Opinión

Ser canalla en septiembre

TRIBUNA

Marcos Ondarra | Miércoles 04 de septiembre de 2019

La vida del canalla es más abnegada de lo que parece. Es soledad, es anhelo y es dolor autoinducido. El canalla sufre y hace sufrir, pero porque lo ha elegido. Eso es lo que le convierte en un canalla. Esa es su maldición, la mía. Y la vida del canalla, una vez se escapa el verano, es aún más cruel.

El verano es el aliado natural del canalla, que ve en la solana una excusa perfecta para que las rutinas dejen de imperar y las reglas dejen de regir. Es todo un perfecto espejismo. Tú lo sabes y yo lo sé, pero no importa. Mientras otros juegan a ser quienes no son y a hacer lo que antaño les fue prohibido, el canalla ve en el estío una oportunidad de reafirmar su condición. De hacer apología de sí mismo. Pero el verano muere matando y trae septiembre para hacer el trabajo sucio.

Septiembre es el mes más duro -y menos canalla- porque nos obliga a propósitos en los que no creemos y nos embulle -incluso- en cosas peores. Septiembre es la vuelta al cole de quienes ya no somos niños, es un reencuentro forzado, es melancolía y es censor de conductas. Es tiempo de viejos deberes que aparecen para recordarte que ya no son posibles tus pecados veraniegos.

De pecados y de La España canallita hablaba con Jesús Nieto, amigo, escritor y canalla por vocación. Conversábamos en torno a una botella de vino y tapas de queso con mermelada. A cada copa, yo controlaba menos la sinhueso y Jesús era muy feliz comiendo aquella carne mechada -como acto de rebeldía-. Ambos convenimos en que España es canalla o no es nada. Él también odia septiembre -y agosto-. Por algo será…

Por septiembre, vuelvo a casa con el recio propósito de olvidar con unos tragos lo que estos mismos provocaron. A los canallas, la vida se nos va en el intento fútil de domeñar las pasiones. Somos aurigas en cuyo carro alado tiran más los apetitos. Por eso, en este mes -fugada la solana- vemos con perspectiva que quizá no haya más veranos como amantes gamberros. O quizá los haya, pero llegue septiembre y de nuevo te los arrebate.

Ser canalla en septiembre no es fácil: se marcha otro amor, las noches ahogan un poco más y vuelven a brotar preguntas cuyas respuestas no puedo seguir esquivando. Mi madre sigue soñando con verme asentado y a mí me apena tener que volver a desilusionarle. Duelen los besos de las niñas que amé y de las que no también. Es la maldición del canalla: buscar, construir, derruir y volver a empezar. El bucle del que no se sale sin haber perdido la capacidad de sentir.