Un sector cualificado de la vida política británica ha aceptado que el Reino Unido es antes una colonia de los Estados Unidos de América que una parte de la Unión Europea. Se negó al euro, se negó a Schengen, se negó a cualquier decisión europea que perjudicase a Washington. La alianza de la II Guerra Mundial permanece. Los aliados eran Inglaterra y Estados Unidos. La Francia de De Gaulle apenas significaba nada. Churchill y Roosevelt ni siquiera consultaban las posiciones del general francés.
Cuando Merkel empezó a gallear y quiso que el euro desbancara al dólar en el precio internacional del petróleo se desencadenó una crisis económica que demostró dónde estaba el Imperio. Los Estados Unidos de América mantienen la pax americana que a todos beneficia, en la que los americanos ponen el dinero y además los muertos, y ni estaban ni están dispuesto a los galleos de la canciller germana. Así que Washington decidió excluir al Reino Unido de Europa y esa es la situación política que vivimos. El presidente intemperante Trump ya ha anunciado que tras el brexit enriquecerá a Inglaterra con un tratado comercial preferente. El primer ministro Boris Johnson tiene las ideas muy claras. Como no quiere un aquelarre parlamentario prolongado ha pedido a la Reina que firme la suspensión del Parlamento. Isabel II ha hecho lo que la tradición británica le exige: respaldar a su primer ministro. Y en un par de meses asistiremos a lo que desde hace setenta años, salvo alguna excepción aislada, viene ocurriendo en política internacional: que los Estados Unidos se saldrán con la suya. Washington fortalecerá su Imperio y la Unión Europea quedará seriamente debilitada.