Opinión

Academia o Libertad

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 19 de septiembre de 2019

Vivimos en una sociedad delicada de espíritus unánimes que juzgan una agresión cualquier disidencia. Todos respiramos el mismo aire, en una atmósfera saturada de pacifismo, feminismo, relativismo, multiculturalismo y tolerancia. En principio y sin matices la paz, la igualdad, la convivencia o el respeto son ideales admirables que, sin embargo, recibidos acríticamente y profesados sin discusión acaban siendo invertidos y resultan peligrosos. El pacifismo acrítico destruye la paz, la igualdad a través de la homogeneización deviene en órdenes abstractos o rangos insustanciales, el feminismo convertido en fetiche suscita un machismo etológico y brutal, el relativismo concluye, de hecho, en la afirmación vacía de la fuerza o del número, la tolerancia se degrada en la impostada cortesía del comerciante.

Si se aceptan los efectos negativos del cultivo dogmático de esas actitudes no es por rechazar de modo directo y simplemente las actitudes mencionadas y las ideas en que se fundan, sino por sanear sus fundamentos, suprimiendo los elementos podridos y medir con precisión el peso de lo que se pueda construir sobre su base. El método de demolición y reconstrucción de los fundamentos sobre los que se alza la arquitectura de nuestra sociedad recibió siempre en nuestra tradición un nombre venerable: filosofía.

No es sinónimo de revolución. No se trató jamás de laminar o aniquilar para erigir sobre nueva planta, no se trató nunca de un objetivo inaugural y adánico, de montar un orden de vida en común “libre de supuestos”. Por el contrario, la filosofía da por supuesto el supuesto, esclarece el prejuicio no lo elimina, lo limita situándolo en sus dimensiones apropiadas, pero no entiende que el prejuicio sea un objetivo a destruir. La filosofía libre de supuestos (voraussetzungslos) es adecuada a una sociedad que se desprende de su tradición, pero el primer derecho humano – dice Ortega – es el derecho a la continuidad. Diría que esa continuidad no es sólo un derecho, es la condición de todo derecho y de toda responsabilidad, contraparte – hoy olvidada – de todo derecho. En el siglo XX fue la llamada filosofía analítica la que trató de llevar adelante una filosofía libre de supuestos, pero la filosofía es constitutivamente dialéctica, no analítica. El supuesto es su condición y punto de partida. El formalismo abstracto de la filosofía analítica – del racionalismo en general – es proporcional al formalismo abstracto de un democratismo desolador, que no es sinónimo de democracia. El hombre nuevo de la tradición procede de la salvación del hombre viejo, de su honda conversión. El hombre nuevo de la revolución es el filósofo autodidacto de Abentofail, habitante de una ciudad en el aire. El necio capaz de sacarse de la sima tirándose de la coleta.

Un vicedecano de la Universidad de Chicago da la bienvenida a sus estudiantes recordando el compromiso de la universidad con la “libertad académica”, lo que es ya una expresión redundante: bastaría recordar el carácter académico de su institución. Academia y libertad son inseparables porque es lo mismo Academia que Filosofía: “académico quiere decir filosófico; formación académica es lo mismo que formación filosófica” (Josef Pieper) pero la hoy llamada Academia desconoce la seriedad del combate dialéctico, aunque conoce bien los mecanismos de la miseria ideológica y la agresión administrativa. El vicedecano Ellison señalaba que no cancelaría intervenciones de ponentes controvertidos y cerraría los espacios en los que esconderse – no diré “cobijarse” – cuando se hayan oído opiniones contrarias a las propias. El vicedecano recuerda que la Universidad es una institución sólo abierta a los adultos y que la dialéctica es medio imprescindible para el desarrollo del saber. Gustavo Bueno lo señalaba con rotundidad: “pensar es pensar contra alguien”, aunque habría que añadir: “contra alguien que piensa”. Hoy el oponente escucha silencioso y se aleja con una sonrisa torcida a digerir su resentimiento al rincón de la unanimidad.

El ínclito redactor de aquel Tratado de una Constitución para Europa, que silenció la insoslayable presencia del cristianismo, no dejó de remitir a la filosofía como un contenido irrenunciable de la constitución histórica de Europa. La residual filosofía de nuestros días, la corrupción de la academia, es índice de nuestro ocaso. Si hubo en tiempo en que pudo decirse “Academia o Libertad”, con valor explicativo: “Academia, o sea: Libertad”; hoy queda dicho con valor excluyente: “O Academia o Libertad”. Si hay libertad, ya no es en la academia. Nadie desempeña hoy la función dialéctica de destrucción y reconstrucción de un orden social incapaz de renovación. Es fácil prever que acabaremos aplastados por el peso inerte de la masa muerta.