La campaña de Change.org, secundada ya por más de 500.000 personas, ha puesto los pelos de punta a los parlamentarios de todos los partidos. Aunque depende de ellos mismos la legislación para defender sus intereses, se puede crear un clima de hostilidad pública insufrible. Los partidos políticos existen para resolver los problemas de la ciudadanía. En España, en lugar de ser una solución, los partidos se han convertido en el segundo de los diez grandes problemas que agobian a los españoles. Convertidos en agencias de colocación para parientes, amiguetes y enchufados, los partidos sangran a impuestos hasta la hemorragia de los ciudadanos para financiar sus gastos, sus derroches, sus instalaciones, sus campañas de propaganda, sus sueldos y retribuciones, sus viajes gratis total, las más diversas prebendas, en fin, de las que se benefician con el mayor de los cinismos.
“Diputados y senadores, si no curráis, no cobráis”. Y claro, la inactividad laboral de nuestros parlamentarios está llegando en estos meses de Gobierno en funciones a extremos indignantes.
Sería injusto generalizar. Está claro que a la mayoría de los diputados y senadores les gustaría que la situación fuera diferente, pero habrá que convenir el acierto de la campaña que se ha puesto en marcha y que ha calado en la opinión pública.
Cada vez se hace más necesaria una ley que diga: “Ningún partido político, ninguna central sindical, podrá gastar un euro más de lo que ingrese por las cuotas de sus afiliados”. Ahí está el comienzo de la regeneración democrática de nuestra clase política. Las probabilidades de que los parlamentarios aprueben una ley como ésta se reducen casi a cero. Y a mí me dan miedo las campañas de desprestigio político contra los partidos. Eso ocurrió en el primer tercio del siglo pasado y el resultado fue fascismo en Italia, nazismo en Alemania, estalinismo en Rusia, franquismo en España, salazarismo en Portugal… Hay que regenerar, en fin, a los partidos políticos, pero con la necesaria inteligencia para no erosionar la democracia.