Como es sabido, existen varios tipos de estímulos para viajar, desde los playeros, culturales, aventureros hasta los sexuales, religiosos o beodos. Desde esta tribuna, sin embargo, hoy voy a proponerles otro tipo de actividad estival, que podríamos encuadrar en el genérico concepto de “turismo burocrático”, ya esbozado en su momento por Ramón Gómez de la Serna, quien consideraba lo más excitante del viaje el extracto del reglamento de ferrocarriles expuesto en el vagón de pasajeros. El sitio del que les voy a hablar constituye, como señala el título, el destino ideal para todas aquellas personas a quienes conceptos como pólizas, exacciones, dictámenes, ordenanzas, fueros, formularios, estatutos, arbitrios y, en general, todo el conglomerado de convenciones que dan forma a nuestro corpus jurídico, les suscita una irrefrenable fascinación. Aunque, bien pensado, la peculiaridad del lugar podría asimismo suponer un infierno para quienes hagan de la adscripción a categorías bien definidas su forma de concebir el mundo y las instituciones, como ocurre con los burócratas.
Pues bien; si se encuentran ustedes de viaje por la Europa septentrional y no tienen nada mejor que hacer, les sugiero darse una vuelta por Baarle-Hertog, donde podrán admirar una de las más grotescas delimitaciones fronterizas del mundo. Antes de continuar, les supongo familiarizados con el concepto de enclave, un territorio rodeado total o parcialmente por otro perteneciente a diferente demarcación administrativa, bien regional o internacional. En España tenemos ejemplos significativos de enclaves, como el burgalés Condado de Treviño incardinado en la provincia de Álava, el rincón de Ademuz o el gerundés municipio de Llivia, rodeado en su totalidad por suelo francés. En cualquier caso, nuestro país cuenta con una de las más peculiares delimitaciones fronterizas del mundo, pues linda con el microestado de Andorra, con la colonia de Gibraltar, se reparte semestralmente la soberanía de la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa, y tiene dos ciudades autónomas enclavadas en el continente africano.
Como digo, Baarle-Hertog se trata de un enclave belga sito en medio del municipio de Baarle- Nassau, perteneciente a los Países Bajos, cuya peculiaridad radica en que se encuentra a su vez salpicado de territorios bajo soberanía holandesa. Imagínense, así, que dentro del referido Condado de Treviño se encontraran subdivisiones administrativas bajo dependencia alavesa. Pues eso mismo, pero en el ámbito internacional, ocurre en Baarle, un pueblo perteneciente a dos Estados contiguos cuyas calles conforman un dédalo de líneas de demarcación en el que puede darse la circunstancia, y de hecho se da, de que los aseos de un restaurante se encuentren en un país diferente al del resto del establecimiento.
El origen de esta situación arranca de la Edad Media, cuando un noble (hertog significa duque en holandés) adquirió diversos territorios que quedaron bajo su jurisdicción, y este statu quo se mantuvo incluso con posterioridad a la creación del estado belga, momento en el que hubo un intento de regularizar definitivamente la frontera. Sin embargo, la revolución de 1830 dio al traste con el proyecto y hoy en día los gobiernos de ambos países han optado por mantener la anomalía, pues poco más puede ofrecer el lugar a los cuatro visitantes a quienes nos interesan estas cosas que la diversión de recorrer la línea que delimita los enclaves y observar cómo se adentra en ciertos portales o secciona por la mitad un banco de hormigón y proporciona a su usuario la posibilidad de asentar las nalgas en Bélgica y los pinreles en Holanda, o viceversa. A los vecinos del lugar tal peculiaridad se la trae al fresco, pues cuando en un comercio le pregunté a los dependientes sobre la ubicación del propio establecimiento en uno u otro país no supieron darme respuesta, aunque yo me digo que el asunto tendrá cierta trascendencia, pues cada ciudadano pagará sus tributos al Estado del que es nacional o, cuando menos, al del territorio donde radican sus negocios por mucho que el retrete se encuentre en el extranjero, lo que da pie a considerar que quizá también los inmuebles necesiten una capitalidad que determine su estatuto internacional. No comprendo, así, cómo puede soslayarse tal circunstancia con tanta frivolidad ni cómo se las arreglaban sus habitantes con anterioridad al establecimiento del derecho a la libre circulación de personas establecido a partir de la constitución de las Comunidades Europeas, si bien quiero presumir cierta flexibilidad previa en cuanto al régimen de tránsito existente entre los países del llamado Benelux. Por otra parte, el diseño de la frontera parece haber sido elaborado por un demente, aunque no menos absurda resulta la posterior planificación urbanística, pues el trazado de ciertas calles configura una cuadrícula, mientras que el enclave sobre el que se asientan tiene forma de romboide. Por ello, algún portal pertenece a diferente estado que el contiguo aun compartiendo edificio, lo cual puede comprobarse por la banderita que figura en los rótulos con el número identificativo a modo de inocente gesto de buena voluntad para poner algo de orden en semejante sindiós, mas el problema persiste, pues lo mismo ha de ocurrir necesariamente dentro del interior de las viviendas.
Empero, el caso más extremo de desmadre fronterizo se encontraba entre India y Bangladés antes del acuerdo de 2015 que puso fin a una disparatada situación determinada por la existencia de más de cien porciones de territorio indio insertas en el país contiguo, muchas de las cuales contenían a su vez isletas bajo dominio bangladesí, e incluso en una de ellas llegó a constatarse la existencia del único enclave de tercer grado existente en el mundo. De esta chifladura se derivaban una serie de problemas más allá de lo pintoresco, toda vez que las relaciones entre ambas naciones limítrofes distan mucho de lo armonioso. Piénsese así en las dificultades de los vecinos de una aldea enclavada adonde se precisara llevar agua potable si las autoridades del estado que ha de atravesarse para acometer el enganche no concedieran el permiso, o en la insoluble situación de un ciudadano a quien no se le permitiera salir de su enclave por carecer del pasaporte cuya tramitación requeriría necesariamente cruzar la frontera para acceder al territorio matriz.
Si les interesan este tipo de excentricidades geopolíticas y otras de parecido tenor, les remito a la excelente web fronteras.blog, donde podrán saciar sus ansias de conocimiento acerca de las estrafalarias soluciones concebidas a lo largo de la historia por nuestros estadistas, con las que han conseguido enquistar un sinfín de conflictos territoriales, un fenómeno que a causa del resurgir en nuestros días de multitud de movimientos irredentistas al socaire de un nacionalismo new age promete depararnos en el futuro una casuística inimaginable.