Cuando Pepe Cavero entrevistó a Diego Gadir para la revista Interviú en 1995, le dijo: ‘Esto es para que la gente del mañana sepa cómo pensaba Gadir en su juventud’. Dice Gadir que el histórico periodista era un apasionado del arte contemporáneo, coleccionista limitado pero exquisito, que prefería una buena pintura y una chimenea a la televisión.
Desde su primer encuentro, ambos cultivaron la amistad entre las rendijas de sus apretados quehaceres, haciendo uso intempestivo del teléfono y abuso del tarjetón, pero también encontrando el momento de compartir un vino y una charla sobre arte y política.
Según aventura el pintor, el pensamiento mismo enlazó sus vidas. Gadir recuerda que existía entre ellos una especie de curiosidad por el mundo del otro. Reconoce que a él, desde luego, le fascinaba la enorme sensibilidad de Cavero hacia la literatura y el arte; su enorme conocimiento; y que se sentía intrigado por ese muro de la personalidad del periodista que hacía aún más sugestiva su ‘cámara interior’, su misterio.
En folletos y catálogos de exposiciones de Diego Gadir en la década de 1990, aparecen textos de José Cavero junto a otros de Caballero Bonald, Carlos Rojas, Fernando Quiñones o Luis María Anson. En una de estas publicaciones, puede leerse un extracto donde Cavero se duele por el incendio que había sufrido su amigo pintor en el estudio, considerándolo ‘una cremá lamentable, dolorosa e irrecuperable’.
Al dorso, se reproduce la obra El sueño del escultor, de 1996, que la casa de subastas Segre saca ahora a la venta. Esta acuarela-témpera de algo más de un metro de anchura fue pintada tras el incendio aludido en la que fue considerada por el pintor su ‘nueva vida junto al río’, expresión que sirve de título a un retrato de Rosa de aquellos días. Hablando de El sueño del escultor, y sin ánimo de enrevesar las claves conceptuales de esta pintura de juventud, podríamos destacar brevemente su evocación del mágico deseo de todo artista de fundirse con su propia obra, así como el mítico despertar a la vida de la obra de arte perfecta, sueño que propicia el abrazo cálido y la comunión de carne y alma entre creador y criatura.
Aquí están representados el escultor Pigmalión (antes Pumayyaton, fenicio como Gadir) y la bellísima Galatea, estatua animada por la gracia de Afrodita; pero también se intuye a los propios Rosa y Diego Gadir, en un trasunto de arte versus vida; al inefable Auguste Rodin, consumiéndose en las brasas de un exótico cuerpo; a Egon Schiele u Oscar Kokoschka abrazados a su muñecas de trapo desparramadas; a Salvador Dalí y su Galatea atomizada, iconos, todos, venerados por Gadir en su adolescencia y juventud, quien asegura que también hay una evocación al escultor armenio Nikolai Nikoghosyan, a quien había conocido en Moscú un año antes y a quien entrevistó por la fecha de ejecución de la acuarela que ahora oferta Segre.
Gadir explica que, en el verano de 1998, Pepe Cavero viajó de un tirón desde Santander hasta Sanlúcar de Barrameda, con una breve parada en Madrid para recoger a su hija Débora; venía de impartir unas charlas magistrales en la Menéndez Pelayo. Desde el incidente del fuego, el periodista había demostrado una gran preocupación por la situación de Rosa y Diego. El pintor había quedado seriamente afectado a nivel psicológico. También supuso un revés económico importante, al resultar destruidos algunos encargos sin concluir.
Aquella tarde de 1998, estando Rosa embarazada de siete meses, Cavero pretendía entregarles el total de lo recibido en Santander por sus clases. No era un préstamo. No habló de comprar nada. El periodista habló del flujo y reflujo de los avatares. Aquello sería una aportación del alma, una contribución para con las musas que hacían del arte una razón positiva de la existencia. Aquello era Cavero en estado puro, según Gadir. Regresó a Madrid sin pegar ojo, haciéndose otros setecientos kilómetros del tirón, casi empalmando los mil ya hechos desde Santander a Cádiz.
Cuenta el pintor que a las ocho de la mañana les telefoneó. Decía sentirse vivo y feliz mientras desayunaba en su casa de Pozuelo frente a este cuadro.
En los meses posteriores a su creación, la obra fue expuesta en Bilbao, La Coruña y Sevilla, antes de quedar colgada durante veinte años en el dormitorio del gran periodista, compartido después con su esposa María Fernández, hasta el fallecimiento de él, el seis de junio de 2018. Diego Gadir cree que también María y Pepe terminaron reflejándose en el espíritu de esa acuarela. Y solo desea que la
amen como Cavero lo hizo.