Opinión

Todos los caminos conducen a Beckett

TRIBUNA

Roberto Alifano | Jueves 19 de septiembre de 2019

Quizá porque era un metafísico desencantado, la obra de Samuel Beckett es fundamentalmente sombría y profundamente pesimista acerca de la condición humana; sin embargo, el poeta que la concebía, era en este suelo que pisamos, su antítesis. Amable, divertido e inocente por momentos, con un sutil y penetrante sentido del humor, Beckett parecía disfrutar cada momento de su vida alejado de toda forma existencial que enardece en su escritura. No obstante sus libros, de manera definitiva, se hicieron más crípticos y contundentes y se fue transformando en un autor blasfemo, escatológico, cada vez más inconformista y perturbador; alguien, además, por otro lado, completamente desinteresado en las convenciones de la literatura, pero capaz, por medio del lenguaje, de mantener nuestra atención a pesar de que nada, o se simule que nada, esté sucediendo en el mundo.

En 1961, junto a Borges, podemos decir que Beckett fue lanzado a la fama internacional (en realidad ambos) cuando compartieron el Premio Formentor, otorgado por el Congreso Internacional de Editores. Razón que me llevó a leer sus inquietantes novelas Molloy (1951), Malone muere (1951) y El Innombrable (1953); textos, que suelen tomarse como trilogía, pese al criterio opuesto del artífice, aunque el lector puede trazar el desarrollo del estilo y los temas que el Beckett maduro desarrollará después. También por esa época, adquirió renombre como dramaturgo por su obra Esperando a Godot. Así, conforme descubrí detalles de su vida, me fui adentrando en su biografía, que completé con la semi-autorizada de Deirdre Bair, donde me di cuenta de que no sólo su trabajo como escritor era ejemplar, sino también su vida. Ahí estaba alguien que se había despojado a sí mismo de toda vanidad para ser un hombre cabal de una integridad intachable, ajena a cualquier forma de concesión. El pesimismo de Beckett pasaba por otro lado y se atemperaba, a veces, mediante su particular sentido del humor, que podía transitar desde lo negro a lo sórdido sin incomodidad. En 1969 fue distinguido con el Premio Nobel de Literatura, que, según especificó la Academia se le concedía “por su escritura que, renovando las formas de la novela y el drama, adquirió grandeza a partir de la indigencia moral del hombre moderno”).​

Desde ese momento, la carrera como escritor de Samuel Beckett quizá puede dividirse a grandes rasgos en tres periodos: sus trabajos tempranos, hasta finalizar la Segunda Guerra Mundial; su periodo intermedio, entre 1945 y 1960, durante el cual escribió la parte quizá más importante de su obra; y el periodo final, de principios de los 60’ hasta su fallecimiento, en 1989. En esta última época sus obras eran cada vez más breves y su estilo más austero y minimalista.

Es, tal vez durante esta época, cuando se aprecia con mayor claridad la influencia de su amigo, compatriota y mentor James Joyce. En especial cuando Beckett parece tender a la erudición, exhibiendo sus conocimientos por el mero hecho de hacerlo. Como resultado, hay veces que algunos de estos textos resultan de cierta gran oscuridad; no obstante que pueden servir como un ejemplo de su estilo, que tampoco desdeña lo intrincado. A grandes rasgos, los dramas tratan de la oposición entre una irremediable desesperanza y la voluntad de vivir pese a esa carga, casi siempre en el contexto de un universo incomprendido e incomprensible, menos aún explicable. En las palabras de Nell, uno de los dos personajes de Final de partida, que están atrapados en sendos cubos de basura, de los cuales de tarde en tarde asoman la cabeza para conversar, se pueden resumir los temas de este segundo periodo en la obra de Beckett:

