Opinión

Marinetti en Buenos Aires

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 02 de septiembre de 2019

El crecimiento capitalista y la industrialización desencadenaron durante el siglo XIX y principios del XX un desarrollo que transformó radicalmente a Europa. La concepción de la realidad se modificó entonces con un ritmo vertiginoso, que afectó y sirvió también de alimento al arte. Los conceptos de espacio y tiempo se transformaron haciendo más rápidas las comunicaciones; lo que hizo, a su vez, que los artistas asumieran una actitud de rebeldía dando origen a nuevas propuestas cuyos axiomas se caracterizaron por el rechazo rotundo del pasado y un culto casi religioso hacia lo nuevo, todos ellos amparados bajo el rótulo común de la palabra “vanguardia” (confieso aquí, antes de seguir adelante, mi rechazo hacia la palabra “vanguardia” aplicada al arte, pues me parece un término más cercano a lo militar, más en consonancia con las épocas del terror jacobino, bolchevique o de las sectas religiosas). Pero bueno, más allá o más acá de mis gusto personales, de estos lineamientos surgieron los correspondientes “ismos” inspirados en estos grandes cambios que la Segunda Revolución Industrial había introducido en Europa; sobre todo con las máquinas y la tecnología que buscaban plasmar la esencia del movimiento en las formas, intentando agregar al mensaje velocidad, fuerza y energía.

De esta manera, con un contradictorio encanto, aunque decididamente atractivo como elemento de rebeldía, se inició en Milán, en 1909, el Movimiento Futurista, que impulsara el poeta y teórico Filippo Tommaso Marinetti. La propuesta principal se basaba en una radical ruptura con la tradición; es decir, con todas las formas del pasado y con los signos convencionales de la historia del arte. Tenía como postulados propios la exaltación de lo sensual, lo nacional y lo guerrero, junto, por supuesto, a la adoración de la máquina, el retrato dialéctico de la realidad en movimiento, lo objetivo de lo literario y la disposición especial de lo plástico; todo, con el fin de dar como resultante una expresión definitivamente nacional. Fue una ruptura adornada con todas las flores del patriotismo, que emocionalmente conmovió a muchos y exaltó el corazón de los jóvenes, sobre todo en un momento político que le fue afín y lo recibió con clamor y entusiasmo. Esto es en la época que el pretendidamente “auténtico y primer revolucionario”, como se denominara a sí mismo, el teatral Benito Mussolini que deslumbraba y exaltaba a sus auditorios.

El Movimiento Futurista rechazaba de plano las formas del arte tradicional e intentaba ensalzar la vida contemporánea en alianza con un maternal amor a la patria, basándose -como ya señalamos- en dos temas contemporáneos dominantes, la máquina y el movimiento, extendido hacia todas las formas expresivas: artes plásticas, arquitectura, urbanismo, publicidad, moda, cine, música, poesía, impulsado y con el objetivo de crear un verdadero arte de acción, con el propósito de rejuvenecer y construir un nuevo orden en el mundo.

Fue así como en la mañana del 20 de febrero de 1909, el periódico francés Le Figaro amanecía en portada con las pretensiones de un joven literato e ideólogo de treinta y tres años, llamado Filippo Tommaso Marinetti, que proclamaba en once puntos una nueva forma de abordar el hacer y el ser artístico a través de premisas (literarias y plásticas en un primer momento) con la aquiescencia y adhesión de artistas italianos como Giacomo Balla, Umberto Boccioni, Carlo Carrà, Luigi Russolo y Gino Severini, entre otros.

A decir verdad, en el campo de las artes plásticas, el futurismo procedía directamente del cubismo;​ incluso los primeros cuadros son bastante similares a los cubistas, pero fueron evolucionando rápidamente, debido a su obsesión por representar la velocidad, hacia una estética diferenciada. Fue, además, el primer movimiento artístico que se organizó como tal, y se definió con una propuesta que buscaba la definitiva ruptura con todo el pasado. “Nada de lo que fue merece la pena ser conservado; hay que destruir todo”. Idea que, por otro lado, precedía a lo que luego, en 1918, propusiera León Trotsky, que en disidencia con Lenin, quería borrar todo el pasado burgués de la sociedad. Con actitud radical el Movimiento Futurista condenaba, por ejemplo, a los museos y a las academias, que eran considerados como cementerios del arte.

En cuanto a la recepción del Movimiento Futurisma en Argentina fue menos contradictoria que prudente; documentos hemerográficos y epistolares de la época dan cuenta de una ambigua relación con el movimiento italiano, hecha de homenajes y rechazos. Hablar de “contacto”, “camaradería” o “publicidad” quizás sea más adecuado que mentar influencias trascendentales o sugerir una auténtica “aclimatación local”.

