Reza el dicho popular que los amigos de verdad pueden contarse con los dedos de una mano. El pintor José Hernández (Tánger, 1944 - Málaga, 2013) y el genio del teatro y del arte Francisco Nieva (Valdepeñas, 1924 - Madrid, 2016) lo eran. Estos dos artistas, imprescindibles para comprender la cultura española del siglo XX, mantendrían una sólida relación amistosa y profesional desde los años 70 hasta el fin de sus días, hace seis y tres años, respectivamente.
Ahora, las visiones artísticas de Hernández y Nieva vuelven a confluir en la Galería Leandro Navarro, donde este jueves se ha presentado una muestra dedicada a ambas figuras. La exposición, que podrá visitarse hasta el 20 de octubre, reúne un total de 14 dibujos de Nieva -12 fechados en los años setenta y dos en los años ochenta- y 14 pinturas al óleo de Hernández, en un arco de tiempo que transcurre desde 1964 al 2004.
Un reencuentro póstumo, a modo de homenaje, que, por un lado, descubre las creaciones plásticas de Nieva, y por otro, permite el análisis y la comparación de dos estilos que, a pesar de sus diferencias, comparten el interés hacia mundos "surrealistas, visionarios y carentes de toda lógica; espacios habitados por seres imposibles en los que la única norma supone la capacidad de sorprender al espectador", como indica José Pedreira, encargado del legado de Nieva. Además, en todos ellos se pueden ver personajes "con un tono muy teatral, muy libres y fantásticas".
Estas obras, con personajes inventados y fantasiosos, establecen un claro diálogo con el legado del pintor José Hernández, del que se muestran otras 14 piezas, en este caso, pinturas al óleo. Hernández era conocido por su oscuridad, barroquismo y corte fantástico. "Tenía una personalidad doble, tenía su mundo y su pintura, pero luego él era otra persona", aclara su viuda, Sharon Smith. "Era estupendo, un gran conservador, ameno, divertido, estas obras indudablemente tan oscuras, tan espectrales, nada tenía que ver con lo que era él a nivel social", añade el galerista Iñigo Navarro, de la galería Leandro Navarro.
El primer trabajo al alimón de estos dos artistas llegaría en “Danzón de exequias”, un espectáculo ideado por jóvenes estudiantes de Arte Dramático que supuso un auténtico revulsivo en los últimos años de la dictadura franquista.
Como señala Pedreira en el catálogo de la exposición: “Lo que en Nieva se manifiesta de manera desenfadada, en Hernández adquiere tintes más dramáticos, de terror metafísico en ocasiones”. Así, los personajes del literato “parecen marionetas que hubieran tomado vida con un propósito perverso”, mientras que las creaciones del pintor “son como entes surgidos de no se sabe qué dimensión y no sabemos bien qué les pasa, si se están descomponiendo o metamorfoseando, o simplemente nos miran con indiferencia inquietante”.
Sin embargo, a ambos siempre les hermanó su gran erudición, su cosmopolitismo y su capacidad de comprensión de todas las épocas y estilos del arte; su buen gusto, decantado por el conocimiento, y una mirada inteligente hacia el pasado para hablar con distanciamiento del presente.