Opinión

Queseces

TIERRA QUEMADA

Ernesto Colsa Sotelo | Miércoles 04 de septiembre de 2019

Quizá por causa de nuestras circunstancias históricas, sobre todo a lo largo del siglo XX, a España suelen llegar con retraso modas, debates o usos sociales ya implantados o superados en sus lugares de origen. Así, desde hace unos años, la opinión pública se encuentra polarizada con gran virulencia entre los detractores y los promotores de la corrección política, esa corriente ideológica que trata de conferir neutralidad al lenguaje con la finalidad de evitar la proyección en el discurso de estereotipos tendentes a menoscabar la dignidad de determinados grupos humanos tradicionalmente desfavorecidos por motivos de sexo raza o nacionalidad, entre otros. Ocurre que, dado el carácter intrínsecamente expansivo de tales postulados, cada vez más colectivos tratan de reclamar su derecho a un trato lingüístico favorecedor, de modo que en nuestros días ya resulta complejo no ofender los sentimientos de alguno de ellos, ya se trate de celíacos, deshollinadores o terraplanistas. En relación con este asunto, les recomiendo la lectura del excelente ensayo “Manifiesto redneck”, de Jim Goad, donde se sostiene la sugerente tesis de que en EE.UU. el del paleto sureño es uno de los pocos arquetipos sociales que no se han visto favorecidos por la political correctness y a quienes se identifican con él se les imputan todo tipo de males, incluido el triunfo electoral de Trump. En cualquier caso, el debate, tan de actualidad por estos lares, ya tuvo lugar en yanquilandia en los años noventa, cuando se generalizó el fenómeno, y los argumentos esgrimidos a favor o en contra por las partes implicadas resultan esclarecedoramente idénticos, ya se trate de un integrista queer o de un conservador ultramontano.

En nuestro país hemos transitado un tortuoso camino que parte del funcionario del Registro Civil aplicando el cuño de “subnormal” en la certificación de nacimiento y termina –por el momento- con la aprobación por parte de los órganos políticos de códigos de lenguaje no sexista de directa aplicación por parte de los empleados públicos a la hora de redactar sus escritos, lo cual ha dado lugar a una jerigonza hiperburocratizada de neologismos imposibles y con el circunloquio como cláusula de estilo, por si los textos de la Administración no resultaran ya lo suficientemente abstrusos sin necesidad de tales innovaciones. De este modo, la aplicación maximalista de la corrección política, con perseguir en última instancia un fin loable, genera un rechazo social causante en última instancia del efecto contrario al pretendido y no hace sino reforzar los argumentos en contra por parte de los sectores más reaccionarios.

Pero, como digo, esta controversia ya se ha estudiado por voces más autorizadas que la mía, y no vengo aquí a aportar un punto de vista novedoso en un tema tan trillado, sino a contar mi experiencia particular en el ámbito de la corrección política, y cómo el hecho de cobijarme bajo su amparo me ha procurado ciertos beneficios, lo cual pueden ustedes extrapolar a sus circunstancias personales.

En mi caso, he de confesarles que aborrezco el queso desde que tengo conciencia de mí mismo, si bien mi madre asegura que de pequeño me administraba todo tipo de lácteos sin problema alguno. Ignoro si tal cambio de actitud se debió a algún trauma bloqueado por mi mente, a la somatización de algún empacho o simplemente al hecho de que la madurez me hizo comprender la aberración de ingerir tal inmundicia, cuyo espectro olfativo abarca todos los matices de ciertas secreciones. En este sentido, tengo a gala considerarme integrista de mi culto, y no falta gente que en principio lo secunda:

-Buf, a mí el queso me da también un asco…

Pero, al repreguntar, siempre queda al descubierto la impostura.

-Bueno, pizza sí como, y los quesitos en láminas no me molestan.

Pronto comprendí que el peculiar no era yo, sino quienes pretendían adoctrinarme acerca de las presuntas delicias de semejante emplasto hediondo, de textura arenosa o delicuescente según el grado de putrefacción, y de sabor siempre invasivo, pues las escasas veces en que tuve la mala suerte de que me lo colaran en un plato reconocía de inmediato aquel gusto al que no me hallaba habituado emponzoñando el resto de las viandas. E, invariablemente, alguien profería el aserto maldito:

-Pero, hombre, si no se nota…

Y si no se nota, ¿por qué lo echan, sobre todo en mi comida? Pero nadie ha podido proporcionarme una respuesta coherente, y con los años he llegado a la conclusión de que los demás encuentran extraño regocijo en conseguir por cualquier medio que ingiera queso en un descuido.

En las reuniones con amigos nunca falta alguien que, con falsa deferencia, evita pedir en común algún plato con queso, pero a continuación hace públicos los motivos de verse privados los demás del manjar que tanto desearían paladear:

- Es que como a este no le gusta….

Y si hay comensales de nuevo cuño, también sé lo que viene a continuación:

-Pues no sabes lo que te pierdes…

¿De verdad no te gusta ninguno? Harto, pues, de esta situación, decidí adscribirme a un grupo desfavorecido. De esta manera, si comparto mesa con alguien con quien no me vincule una relación muy estrecha, en lugar de dejar al descubierto mi fobia al elegir menú, manifiesto gran predilección por el queso añadiendo que por culpa de una alergia muy agresiva debo abstenerme de probarlo en cualquier circunstancia. Desde entonces, ni comensales ni camareros han vuelto a tocarme las pelotas con el asunto, e incluso esbozan un rictus de conmiseración. Y todo gracias a la bendita corrección política.