Opinión

Es la indiferencia, señor

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Martes 03 de septiembre de 2019

Es el estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia un objeto determinado: la indiferencia. La vida neutra, falsamente virtuosa, apariencial y asexuada se ha enseñoreado de todo. Probablemente este brote efebocrático de insufribles posadolescentes entregados al medro en los partidos políticos se deba a su deficiente vida sentimental. Busquemos su origen en una gélida indiferencia que acaso les salga al paso cuando, después del baño de serviles, lleguen al hogar estos narcisos fatuos, sobresalientes en estupidez, que conducen la gestión del país al desastre perpetuo. Por ejemplo. Pura cojera ideológica.

El ojo guiñado y el piropo están proscritos, porque una legión de hipócritas puristas en chancletas vendrá a demandarnos autocensura, compostura, educación y buenos modales. A darnos lecciones. A exigirnos, en definitiva, indiferencia y mordaza ante la belleza, el deseo, el abuso de autoridad o la injusticia social, pongamos por caso. Seamos indiferentes, ya que no debemos –según ellos– ser demasiado humanos.

En “La aventura del príncipe Florizel y el detective” de Las nuevas mil y una noches, de Robert Louis Stevenson, podemos leer uno de los pasajes más siniestros y abismales de la historia de la literatura; aquél en el que el despiadado John Vandeleur le dice a Francis Scrymgeour, su hipotético yerno: “Te considero con indiferencia muy cercana a la aversión”. Hemos construido un mundo de cuerpos esbeltos e hipercomunicados que se miran y desean con desconfianza, amparados en el anonimato de la masa, y que se marcan límites verbales e intelectuales propios del Santo Oficio, pero que no dejan de provocar al prójimo con extremada picardía al otro lado de la aséptica pantalla. Sienten una aversión por el otro muy próxima a la indiferencia bipolar, como escribió Stevenson, entre el “hater” y el devoto. Depende del minuto.

La indiferencia ha alcanzado un aberrante prestigio y amenaza con quedarse entre nosotros bajo la especie de un murmullo cuyo zumbido ensordece: arde el Amazonas y España bate su récord de trabajadores en riesgo de pobreza –uno de cada siete– según la EPA y la Encuesta de Condiciones de Vida, mientras el sujetador de “cashmere” de 500 euros que luce Katie Holmes es noticia porque ha provocado un seísmo y la empresa fabricante agota sus existencias. Y es la indiferencia la que ha paralizado la vida política española, la falta de mayorías claras y la indefinición y la inestabilidad que padecemos desde las elecciones de 2015: acallados los indignados, sofocado el incendio social, amordazadas las voces de protesta… solo queda el latido dócil de los indiferentes.

Decía Bernard Shaw que era la esencia de la inhumanidad y que “el peor de los pecados que puede cometerse contra una criatura humana no es odiarla, sino sentirse indiferente hacia ella”. La psicóloga de la Universidad de San Diego Jean Twenge acaba de publicar un estudio esclarecedor sobre los millennials y la Generación Z: la paradoja de la era “Tinder” es que está dando como resultado un tiempo asexual o, como ella lo ha denominado, asistimos a una auténtica recesión sexual. La desgana, la abulia, la saciedad, la fatiga mental, el revolcón ocasional y sin compromiso y la vagancia amorosa hacen estragos en la vida amorosa de los más jóvenes, pandemia que amenaza con extenderse a los mayores. El psicólogo Philip Zimbardo ha llegado aún más lejos: prefieren tener sexo consigo mismos a celebrarlo con sus parejas: puro onanismo, una de las muchas variantes de la indiferencia. Adiós a los novios y sus peleas viscerales. Una palabra bastará para levantar un inquebrantable muro de indiferencia porque es fácil el descubrimiento de otro congénere: basta con navegar un poco por las aplicaciones, y ejecutar el temible “ghosting” o espantada. El porcentaje de continuidad de una relación nacida en Tinder es del 1,62%, según las propias estadísticas de la aplicación; aunque obviamente es el óptimo para los alérgicos al compromiso, aquellos que gozan de los beneficios de estas “app”. El desconocido nos es indiferente o, como nos dijo el año pasado cierta abogada aficionada a las plataformas de contactos, “tan solo un cacho de carne con ojos”.

La bohemia de Valle-Inclán o la más tardía de Ramón Gómez de la Serna descubrieron la belleza de la incorrección y la protesta poética; ahora sus ingeniosidades y excesos serían impensables, porque habrían recibido miles de denuncias de humillados y ofendidos. El propio Groucho Marx estaría entre rejas y Mae West, musa de Dalí, habría sido combatida por varios colectivos de aludidos por su pregunta de “¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?”. El erotismo y el juego verbal han sido condenados y sustituidos por el lenguaje neutro. La indiferencia es vil y vulgar, y envenena el alma: en el siglo del panóptico foucaltiano, donde todos contemplamos las vidas ajenas, la apatía y la flojedad mental son los barrotes de esta nueva cárcel, de esta jaula de libertades solo aparentes.

Ya lo anunció Alberto Moravia en Los indiferentes (1929): en la novela, los jóvenes hermanos Carla y Michele son incapaces de amar porque solo sienten indiferencia. La primera, que aborrece a Leo Marumeci, amante de su madre, acepta casarse con él por pura comodidad. Redescubramos a redropelo, pues, el dolor, la pérdida, el cortejo, el ardor, el miedo, la ironía, la batalla, las lealtades hasta la muerte, el arrebato amoroso o el “te amaré para siempre” en un mundo de tristes indiferentes y comida rápida, de anémicos voluntarios y silentes resentidos; combatamos la pútrida “pureza” de la que muchos asustados hacen gala y ostentación narcisista.

La relación con los demás y en especial con la persona amada es un minué que ya muy pocos saben bailar: el asedio es incómodo y hasta puede parecer peligroso obtener el galardón. Mejor no exponerse: hoy en día, la conquista puede volverse una amenaza. En El revés de la trama (1940) Graham Greene lo explica muy bien a través de Wilson y su contestación final a la pregunta de Scobie: “Pero en el amor humano nunca hay nada que pueda llamarse una victoria; solamente algunos éxitos tácticos, de importancia secundaria, que preceden a la derrota final de la muerte o de la indiferencia. –¿Qué quería? –dijo Scobie. –Quería cortejarme”. Ahí es nada.

Vivimos los tiempos de los seres recambiables que ya anunciaron nuestros clásicos. Ajena a toda ternura, avanza muda, seca, áspera, flotante, epidémica, sin conceder tregua, creciendo a pasos agigantados, cubriéndolo todo con su velo tacaño e inhumano de autoservicio. Es la indiferencia, señor.

Twitter: @dfarranz