Opinión

Ruge Almodóvar

TRIBUNA

Miguel Ángel Gómez | Lunes 02 de septiembre de 2019

Pedro Almodóvar, con sus gafas negras que no le ocultan la sinceridad y el entusiasmo, con los tacones que van y dicen para los adentros, con su ataque de nervios que no se desenfunda de sí mismo, con su lirismo de chicas que le hace sentirse demasiado bien, demasiado relajado, demasiado despreocupado, con Pepi, Luci, Bom sin vidas rutinarias, con Carmen Maura clara tras haber dormido una o dos horas y con su “¡Riégueme!”, con El Deseo que tiene por delante toda una vida nueva, con sus travestis que se arremolinan, con sus amas de casa, con sus monjas, con Antonio Banderas febril de impaciencia tras marcharse con los Reyes del Mambo, con su Laberinto de Pasiones, con sus instintos que no le impiden llevar a cabo su propósito, con sus tinieblas, con su comedia transgresora en el río de Heráclito, con La mala educación como un demonio, con su Alaska, con su noche madrileña rica y esplendorosa, con sus ojos, con sus veranos, con la flor de la infancia, con sus referentes, con Lola Flores, con su carne, con sus fantasmas haciéndole cosquillas y ocultándose en uno de los cajones de la cómoda. Ahora ya tiene el León de Oro de Honor del Festival de Venecia considerándolo el cineasta español “más influyente” desde Luis Buñuel y abriendo el camino hacia Los Ángeles y el Oscar.

Hay quien cree ver en las películas de Pedro Almodóvar o en sus historias, la cara de Alfred Hitchcock. Ha construido, como él, un mundo privado y rico. Sabe que es bueno hablar de la culpa, del miedo, de la impotencia. Es un intelectual del cine. Le gusta sentirse desnudo y libre como si en lugar de dormir en la cama hubiera pasado la noche en un banco del parque. Fui a ver al cine “Dolor y gloria” que, con persistencia ciega y tozuda, se me ha metido en el corazón. La película de Pedro es fina, como pata de araña, pero permanente y bellísima. En ella se nos muestra su autorretrato, la dificultad para separar cine y vida. El cine es escritura que tiene que superar las mismas dificultades que la poesía, siempre nos arropa en nuestra pena, siempre se arrastra hasta nosotros como un cadáver si es necesario. Encontramos el rastro de los felices 80, es la suma de las experiencias del director, pasión de Federico Fellini con personajes que hacen las veces de Frankenstein y amores permanentes, “seres creados a partir de otros y el resultado de haber cogido de aquí y de allá”. El protagonista, Salvador Mallo (un Antonio Banderas que lo da todo y se queda muy ancho, a la manera de Mastroiani en “Ocho y medio”, tanto humana como espiritualmente) sufre multitud de dolores y achaques que le impiden con frecuencia estar en la mesa de trabajo, y recurre a las drogas como un orgulloso corcel resoplando fuego. Aparece aquí la desagradable, aunque grande, vampirización del cine, que se desliza como por debajo de una puerta cerrada y le encuentra extraordinariamente vívido y vulnerable. Pedro Almodóvar sella las heridas que le han sangrado sin cesar hasta ahora.

A lo largo de cuarenta años ha mirado atentamente a las mujeres, con ellas los ojos se le iluminan inmediatamente. Marisa Paredes, Victoria Abril, Cecilia Roth, Leonor Watling, Emma Suárez, Chus Lampreave. Figuras de mujer que le han ayudado a crecer en el cine teniendo la paciencia infinita del director, y con ella la convicción de que el tiempo trabaja a su favor. La heroína que no tiene más que el presente encarnada por una Penélope Cruz que nos embruja con sus ademanes de emoción. Sabores, sensaciones. La madre que entrega a su hijo con un fulgor blanco de tragaluz “a Dios”, llevándolo al seminario para que crezca estudiando. Pedro Almodóvar baila con el pasado hasta las cuatro. El director manchego no está cansado y tiene la capacidad de hacer florecer tres cualidades: espontaneidad, amor por la creación y amor por el arte.

El León de Oro le hace defenderse de las miradas escrutadoras, de los buitres que querían darse un banquete con su cine, que hacen que no desaparezca la presión. La Mostra ve con la mente de Pedro Almodóvar y la mente ve lo que se le dice que vea, cambiando de un ambiente a otro. Son 31 años los que han pasado, desde que en el 88 trajera “Mujeres al borde de un ataque de nervios” y el presidente del jurado, en aquel entonces Sergio Leone, insistiera en que le había gustado y, llega Almodóvar, sincero y abierto, a hablar de lo vivido, y amado, y sufrido, y gozado. Puede llevarse bien en cualquier parte con cualquiera. La mayoría de la gente no es así. Se escapó la Palma en Cannes, que se metió en el baño y cerró la puerta por dentro, pero, ahora, tras esperar y esperar, el León de Oro le da la ovación mientras se retuerce de placer, la gente desea que le ayude, quieren escucharle leer guiones con sus nuevos papeles. O sea que el dolor. Qué bien, el dolor. Qué bien después de estar rodeado de heridas agonizantes.

Pedro Almodóvar, con sus películas que se aprietan contra nosotros, nos susurran y nos besan en las mejillas, con su sobriedad de planos que son soldados y nos derriban el corazón de un sablazo, con su “parquedad en el uso del adjetivo, usa los adjetivos más concretos, simples, directos”, que diría Carpentier, con su huida de lo comercial, con su curiosidad por saber hasta dónde llegará su ingenio, cuál será la magnitud de su próxima película, con su aspecto de diversión y juventud. Almodóvar. Pedro Almodóvar.