Opinión

CANARIAS, EL ÉXODO QUE NO CESA

Alberto Míguez | Viernes 08 de agosto de 2008
Desde hace un par de años no hay semana sin que accedan a las costas canarias las barquichuelas o cayucos con docenas de fugitivos africanos. Afortunadamente los medios marítimos del Estado tienen las capacidades suficientes como para evitar que este éxodo interminable sea menos sangriento que el que estos meses accedió al archipiélago canario lo que en modo alguno quiere decir que el número de fugitivos haya descendido. Existen razones objetvas que lo impiden y que van desde el buen tiempo a la existentica de “contratistas de la muerte”.

Por de pronto las estructuras de acogida para estos infelices que acceden en condiciones espantosas a lugares que ya empiezan a ser conocidos como la isla de Gomera o la playa de los cristianos de Tenerife están repletas y sólo la solidaridad interterritorial de provincias y comunidades están haciendo que la tragedia sea menos aguda de lo que es o se supone.

A los africanos que llegan a las costas canarias se les trata conveniente y humanamente, se les ofrece comida y alojamiento. Hace una semana la Consejera de emigración del gobierno canario ofreció generosamente la posibilidad de que personas civiles para nada comprometidos con el éxodo acojan en sus domicilios a fugitivos menores, chicos con menos de 15 años que quieren lo que quieren todos, quedarse en lo que consideran un nuevo eldorado y del que en el peor de los casos podrían ser expulsados a sus países de origen.

El tema es tan delicado y la generosidad de la sociedad civil canaria tan grande que este singular sistema de acogida está dando sus frutos lo que no impide que muchos de cuantos llegan a las costas en barquichuelas sepan que una vez completadas las gestiones burocráticas legales deberán ser recogidos y reconducidos a sus países, algo que sin duda constituye un drama suplementario para estos infelices.

El caso es que pese a los esfuerzos realizados por el gobierno español y por los representantes diplomáticos en países como Senegal, Gambia o Mauritania los resultados son mediocres. Los países europeos de la UE no han sido capaces hasta ahora de armonizar una política de acogida y repatriación entre otras razones por que el número de aspirantes al éxodo y el número de mafias no ha hecho sino crecer.

Todos los días los informativos hablan de cayucos repletos de africanos que en algunos casos tras haberlo intentado una o dos veces vuelven a atravesar el canal sahariano en condiciones horrísonas. Madres que tiran por la borda a sus hijos fallecidos en la travesía, por ejemplo.

El éxodo no para y seguirá mientras haya “buen tiempo y voluntad de los protagonistas a la aventura. Cada semestre una delegación diplomática española visita los países africanos antes citados para cortar por la raíz el éxodo. A veces tienen éxito; otras veces el fracaso es espectacular.

Lo que los pasajeros de estos cayucos preteden es pisar tierra canaria, ser detenidos y alojados para semanas después someterse al arbitrio de autoridades policías, guardia civil,etc. La sensación es patética. ¿Será imposible controlar el éxodo? ¿Será también imposible lograr que las estructuras de origen eviten la estampida?

Véase como se vea la sensación de impotencia demuestra que para evitar las expediciones afro-canarias no basta con voluntad y medios –aunque sean modestísimos-, que se precisa sobre todo voluntad política, medios adecuados de captación y localización marítima,etc.

Estos medios existen y, en la medida de lo posible se ponen en marcha siempre con la convicción compartida de que este éxodo no hay quien lo pare. ¿Será así? ¿No hay solución ni salida al fenómeno? Quien pueda responder, que lo haga pero todo el mundo sabe que antes de encontrar soluciones viables habrá que contar con la colaboración internacional y los medios suficientes. Ni una cosa ni otra existen.

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