Luis María ANSON | Lunes 16 de septiembre de 2019
No se trata de hipótesis ni de ocurrencias. Hace tres años, Pedro Sánchez y Albert Rivera firmaron un...
No se trata de hipótesis ni de ocurrencias. Hace tres años, Pedro Sánchez y Albert Rivera firmaron un programa de 150 puntos. Ciudadanos apoyó al líder socialista en la investidura. Las perdió el PSOE porque Pablo Iglesias no se abstuvo, sino que votó en contra, albriciado por las encuestas que certificaban el sorpasso de Podemos en unas nuevas elecciones.
Tras el 28 de abril, el plan A estaba claro. PSOE y Ciudadanos no necesitaban de ningún otro concurso. Entre ambos sumaban 180 escaños, es decir, mayoría absoluta. Por razones de personalismos, todavía sin explicar, Albert Rivera se negó a la colaboración con Sánchez. El plan A poselectoral fracasaba.
El plan B suponía sumar a los escaños podemitas los de varias agrupaciones secesionistas que colaboraban estrechamente con Pablo Iglesias. El líder de la izquierda radical exigió un Gobierno de coalición. Pedro Sánchez se plantó porque temía y teme convertir al líder de Podemos en estrella política. Y esa es la situación en la que estamos, la situación con la que se enfrenta el Rey. Salvo una finta de última hora, el Monarca certificará la imposibilidad de investidura y, conforme al mandato constitucional, convocará elecciones.
Una catástrofe política, en fin. Y además carísima. No solo por el costo de las nuevas elecciones sino por la paralización de la vida nacional, con probable repercusión en las inversiones extranjeras y en el desarrollo económico interno. Pero los partidos políticos han puesto los personalismos y el interés partidista por encima del interés general. Esa es la razón por la que los españoles han situado a la clase política en el segundo de los diez grandes problemas que agobian a la nación.