaraciones sobre la política informativa impuesta por las autoridades chinas a los deportistas que participan en los Juegos Olímpicos. Ustedes ya saben cómo está el patio. La judoka Ivonne Bönisch ha dicho que competirá con un brazalete reivindicativo de la causa tibetana. Los activistas de derechos humanos de medio mundo han lanzado denuncias contra el régimen chino, que a su vez tiene el desafío de gobernar un país de 1.300 millones de personas; en España somos cuarenta y miren la que está cayendo.

La Audiencia Nacional ha acordado instruir la causa contra siete altos cargos del Gobierno chino, entre ellos el Ministro de Defensa y el de Seguridad del Estado. Para completar el panorama, el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, ha dicho que “no se puede escribir en medios de comunicación [sobre política]. La consecuencia es la retirada de la acreditación y a casa. Ya somos todos mayores. Es el momento del deporte y de los deportistas. El de la política será otro”. Pues bien, la vicepresidenta –que tantas libertades desea para todos constantemente- ha apoyado esta política de silencio para los atletas españoles. María Teresa Fernández de la Vega ha dicho que “la familia olímpica tiene sus propias normas que hay que respetar”.

A su juicio, una cosa es que un deportista tenga su manera de pensar y otra que no respete las normas que están establecidas. He aquí la falacia. Las normas no prohíben que los atletas se pronuncien sobre lo que ven o escuchan (sólo faltaría eso). El Comité Olímpico Australiano, por ejemplo, ha dejado a sus atletas libertad para expresarse. El propio Comité Olímpico Internacional ha autorizado a los atletas a expresar sus opiniones.

El problema, no son, pues, las reglas. China no permite simplificaciones. Es el país más poblado del planeta y su economía crece a un ritmo de más del 10% anual desde hace cinco años. Este crecimiento viene generando graves problemas de contaminación, pero está permitiendo a la población salir de la pobreza. La clase media china es una realidad aunque haya grandes diferencias de desarrollo, por ejemplo, entre las zonas costeras y el interior. La demanda de materias primas y de energía del Celeste Imperio ha cambiado el panorama de los mercados y está reorganizando el juego global. Junto a Rusia, Brasil y la India, el coloso asiático está alterando el reparto de poder que, desde la caída del Muro de Berlín, se daba por garantizado.

Desde 2006, la venta de coches en China se ha multiplicado por diez. Tres de cada mil chinos tienen coche cuando la tasa en Estados Unidos es de uno por cada dos personas. Así, no estamos sólo ante un acontecimiento deportivo; también lo es político. China está haciendo una exhibición de poder como actor mundial y no es fácil. Las exigencias en materia de Derechos Humanos por parte de la comunidad internacional son constantes: el desarrollo no es sólo un asunto económico. La atención mundial está sobre el régimen de Pekín.

El apoyo chino al gobierno islamista de Sudán es cada día más difícil de justificar. Más de cien mil policías, 74 aviones, 48 helicópteros, 33 buques de guerra y hasta baterías de misiles tierra aire se han desplegado para hacer frente a una amenaza terrorista que hace dos días dejó 16 muertos en un atentado. También China tiene víctimas que llorar. Las protestas relativas a la cuestión tibetana, a Falun Gong y a las recientes expropiaciones preocupan a las autoridades. Parece que hay quien cree que el desarrollo es algo más que riqueza económica.

El problema ambiental ha llevado a que las autoridades ordenen la paralización de fábricas y prohíban la circulación de un millón y medio de coches durante los juegos (¿se imaginan algo así en España?) No, China no tiene las cosas fáciles.

La firmeza en la crítica debe ir unida a la honradez en lugar de ser silenciada. Es fácil criticar a China desde la barrera, pero también lo es sumir en el silencio a las voces disidentes. Es un error tratar de sofocarlas. Ni la crítica destructiva ni la callada sirven como respuesta a los desafíos que afronta China y -con ella- el mundo entero. Todos estaremos pendientes de lo que suceda en los Juegos y de lo que digan los atletas. No hay un mundo deportivo ajeno al mundo real. Hoy, más que nunca, los deportes también son política.

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