Opinión

Manolos y manolitos

TRIBUNA

Manuel López | Martes 10 de septiembre de 2019

Va teniendo el sur en 2019 su annus horribilis, su largo obituario. La del saco negro y carita de pena se cebó con los artistas, con los amigos, de esta talla de árbol y verde a la que algunos apellidan Lucía.

En Cádiz, virgulilla de La España, a los fantoches se le dicen títeres y se representa a la “célebre” Tía Norica. Permítame, Medrano, que como buen fantoche, llore mi alma de tal. Porque a la viudita naviera, gaditanísima mía, no es que le hayan negado el pan, es que le/nos han robado el salero. Juan Carlos Aragón y Manolito Santander (que mariscaba cocodrilos en La Caleta), paz descansen, son mucha pena hasta para tanta gracia. No hay chirigota, y mira que aquí han caído lágrimas, que pinte dos coloretes.

A Alcantara, Manolo, le perdimos cuando el trono y la torrija. Llovía Málaga en Jueves y Santo a la muerte de este emérito en jazmines. Dejó sobrinos y sobrinos/Nietos. Uno de ellos, creo que fue Herrera, me contó que se marchó como y cuando quiso, a lo Big Fish, que lo botaron “por la mar chica del puerto”.

Espronceda murió a los 34 y de garrotillo. José Antonio Reyes tocó su último balón en tierras del de los 100 cañones y por banda. Y “viento en popa, a toda vela” vino a buscarle la huesos, con apenas 35, a las puertas mismas de Utrera, su Comala. De él, dejó escrito Gálvez Giral que tenía una sonrisa en las botas.

No cabe consuelo en este mal y mar de muchos. Si acaso, imaginarse que la muerte será menos oscura si la habitan los manolos y manolitos.