Opinión

La fuerza de lo sobrenatural

TRIBUNA

Germán Ubillos | Domingo 15 de septiembre de 2019

En múltiples ocasiones los seres humanos nos sentimos desarbolados y perdidos, la ciencia no responde a nuestras expectativas y el dinero no vale de nada, lo vemos todo oscuro y comenzamos a sufrir de angustias llamadas de muerte, que no nos permiten ni dormir ni descansar, solo sudar como pollos y pasar en cosa de minutos a sentir un frío glacial que nos hace tiritar. Pero ahí no queda todo pues parece habérsenos olvidado nuestros orígenes de cristianos, pertenecientes a un grupo – como los llaman ahora –, a un ejército de santos que van desde Teresa de Jesús e Ignacio de Loyola, a Maximiliano Kolbe o san Agustín.

Es el dogma o la realidad de la Comunión de los Santos, ejercito de Dios formado por los vivos y por los muertos, por los vivos que estamos como muertos y por los muertos que están más vivos que nosotros y más atentos y más caritativos y más vivaces y veloces.

Este es el caso, y ya saben que con frecuencia hablo de mí mismo, como dice el empresario teatral Enrique Cornejo y mi querido editor Carmelo Segura.

Pues siguiendo en mi línea, el otro día se me atascó comiendo un pedazo de carne en el esófago que no iba ni para atrás ni para delante.

Si tragaba mi propia saliva ésta me producía tal dolor que tenía que vomitarla casi en el acto con arcadas y mucho dolor. Por otro lado tampoco podía devolver los alimentos que tenía en el estómago.
Podía respirar perfectamente, Eso sí.

Me fui con mi mujer a “Privados”, al Hospital de Madrid, donde me pusieron aerosoles y cinco productos diferentes por vía intravenosa, charlé un rato con una enfermera muy maja de teatro, pero como si nada, me enviaron a la calle a la una de la madrugada tan enfermo como estaba o peor.

La noche fe de horror, una agonía, ni mi mujer ni yo pegamos ojo.

A las siete de las siete de la mañana estábamos en la Sanidad Publica, en el Hospital Clínico de Madrid, en busca de los endoscopistas expertos. Aquello era otra cosa. Muchos aparatos impresionantes desde el famoso “Da Vincci” (cirujano a distancia), hasta el último termómetro o fonendo…. Pero todo iba muy lento y yo seguía en la agonía, apareció un “residente encantador” parecido a los Beatles y de Segovia, que me consolaba lo mejor que podía. Tenía lo que mi amiga Aurora Viloria llama “empatía”, una rara cualidad que no sé si se nace con ella o es fruto de largos entrenamientos.

Pero como aquello iba para rato y se parecía un poco en el primer turno al Corte Inglés yo me di cuenta de pronto de la “otra realidad”, y en mi agonía de llevar cerca de cuarenta y ocho horas intentando vomitar lo que no podría jamás hacer se me ocurrió “encomendarme” a los dos seres que sentí más cercanos, poderosos y llenos de méritos propios”, que eran la Virgen María de Fátima, por la que siento desde siempre una gran devoción y mi amiga recientemente fallecida en lo alto de las montañas del Guadarrama y entre pinos, , la esquiadora y medalla olímpica Blanca Fernández Ochoa.

Sé que las dos han sufrido tanto, tantísimo, la una al pie de la Cruz de Cristo, su hijo, y la otra viéndose obligada a abandonar la vida y a sus queridísimos hijos por obra de una fuerza satánica, de un sufrimiento atroz, de una enfermedad terrible que yo particularmente conozco y que es la única enfermedad capaz, , el único mal que puede conducir inexorablemente al paciente al suicidio; ni el cáncer ni nada, a su lado paparruchas.

Pues bien, a partir de ese momento de mi encomendación, de poner mi sufrimiento, mi angustia en sus manos, sentí una gran paz y un raro valor, y me quedé dormido a plena luz del día en mi cama del Clínico. Cuando abrí los ojos mi hija maravillosa y risueña estaba a mi lado contemplándome más hermosa que nunca. Al poco tiempo me condujeron los celadores a los quirófanos y allí me aguardaban dos cirujanos, uno de ellos el Jefe, dos anestesistas, dos enfermeras, dos celadores y mi esposa, me iban a extraer dormido con anestesia general el objeto del esófago, pero antes me advirtieron que estuviera tranquilo.

Y yo lo estaba y mucho pues sabía con certeza que entre todos ellos también estaban la Virgen María y Blanca Fernández Ochoa.

Y cuando desperté con esa paz que sientes cuando te han curado, sentí ver entre los allí presentes que pausadamente iban saliendo la mirada clara y misericordiosa de la santísima Virgen María de Fátima, y justo detrás de ella, la amplia, limpia y generosa sonrisa de Blanca Fernández Ochoa que yo allí, aún tumbado, percibí como un guiño de complicidad.
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NOTA.- Hoy el ojo derecho que me tenían que pinchar cada dos meses, por un infarto en la retina, que hubiese conducido a la ceguera, ha aparecido en la revisión completamente curado sin haber recibido durante seis largos meses la costosa y necesaria inyección.