Hace algún tiempo, en una conferencia de D. Pedro Martínez Montávez, escuchaba a este gran maestro de los arabistas contemporáneos decir: “Hay dos cuestiones en las que el español medio, a pesar de no tener ninguna formación, se considera un consumado experto: el futbol y
el Mundo Árabe”. Aquellas palabras me dejaron pensativo y las contrasté con cientos de recuerdos. Recuerdos de conversaciones de taberna, ascensor o parada de autobús en las que escuchaba a honestos “españolitos de a pie”, pronunciarse con nuestra ancestral rotundidad
acerca de un espacio de nuestro planeta que alberga a más de 450 millones de personas. Obvia decir que la mayor parte de estas opiniones pasaban por los términos: “estos moros….” y, en ocasiones, se acompañaban de ostentosos movimientos de brazo e incluso de sonoras palmadas sobre la mesa.
Siempre me llamó la atención esta contundente toma de posición de tantos y tantos compatriotas, ante problemas complejísimos y que sin embargo reaccionaban con un desapegado encogimiento de hombros cuando la conversación derivaba hacia temas relativos a Rusia, China o incluso América Latina, exceptuando, claro está, el caso de Venezuela o de Cuba, cuando vivía Fidel.
Contrasta vivamente esta decidida y contundente actitud tan española, con la prudente postura del buen arabista, entendido como aquel que, desde una formación previa, trata de entender el Mundo Árabe a través de un esfuerzo intelectual y una experiencia de campo más profunda que la que ofrecen los paquetes vacacionales en las playas de Túnez.
Y es que el llamado Mundo árabe es complejo. Tan complejo como lo pueda ser el mundo Latinoamericano, el Chino o el Ruso, si se me permite la expresión. Es un mundo lleno de recovecos y encrucijadas, como lo son sus medinas antiguas, en las que muchas cosas no son lo que aparentan. Además de complejo, el Mundo Árabe es paradójico. Es decir, presenta conjuntamente diversas realidades aparentemente contradictorias y creo que, son precisamente estas paradojas las que nos pueden aportar elementos para entender e interpretar de un modo serio algunos de los procesos sociales, políticos y culturales que se viven en este rincón del Globo. Una de estas paradojas es que el mundo árabe está formado pos sociedades antiguas organizadas en torno a Estados jóvenes. Los grupos sociales de arabo-parlantes poseen una existencia milenaria. Posiblemente, los nabateos que construyeron los maravillosos palacios de Petra o los yemeníes que construyeron los templos de Saba hablaban variedades antiguas del árabe hace más de 2500 años. Siglos después, con el soporte de la religión islámica, esta cultura se extendió desde las fronteras con Persia hasta el Atlántico, fusionándose con otras culturas y creando unos modos de vivir en sociedad que han ido evolucionando hasta nuestros días. Unos modos de convivir sólidamente arraigados en la mentalidad de unos árabes que decidieron como construir sus ciudades, cómo relacionarse con el más allá o cómo regular la convivencia social. Esta homogeneidad social, unida a la riqueza económica, permitió el nacimiento de Estados centralizados y fuertes que bajo la forma de Califatos y Emiratos, se extendieron por un extenso territorio, desde la península arábiga hasta España.
Sin embargo, y aquí entramos en el terreno de lo paradójico, los pueblos árabes no se han gobernado por sí mismos desde el Siglo XVI. Su posición privilegiada, entre el Mediterráneo y las rutas que conectan a Europa con Oriente, que en su día fueron la fuente de su prosperidad, acabaron por provocar su desdicha. Se cumplió la fatídica ley de la geopolítica por la que el pez grande se come al chico y, primero los Otomanos y después los Europeos acabaron por colonizar aquel amplio espacio arabófono. Ahora bien, en ambos casos estos modelos de colonización no trataron de cambiar las sociedades árabes por medio de la asimilación cultural o la fusión étnica. Las circunstancias, los intereses y las aspiraciones de Turcos, Británicos o Franceses ante el Mundo Árabe eran bien distintas de los precedentes coloniales en América. Ya no se trataba de crear una Nueva España, una Nueva Inglaterra o una Luisiana, sino de controlar las rutas comerciales y los recursos más productivos de estos territorios, como la tierra o el petróleo, dejando al margen a las sociedades indígenas. Estas sociedades, por su parte, continuaron regulando su vida social conforme a sus usos tradicionales, en los espacios que el poder colonial les permitía, entre los que no se encontraba la capacidad de gobernar y administrar sus países. De este modo se produce una ruptura drástica en la continuidad institucional en los países árabes que impidió, a diferencia de otras sociedades antiguas, como la de Francia, Inglaterra o Japón, la administración de los territorios árabes evolucionara y se adaptara a los cambios de la revolución industrial, entre otros.
