Opinión

Savater: memorias de amor sin cantos fúnebres

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Diego Medrano | Viernes 13 de septiembre de 2019

Fernando Savater: profesor de Filosofía durante más de treinta años, autor de más de cincuenta obras, asegura despedirse de la escritura de libros con el título último, marcado por la memoria y calcinado por el dolor: La peor parte. Memorias de amor (Ariel). Autobiografía sentimental entre el autor y Sara Torres, treinta y cinco años de pareja contados por lo menudo, acto de agradecimiento mucho más que ajuste de cuentas, retrato que busca ser llama de amor vivo e incitación a la vida, debate desde la pérdida o ausencia, flash sobre el sexo y las risas, complicidad y escudo frente a la muerte. Carta eterna de amor, desagravio frente al final, despedida y cierre, lo dicho por Ramón Gómez de la Serna en su mejor greguería: “La muerte es como cuando va a salir el tren y ya no hay tiempo para comprar revistas”.

No volverá a escribir libros porque se le ha muerto el profeta que llevaba dentro: faltan entusiasmo y ganas. El actual texto busca cerrar el círculo, como cuando uno regresa a casa antes del viaje a ver si están todas las luces apagadas y el gas cerrado. La ausencia es devastación y la escritura orden sobre todas las pasiones y cimas del ayer: “Las páginas siguientes no parten del arrobo de la felicidad sino del portazo desolador que dio al marcharse”. Un díptico (junto a su autobiografía Mira por dónde) donde aquí el centro del debate es la alcoba y el amor, sin evitar las zonas de sombra como hizo en la primera parte. Fiel sí pero no leal: la hipocresía de algunas grandes mentiras o lances sexuales, y la costumbre del amor diario: “La peor parte de mi vida consiste en tener que contar cómo fue la mejor y cuánto de maravilloso perdí cuando se fue para siempre. En una palabra, lo peor que me ha pasado es verme obligado a escribir este libro, este prólogo, las tristes palabras de esta línea sin esperanza. Eso es la peor parte de la vida y más vale que no lo disimule y empiece por declararlo desde la portada misma”. Confesión sin confusión.

Mundo marcado por la aversión al separatismo, por la condena del terrorismo: Sara Torres, radical y rebelde frente al mundo abertzale. Más política que el propio Savater –según las palabras de éste- donde los esfuerzos por la vida y distintas privaciones la sacudieron desde muy joven, sin perder la calle. Años del plomo, violencia contra las ideas, los llamados “chicos de la gasolina” de Arzalluz por todas partes, el mundo radical sin retórica en la seda de su dinamita atroz y Parabellum siempre disponible. Sara Torres –alías Pelo Cohete- constitucionalista y siempre contra ETA y Batasuna. El amor como segunda escritura de la vida: “ (…) Nunca he querido escribir más que para reforzar el deseo de vivir de mis lectores. Darles ánimo no para el triunfo arrogante sino para mantener la elegancia, el compañerismo y el humor en la inevitable derrota. Yo no soy ni nunca he sido un científico, ni un erudito, ni un profesor conocedor del último paper sobre las cuestiones académicas de mi área; siempre he jugado fuera del área, a pesar de los admonitorios de los linieres”. Pasión y no posesión, siempre libres en nuestras cadenas mejor atadas.

Letras consoladoras, letras reparadoras, mucha foto final de la pareja a lo largo del tiempo, algo que le dijo desde muy joven Cioran y él intentó buscar a su modo: “La única cosa que puede salvar al hombre es el amor. Y si muchos han acabado por transformar esta aserción en una banalidad, es porque nunca han amado verdaderamente”. El duelo civiliza la pérdida –según Freud- para evitar ser tristeza incurable en las cimas de la desesperación. La cultura tiene sus malestares pero dejarse arrastrar por lo meramente instintivo, impulsivo e inconsciente es todavía peor. El trabajo del duelo libera de peso a las alas, nos libra del sobrepeso y es tónico como ejercicio de recuperación prescrito tras el fatal accidente. Savater se toma en serio su duelo, no queda atrapado en la mera ausencia ni en el canto fúnebre u oración pagana, busca moverse, desentraña la búsqueda perpetua de la aprobación ajena, la destinataria última de todas sus letras, sus hipocresías legendarias por los calentones imprevistos.

Escapismo del bueno: no aquel propio –según Tolkien- de quien deja atrás una trinchera sino del que sale, por el contrario, de la cárcel donde estuvo injustamente como prisionero. Amor y aventura. Palabra y libertad. Escalofrío de la vida misma sin cámara ni travelling. Películas, tras la cena, en el apartamentito de San Telmo (Mallorca) donde los descansos eran eternos. Crónica desde la magia ajena a lo mediocre. Muñequitos, monstruos, mucho cine, el amor como pura acción, movimiento último del sol y todas la estrellas, a la manera de Dante, auténtico trono de la voz humana. El amor, si, como querencia definitiva con nombre propio. De persona a persona, sin evitar las espinas, a ciegas y a lo bonzo, sin excusas. Muy recomendable. Incendio cotidiano próximo a la leyenda.