España, por el contrario, mostró una mayor afinidad con el movimiento italiano y allí se adecuó la imaginería mecánica a su producción vanguardista local. El movimiento ultraísta, por ejemplo, se mostró bastante afín en revistas como Hélices, Grecia y Ultra, donde se reconoce a Marinetti, Apollinaire y Max Jacob como precedentes de la llamada estética ultraica. Tan es así que los concepto usados por el célebre Manifiesto Futurista son considerados por algunos como una nítida captura de la evolución cultural italiana al comienzo del siglo XX y muestran cómo parte de la vanguardia intelectual, con el paso de los años, habría contribuido al nacimiento del fascismo, aunque el futurismo y el fascismo están separados en el tiempo, aquel apuntaba ideas como la violencia extrema, que el manifiesto contiene. Intenta, además, contribuir para dar una explicación de por qué el fascismo sería la oportunidad de usar con éxito un estilo y aspecto típicamente nacionalista. Esto, por supuesto, haciendo referencia al futuro.

Ahora bien, ¿de qué forma se relacionó con la Argentina este movimiento? Sucedió que hacia principios de mayo de 1926 llegó a Buenos Aires la noticia de que Filippo Tommaso Marinetti, el creador del futurismo italiano, visitaría la Argentina acompañado por su esposa Benedetta Cappa, en el marco de una gira por Sudamérica organizada por el empresario Viggiani, de Río de Janeiro, para difundir los principios de esta estética. El viaje estimuló inmediatamente cierto espíritu de confrontación. Si hay un eje que articula las polémicas surgidas por este arribo a Buenos Aires es, precisamente, en torno al carácter mismo de la visita. Ni los escritores ni la prensa sabían bien si el que llegaría a esta ciudad era el Marinetti, poeta futurista, o el Marinetti, agitador fascista. Razón por la cual, como es comprensible, fue tomada con pinzas.

Sin embargo, un mes antes de su arribo el propio Marinetti se encargó de aclararlo en una carta enviada al diario La Nación y publicada con fecha 19 de junio de 1926. “No lo niego ni tengo por qué ocultarlo. A mi llegada a Buenos Aires -escribió Marinetti-, algunos diarios me presentaron bajo el aspecto de un hombre político enmascarado de poeta futurista, venido a América para enseñar el fascismo. Y en verdad soy un fascista sin carnet, amigo de Benito Mussolini y orgulloso de haber colaborado en la grandeza de la Italia de hoy. No tengo ningún encargo gubernamental y no hago política. Vivo como poeta futurista. Les aclaro, por lo tanto que soy poeta esencialmente y al que recibirán será a este y no al político...”

Lo curioso e interesante de esta polémica visita, que se concretó tres meses más tarde, fue el encuentro con los artífices de la irreverente revista (llamémosle de vanguardia) Martín Fierro, fundada por Oliverio Girondo, Evar Méndez, Ernesto Palacio y Pablo Rojas Paz, entre otros, teniendo como destacados colaboradores a Jorge Luis Borges, Leopoldo Lugones, Macedonio Fernández, Carlos Mastronardi, Roberto Mariani, Conrado Nalé Roxlo, Nicolás Olivari y Horacio Rega Molina. Martín Fierro, era sin duda el medio más representativo de la cultura Hispanoamérica y su tirada alcanzaba a más de 20.000 ejemplares en su momento; anticipo de lo que fueron después Proa, dirigida por Borges, Güiraldes y Macedonio y Sur de Victoria Ocampo.

Fiel a un estilo satírico y mordaz, Martín Fierro polemizaba burlonamente con los escritores que publicaban en la Editorial Claridad, cercana a la izquierda de la Argentina, considerados como Grupo Boedo, en una rivalidad dialéctica con los escritores del otro grupo, denominados cómo Grupo Florida, quedando dicha controversia en la historia de la literatura argentina.

Voy a mi experiencia. En una memorable conversación que tuve en el café Tortoni con nuestros poetas Carlos Mastronardi y Jorge Luis Borges, yo me tomé el atrevimiento de registrar un breve testimonio de los testigos directos de aquella visita poco feliz que hiciera a Buenos Aires Filippo Tommaso Marinetti. Hoy la exhumo con menos humor que nostalgia:

Salvo a su mujer, que era muy atractiva y locuaz -recordó Mastronardi-, al pobre Marinetti, con gracia incisiva, se lo tomó bastante en broma y hasta le hicieron pasar momentos bastantes desagradables.”

Bueno, no era para menos -interrumpió Borges-. Allí estaban ante el pobre Marinetti, Oliverio Girondo, nuestro socrático Macedonio Fernández, Evar Méndez, Alberto Hidalgo y nosotros, vos y yo, un poco colados y laterales, pero no menos implacables. Yo recuerdo un par de reuniones donde el pobre Marinetti quedó dormido en la lona. Se le pegó duro y sin piedad en Buenos Aires.

En las conferencias le fue peor -sonrió Mastronardi-. Iban en manadas para ponerlo en aprietos. ¡Pobre Marinetti, lo tomaron de punto!”

Sí, digamos que huyó despavorido de la Argentina -volvió a intervenir Borges-. Se fue jurando no volver; hasta Vicente Huidobro, que nos acompañó una noche, se ensañó con él.”