Llegó el Siglo XX, con sus sangrientas guerras globales, y las potencias coloniales tuvieron comprender o asumir que la época del colonialismo a la vieja usanza había terminado. Se crearon nuevas relaciones de poder con la aparición de las nuevas Superpotencias y se abrió la puerta a la independencia de las colonias, mandatos y protectorados árabes. Los nuevos Estados árabes nacían, por lo tanto, en una época tardía y adoleciendo de los mismos problemas que otros países surgidos de la descolonización, esto es, dotados de unas fronteras artificiales en las que se incluyen a grupos tribales o confesionales que nunca habían convivido
previamente. Esto ha tenido en algunos casos consecuencias evidentes e incluso trágicas, tal y como vemos en la incapacidad de las tribus libias, yemeníes o los grupos confesionales iraquíes de acabar con sus conflictos post-dictatoriales.
Cierto es que, sobre el papel, los países árabes nacieron con las mejores garantías políticas y jurídicas para su adaptación a los nuevos tiempos, con sistemas parlamentarios y constitucionales que, en su mayoría, garantizaban las elecciones libres, la separación de
poderes, el Estado de Derecho, etc. Pero, al igual que ha sucedido en otros territorios de África, Asia o, incluso de América Latina, la realidad acaba por imponerse a las buenas intenciones de los fundadores de los Estados.
Esta realidad en los países árabes vino determinada por la debilidad de sus Instituciones para implementar unos sistemas políticos y unas prácticas administrativas que en Europa llevaban siglos evolucionando, no sin esfuerzo y fracasos, todo hay que decirlo. Esta debilidad institucional ha sido reemplazada por el más viejo de los sistemas políticos, el de las redes clientelares. Ya en el Siglo XIII, un árabe ilustre como Ibn Jaldun definía estas redes como una cadena de situaciones en las que, “el patrón y el cliente están siempre prestos a protegerse el uno al otro, consecuencia de la simple convivencia que produce en el alma un sentimiento de afinidad y simpatía hacia el vecino, el familiar, el amigo y el allegado”.
En los países árabes el funcionario o el político de turno desempeñan el papel de patrón, mientras que el subalterno, el empresario adjudicatario o el simple elector, personifican al cliente. Asimismo en los países árabes el ejército tampoco ha resistido la tentación de tornarse salvadores de la patria, ocupando el poder por la fuerza, quizá con las mejores intenciones, pero acabando por conformar nuevas redes de clientelismo político y económico, como vemos en los casos de Argelia o Egipto.
Lamentablemente estos son fenómenos presentes en gran parte del planeta. Por ello, la corrupción, el nepotismo o la ineficiencia administrativa, tan arraigadas en muchos países árabes no obedecen a razones culturales específicas, ni a una presunta incompatibilidad del islam con la democracia. ¿Acaso se podría afirmar que la presencia de estos factores en la Rusia de Putin, en el Méjico de López Obrador o en la Filipinas de Duterte se origina en su tradición cristiana?
Los problemas referidos tampoco se relacionan con la pobreza o la riqueza. Los vemos presentes, tanto en el reparto de los exiguos frutos del desierto mauritano como en el reparto de los millonarios caudales de los pozos petrolíferos de Argelia o Irak.
Tal vez el problema sea el tiempo, el escaso tiempo transcurrido desde la constitución de estos nuevos Estados en los que aquellas antiguas sociedades árabes han debido de crear nuevas prácticas políticas y administrativas a partir de patrones importados de Occidente. No parece realista pensar que de un día para otro se puede sustituir un secular sistema de jerarquización social y económica por un verdadero Estado de Derecho. A fin de cuentas si observamos la situación del la humanidad en el siglo XXI veremos fácilmente como nosotros, el llamado Primer Mundo, constituimos una excepción dentro de la situación global. Tampoco debemos olvidar que nuestra excepción se fundamenta en una revolución industrial y política que lleva labrándose lentamente desde finales del siglo XVIII.
Aún así, tampoco creo que podamos presumir de perfección… o sí. Recuerdo que hace tiempo comentaba con un amigo árabe el caso Bárcenas y la financiación ilegal del Partido Popular. Elme miraba con aire socarrón y me decía: -Bárcenas? En mi país tenemos muchos Bárcenas-. Le miré y me di cuenta de que, en el fondo, el árabe y yo queríamos lo mismo: vivir contentos en países que funcionen bien.