Opinión

Las aguas turbias no vienen de fuentes puras

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 06 de septiembre de 2019

Las aguas turbias de la socialdemocracia, cáncer de Europa, que tiñen de marxismo la democracia – la democracia con prefijo o con adjetivo es siempre un fraude - no tienen su origen en las altas fuentes, risueños manantiales o murmurantes veneros de la filosofía cristiana salmanticense de la primera mitad del siglo XVI, siempre de linfas puras.

Efectivamente, existe la desaprensiva pretensión por parte de lo políticamente correcto, cada vez más interesada, de que los últimos pretendidamente derechos humanos y de los demás seres vivos, derechos de tercera generación nacidos al calor de lo políticamente correcto omnipotente (socialdemocracia+comunismo vencido) se justifiquen como una natural continuación de la Escuela de Salamanca, que en respuesta al descubrimiento y conquista de América, y al de otras muchas tierras que nuestra primera circunnavegación al Globo halló, formuló la primera relación de derechos humanos en torno a la gigantesca figura teológica de Francisco de Vitoria. Derecho a la vida, a la familia, a la propiedad, a la libertad religiosa, al bien común, a la participación política, a la libertad colectiva, etc. Esta pretensión quisiera dar la impresión de que los futuros presuntos derechos no son más que el continuum lógico iniciado por la Escuela de Salamanca en la primera mitad del siglo XVI. Ahora bien, como el propio padre Vitoria afirmaba los derechos de la verdad prevalecen sobre todos los intereses particulares, y la mencionada pretensión no pasa de ser una desfachatez. Francisco de Vitoria, lo mismo que sus discípulos, directos e indirectos, Domingo de Soto, Melchor Cano, Pedro de Soto, Martín de Ledesma, Domingo Báñez, Bartolomé de Medina, Pedro de Ledesma, Francisco Suárez, etc., etc., no hizo otra cosa que interpretar valientemente el Evangelio y desarrollar la idea del hombre tomista y sus argumentaciones teológico-políticas solamente tienen valor para los cristianos. El hombre, dadas las Sagradas Escrituras y la escolástica cristiana, es considerado simplemente como un ser creado por Dios a su imagen y semejanza, dotado de un cuerpo material y un alma espiritual e inmortal. Este hecho “teológico” supone que todo hombre, simplemente por el hecho de serlo, independientemente de su comportamiento, sea o no cristiano, posee en cuanto tal un conjunto de derechos fundamentales, sagrados, inherentes a su personalidad.

El gran descubrimiento tomista fue hallar que el pecado del hombre, por nefando que sea, no quita para nada la naturaleza de lo humano que Dios creó: “Bonum naturae non tollitur homini, nec diminuitur per peccatum”. Y más claramente lo vuelve a repetir el Aquinate: “Quae sunt naturalia homini, neque subtrahuntur neque dantur homini per peccatum”. De este concepto permanente del hombre, Vitoria deriva el amplio cortejo de derechos y deberes, como particular y como ciudadano.

La misma naturaleza del hombre, tanto individuo como ciudadano, determina sus derechos naturales innatos. De aquí brotan el derecho a la vida, incluso desde antes de nacer – lo que hace imposible que el derecho al aborto pueda vincularse a la Escuela de Salamanca – y a cuanto el hombre necesita para mantenerla, conservarla y defenderla, con todas sus consecuencias, incluso con la muerte del agresor injusto: de aquí nació la Segunda Enmienda de la Constitución Americana de finales de diciembre de 1791, que para nada surgió en plena Guerra de la Independencia, como tendenciosamente quizás afirmaba nuestro querido ABC, para desacreditar a Trump. Todos los hombres somos iguales ante el derecho natural. “Si, antes de que convengan los hombres en formar una ciudad, ninguno es superior a los demás, no hay razón alguna para que en la misma asociación o congreso civil vindique alguno para sí la potestad sobre todos; máxime teniendo en cuenta que por derecho natural todo hombre tiene poder y derecho de defenderse, y nada hay más natural que rechazar la fuerza con la fuerza”. Si la ciudad participa de la misma naturaleza que el hombre, no puede tener éste menos derechos ( armas para defenderse, etc. ) que aquélla.

La gran hazaña filosófica de Francisco de Vitoria fue incardinar principios evangélico-tomistas en la vida corriente del hombre, sobre todo en aquellas cuestiones más esenciales de la vida, como son la libertad y su propia dignidad inalienable. Supo eliminar la faramalla grotesca de cuestiónculas con que los escolásticos decadentes habían recargado con fronda marchita el árbol de la teología, ahogando entre el barroquismo de su hojarasca las líneas nobles, inmarcesibles, sobrias y puras de la arquitectura tomista que por primera vez en la Historia del Hombre fundó y sostuvo contra todos los poderes del mundo la primera generación de derechos humanos. Por todo ello, es deshonesto e intelectualmente impúdico vincular derechos no naturales, devenidos de los artificios infrahumanos o parahumanos de la socialdemocracia, con aquellos “iura naturalia” que la Escuela de Salamanca consagró desde la teología cristiana y el iusnaturalismo de una vez para siempre.

Alguien, empero, podría decirme que ya la sofística griega ( v. gr. Protágoras ) afirmaba – no Sócrates, ni Platón, claro – que la naturaleza del hombre es precisamente la cultura, en cuanto que el hombre de cada época es un valor adquirido, la expresión de una mundivisión, de una “métron” de civilización concreta, y cada época expresa un modelo de lo humano. Siendo esto una media verdad, habría que contestar, sin embargo, que lo humano se fundamenta sobre un suelo de naturaleza irreductible, el “homo sapiens”, y sobre unos instintos universales, probados por la antropología comparada, que si están sanos y no corrompidos - por una cultura contra naturam – son capaces de apreciar la belleza y crear arte, y a partir de ello llegar espontáneamente a la idea de bien o bello, y la del mal o feo. Es así que no todos los modelos de hombre son tolerables.

Desde luego el animalismo, como repertorio de presuntos derechos sagrados de los animales - ¿y por qué no de las sensitivas plantas? – ni puede vincularse al humanismo salmanticense, y mucho menos al franciscanismo, en el que el hombre es el hermano mayor de todas las criaturas, desde los minerales a la rosas, desde las estrellas a los gusanos, como dice el poema de Rubén, y sí en cierto sentido podría relacionarse con el movimiento jainista, aunque el jainismo es una filosofía más sutil que los que golpean en las puertas de nuestras plazas de toros a los pacíficos taurinos, admiradores de la noble bravura y pureza de la terrible bestia.