Nada es más divertido que la desdicha, te lo aseguro, hombre -comenta Nell-. Pues sí, te lo aseguro, es la cosa más cómica del mundo. Nos reímos, nos partimos de risa al principio, aunque todo es siempre la misma cosa. Sí, claro, es como la divertida historia que hemos oído tan a menudo, la seguimos encontrando divertida, pero de pronto ya no podemos reír más…”

En narrativa, lo más sobresaliente de Beckett durante este periodo fueron las ya mencionadas novelas, que forman parte de su trilogía. En estas novelas, pese al criterio expreso del autor, el lector puede trazar el desarrollo del estilo y los temas del Beckett maduro. En ellas la escritura se muestra cada vez más desnuda y escueta. Molloy, por ejemplo, conserva todavía muchas de las características de una novela convencional (tiempo, lugar, acción y argumento) y puede interpretarse, además, de alguna manera, hasta como una saga de detectives. En Malone muere, se prescinde en gran medida de la acción y del argumento; si bien existen referencias de lugar y del paso del tiempo, la acción del libro adopta la forma de un “monólogo interior” que parece tomado de James Joyce, su maestro.

Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto -se lamenta el protagonista-. El próximo mes, quizá. Será, pues, en abril o mayo. Porque el año acaba de empezar y mil pequeños indicios me lo dicen. Tal vez me equivoque y deje atrás San Juan e incluso el 14 de julio, fiesta de la libertad. Qué digo, tal como me conozco, soy capaz de vivir hasta la Transfiguración o hasta la Asunción. Pero no creo, no creo equivocarme al decir que dichas fiestas, este año, se celebrarán sin mí…”

En El Innombrable, por último, todo sentido de lugar o tiempo se ha esfumado, y el tema esencial parece ser el conflicto entre el impulso de “la voz”, protagonista de seguir hablando con el fin de sobrevivir de alguna forma, y su igualmente impetuosa urgencia de hacerse merecedora del silencio y el olvido definitivos. Acaso se puede entrever en esto el reflejo de la experiencia y la intolerancia de Beckett sobre lo que fueron para Europa las dos horrorosas Grandes Guerras perpetradas por el hombre en el siglo XX.

¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora? Sin querer preguntármelo, lo digo yo. Sin pensarlo, tan solo para llamar a esto preguntas, o hipótesis... No lo sé. Ir adelante, llamar a esto ir, llamar a esto adelante… Puede que un día, venga el primer paso, simplemente haya permanecido, donde, en vez de salir, según una vieja costumbre, pasar días y noches lo más lejos posible de casa, lo que tampoco era lejos. Esto pudo empezar así. Basta, no me haré más preguntas, que todo suceda como debe suceder…

Pese a la opinión muy extendida de que el trabajo de Beckett, como ejemplifican las novelas aludidas, es esencialmente pesimista, la consigna de Schopenhauer sobre “la voluntad de vivir” parece resurgir victoriosa siempre hacia el final, lo que demuestra luego en cada texto con la famosa frase que culmina El Innombrable, cuando medita: “Seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir hasta más no poder, hasta callar para siempre…”.​ En este punto, Konstantinovic, el amigo yugoslavo de Beckett, anota que, sin embargo, sobre esta obligación de continuar no dijo jamás una palabra, es decir, que nunca explicó en qué debía consistir ese continuar; aunque luego desliza en otro párrafo: “La existencia es como una mera obligación, sin razón, sin meta, acaso sin esperanza…”. El crítico estadounidense Harold Bloom, por su parte, afirma conmovido del irlandés: “Fue un ser humano tan bueno y decente como muy pocos escritores lo han sido. Infinitamente compasivo, infinitamente amable, aunque infinitamente apartado de todo y, también, como ese alguien que se siente infinitamente responsable de todo lo terrible que pasa en este mundo por el solo hecho de existir”.​ En este sentido, apunta que Beckett sufría, no sólo por sí mismo, sino también por los demás: “Sufro, luego puedo existir”, fue su forma de corregir a Descartes.

