Opinión

El fin de las vacaciones

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 05 de septiembre de 2019

Volver a leer la prensa diaria o a mirar la televisión puede producir, tras un prolongado período de descanso, un efecto de saludable asombro. Como el estímulo reiteradamente aplicado sobre el tejido inhibe la respuesta, así la costumbre nos hace insensibles al absurdo o al ridículo: sucede lo mismo con la exposición rutinaria a los medios y redes sociales. De hecho, nada ha cambiado, salvo que hemos recuperado la sensibilidad, diría incluso, la misma salud. La pérdida de la capacidad de asombro no es el menor efecto destructivo de la exposición constante a los medios y redes sociales. Ese embotamiento es, por su apariencia anodina e inapreciable, más terriblemente eficaz que el adoctrinamiento: anonada nuestra atención y, sin imprimir en nuestra subjetividad contenidos determinados, nos deja estragados, débiles y sofocados. La recuperación de esa capacidad es el efecto expiatorio de unas buenas vacaciones.

Sometidos al torrente constante de opinión nos hacemos incapaces de ver realmente. El índice de nuestra ceguera es una completa falta de sorpresa. Vivimos descorazonados, lo que supone una espantosa evisceración. Que nuestra nublada sensibilidad signifique un corazón endurecido parece desmentido por nuestro sentimentalismo plañidero y luctuoso. Pero son las conocidas lágrimas del cocodrilo, índice de una emotividad desfigurada.

Escapar de tan pavorosos efectos puede parecer sencillo. Basta un alejamiento suficiente y duradero de los medios y las redes sociales, una separación de dispositivos electrónicos: teléfonos, aparatos de televisión y radio, ordenadores… El primer ensayo de semejante separación bastará para darnos idea de la enorme dificultad, si no rotunda imposibilidad, de ejecutar es gesto, en apariencia tan pequeño. Apenas podemos alejar de ellos a nuestros hijos, mientras nuestra propia visión está tomada por su presencia incesante.

Con el asombro se recupera además la potencia de comunicación, se aprende a hablar de nuevo. Pero la comunicación es una acción que desborda ampliamente la palabra y del mismo modo el alejamiento de la fuente del ruido inagotable es también un alejamiento ejecutivo y silencioso. El que no se somete al murmullo atroz de la falacia y de la mueca intervenida por pantallas luminosas, está haciendo cosas que fueron cotidianas: contemplar, caminar, hablar cara a cara… o segar el césped, pintar la casa, leer libros de mil páginas, jugar, beber, dormir, pescar, cantar, flirtear, mirar, pensar en nada…

Cuando se ilumina nuevamente la pantalla y conectamos el aparato dia-bólico o divisivo se suspenden esas acciones sim-bólicas o comunicativas. Vemos entonces con sorpresa que, tras varios meses de retirado silencio, ahí todavía se habla de un gobernante que parece buscar, pero elude, acuerdos de gobierno, de un país soberano que quiere escapar de una vieja alianza, del mismo orgullo tribal, de la misma crisis económica y el mismo terror al calentamiento global… y entre la hojarasca es noticia – esta semana – que un padre de pocos recursos ha tejido una mochila a su hijo. La noticia parece que debiera ser que es noticia la dilatada estrategia de un presidente que prepara elecciones, debiera ser noticia que todavía sea noticia la decisión de romper el lazo o el grillete económico-jurídico entre Reino Unido y el resto de Europa. Podría ser noticia que todavía sea noticia que un nacionalista oriental anuncie un “otoño caliente” en su satrapía. Podría ser noticia que la noticia sea el aumento de la temperatura del planeta. Y produce una tristeza insondable que sea noticia que un padre haya tejido una bolsa a su hijo, tanto como que la insignificante noticia haya despertado un plañidero estallido de emociones entre los habitantes del viento electrónico.

Por mi parte, he estado de vacaciones del único modo en que resulta hoy posible un auténtico viaje: sin moverse de casa. En este mundo absurdo que a nadie asombra, son muchedumbres los turistas que se desplazan miles de kilómetros para permanecer en el sitio. Sin perder ocasión de recoger imágenes y representaciones en las pantallas, ofrecen un reportaje turístico en Instagram o en Facebook. Su percepción es siempre una contemplación mediada, jamás desprendida o inmediata. Pendientes de su eco desenfocado en una página electrónica son incapaces de verdadero desasimiento, aunque hablan constantemente de “desconectar”. El paisaje espectacular de la costa vietnamita o la torre inclinada, de un tiburón ballena o un elefante a dos patas, el espectacular aspecto de sus cenas o sus bebidas, es el fin de su escapada. Huida a ninguna parte porque con ellos viaja – en forma de i-pad o smartphone – su única residencia acreditada. Carentes de hogar, parecemos incapacitados para viajar.

Bastaría con silenciar el atronador ruido de fondo que nos abruma diariamente a través de las pantallas para iniciar un viaje asombroso y arriesgado que, ciertamente, podría terminar mal. Es un riesgo que hay que asumir si pretendemos de veras retornar a casa, recobrar la salud, volver a ver el mundo como el mundo es. Si no desean emprender tan arriesgada odisea de regreso a la Realidad, no se preocupen: se anuncia ya el próximo reality.