Sin que poseamos, ciertamente, baremos o estadísticas por entero fiables, podríamos, no obstante, arriesgarnos a lanzar nuestro cuarto a espadas a favor de la creencia en que la antepenúltima década de la centuria anterior fue la que registró de toda nuestra rica historia cultural el más alto nivel en el usufructo de sus bienes y riquezas. Con un analfabetismo ya por fin felizmente extinguido en la práctica, una enseñanza media generalizada y una población universitaria en el pelotón mundial más avanzado, el panorama inducía al optimismo en punto a su gozo y despliegue en la sociedad hispana. Y, por supuesto, no era el número, las apabullantes cifras y guarismos los que propiciaban tal estado de reconfortante ánimo, sino que, como siempre, se revelaba la muy notable calidad de la docencia como el factor en que descansaban los pronósticos más optimistas.
Fundadamente, pues, sin género alguno de duda, el conjunto de la enseñanza española en dicho decenio, no obstante las sombras que la ya ostensible masificación arrojaba sobre el porvenir del radiante proceso, se ofrecía como una consistente plataforma para abordar, desde un escenario clave, la modernización del país. Y, así, la existencia de unas elites intelectuales de primer nivel y de una colectividad académica de notable gálibo, junto con otros elementos igualmente esenciales, a la manera de los económicos o administrativos, permitió afrontar, con esperanzas fundadas de éxito, el muy difícil envite de la Transición. En correlato afortunado, los tres primeros Parlamentos de la monarquía restaurada contaron, en número muy elevado, con representantes –mujeres y hombres- a la altura de aquella hora histórica. Baste recordar los nombres de los siete diputados que elaboraron la Constitución de 1977 para eximirnos de mayores expensas exegéticas en orden a ponderar lo feliz de una cultura histórica para el ejercicio –pensamiento y praxis- de la Política. El bagaje historiográfico, la familiaridad con el itinerario contemporáneo de nuestra rica historia, desde los días climatéricos de Cádiz hasta los ensombrecidos de la guerra civil de 1936, y su amplia impedimenta igualmente sobre el discurrir de los siglos de la Modernidad, así en su versión doméstica o hispana como de modo semejante en la europea y mundial, se evidenciaron en sus enjundiosas discusiones y sus bien trabados resultados. V. gr. un joven (Madrid, 1940) Letrado madrileño del Consejo de Estado, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, incondicional admirador de su colega y eximio catedrático de Ciencias Políticas, el riojano D. Luis Díez del Corral (1909), orteguiano de impecable pedigrí y oceánicos conocimientos, se reveló como un aventajado discípulo del autor de El Liberalismo Doctrinario, con lecciones prodigadas, con verbo tan fácil como cáustico, en las aceradas controversias con varios de sus compañeros de comisión. Sus aljabas se constataron como inagotables en toda suerte de lizas dialécticas con algunos de estos así como en sus aportaciones a la redacción del articulado de la Carta Magna de diciembre de 1977.