Tras estas tres novelas mencionadas, además de la poesía que nunca dejó de lado, Samuel Beckett llevó a cabo durante años un trabajo en prosa continuado, lo que se evidencia en las historias breves recogidas en Textos para nada. Hacia finales de 1950 logró crear una de sus más radicales obras que tituló Como es, donde describe las peripecias de un narrador anónimo que se arrastra por el lodo llevando con él un saco de latas de conserva. Espantosa metáfora del hombre moderno que fue escrito como una secuencia de párrafos sin puntuar y en un estilo casi telegráfico (otra vez Joyce como paradigma). Después de esta obra, Beckett pasará casi una década sin aportar nada que no fuese menos dramático que sarcástico, salvo algunos poemas:

Antes de que amanezca aquí estarás

y Dante y el Logos y todos los estratos y misterios

y la luna marcada

allende el blanco plano de la música

que establezcas aquí antes del alba…

En Cómo es, considerada la continuación de El Innombrable, él mismo marca el final de un productivo periodo. Durante esta época escribirá a su amigo, el escritor y político checoeslovaco Václav Havel, una carta que casi lo justifica todo:

Me he recluido. Estoy casi siempre en el campo, en el silencio, alejado de todo. He abandonado el teatro y la radio e intento continuar vanamente a partir del lugar en que El Innombrable me dejó tirado. El maldito no quiere acabar de morirse ni de moverse; por otro lado, te cuento que es una situación fascinante y digna de ser vivida, y escrita, claro... Uno crea personajes malvados que peligrosamente se apropian de uno.

En una de las habituales rondas barriales que hacíamos con Borges por Buenos Aires, después que un médico amigo le recomendó caminar por lo menos treinta cuadras cada día, y él trataba de cumplirlo al pie de la letra, sometiendo a su acompañante a esa arbitraria decisión, hablamos una tarde de Beckett a quien conoció brevemente cuando se los distinguió con el premio Formentor.

Mire Alifano, yo respeto su opinión sobre Samuel Beckett, pero no sé qué opinar de él como persona ni como escritor -casi se disculpó-. Cuando nos presentaron cambiamos unas pocas palabras y me pareció bastante aburrido. Él hizo algunas bromas, yo también… Nos reímos un poco. Luego le pregunté sobre James Joyce, su maestro y el me respondió vagamente: ‘Ah sí, claro, Joyce era una buena persona, un hombre muy tímido’. Eso es todo lo que recuerdo de esa conversación que tuve con él. Después alguien me llevó a ver su obra Esperando a Godot y esto me bastó para confirmar mis sospechas. Me pareció que era una obra muy pobre. ¿Para qué tomarse la molestia de esperar a Godot si él nunca llega? ¿Qué cosa tan tediosa, no le parece? Después de eso perdí todo interés de leer sus novelas”. ¿A usted le gusta mucho, me ha dicho? Quizá si me lee algo, puede gustarme a mí también”. Y con astucia dejó abierta la posibilidad.

Sí, Borges, me considero un buen lector de Beckett -le respondí yo-. Me parece, sobre todo, además de un magnífico dramaturgo y novelista, un enorme poeta.”

“¡Caramba, voy a seguir su consejo -exclamó Borges algo sorprendido-, intentaré incursionar en alguna de sus novelas entonces!”.

En 1979, mi compatriota, el escultor Alberto Karlinsky, que convocaba a una mesa los días sábados al mediodía en el restaurante Au clair de lune, frente al centro Pompidou, en París, me presentó a Samuel Beckett que, por el contrario, guardaba un recuerdo casi religioso de Borges. Yo lo evoco de una manera entrañable -con su cara sonriente, que parecía tallada por las recias cicatrices de los años-, disculpándose con timidez cuando quería verter su opinión en la polémica mesa. Lo entrevisté luego para una revista de México y me pareció conocerlo de toda la vida. Ni qué decir que comparto plenamente la opinión de Harold Bloom. “Fue un ser humano tan bueno y decente como muy pocos escritores lo han sido…