Opinión

Siento vergüenza

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 25 de septiembre de 2019

En mis tiempos cuando un borrico se negaba a caminar el dueño no se andaba con chiquitas. También en el colegio pasaban cosas de interés general, por ejemplo ir castigado al rincón, de rodillas con los brazos en cruz y en cada mano, a pulso, un ejemplar de la enciclopedia Álvarez con sus 300 páginas o más, así durante unos cuantos minutos. Creo que ese fue el verdadero origen de los cuerpos danone, porque el peso de las enciclopedias no irradiaba su fuerza pedagógica al cerebro, sino a los atormentados músculos. Es lo que suele pasar con algunas personas que desarrollan antes el físico que su materia gris cerebral.

Les cuento esto porque la sinrazón y la soberbia personal siempre han existido y a pesar de la progresía que más de uno y una se puedan atribuir, al final subyace la tozudez de quienes cinchan vara de mando para enmascarar las carencias del cargo que ostentan. Por eso estamos en un país en el que nadie con obligación de cargo público se mueve de su peana. De ello voy a tratar hoy porque siento vergüenza como ciudadano del siglo XXI, europeo de pleno derecho y español de honra.

Llevamos cuatro años de elecciones estériles, anclados en la más absoluta indigencia política y serán siete los meses en modo funciones antes del próximo toque de urnas, que viene a ser lo mismo que no hacer nada de lo que un país necesita. Esto que a primera vista puede resultar cómico está cargado de una crueldad sin igual. En poco tiempo los que han perseguido el crear esta dramática situación se están frotando las manos por el destemple reinante. Si el señor Sánchez y todo su gabinete han tomado a España como un pasatiempo no lo son menos quienes haciéndoles un Pimpinela persiguen a toda costa anidar sus posaderas en el tabernáculo de la Moncloa para mamar del cuerno de la abundancia (léase control de las cuentas públicas).

Siento vergüenza como miembro de una sociedad maltrecha en ilusiones, con incierto futuro, a la deriva. Siento vergüenza porque este país está en caída libre y porque el erario público se ha convertido en un negocio privado de lo más impúdico. Siento vergüenza de quienes se autoproclaman libertadores de todo lo que se menea, pero que demuestran una insolvencia profesional absoluta. Sí, siento vergüenza por tantos líderes de nuevo cuño amamantados por nuestra generación, extasiados de vida fácil, henchidos de gozosa revolución y venidos a jugar a la política. Siento vergüenza porque en España hemos llegado a los bajos fondos de lo irracional gracias a la bipolar manera que tienen unos y otros de interpretar la Constitución, Carta Magna que rige los derechos y obligaciones de todos los españoles. Siento vergüenza por caer en la trampa de votar expectativas que han resultado ser fraudulentas en contenido y continente.

Pero lejos ya de cualquier análisis que a estas alturas no se haya vertido sobre esta situación, lo que hay que ponderar es la realidad palmaria de lo que somos como país y el lugar al que nos han conducido casi toda esta patulea, porque dicho también no sería justo generalizar. Ahora mismo para estos representantes electos somos ciudadanos de usar y tirar. Sí, ya sé que esto no suena bien, pero lo escribo en modo light para evitar decir que nuestros pesares se los pasan por el tafanario.

A todo esto mucho tienen que ver los medios de comunicación al servicio del sol que más calienta. Se magnifica aquello que interesa, se silencia lo otro, se tergiversa la realidad y se recrudece lo dañino cuando el contrario saca pecho o lo negativo conviene solaparlo. Es lo que se conoce como rédito electoralista o lavado de cerebro, hoy también muy de moda llamarlo mantra, ya saben, eso que se repite de manera constante y de una forma rítmica para que vaya “calando” en la masa.

Me considero un contribuyente amable, cosa carente de mérito. Pago de manera puntual lo exigido, tampoco es meritorio, y a su vez, profeso especial antipatía por igual tanto a la señora Montero actual responsable de Hacienda, como antes lo fuera el señor Montoro y el inolvidable señor Solbes. Aquí si me atribuyo virtud. ¿Y qué recibo a cambio de mi amable contribución?, pues un despilfarro de caudales públicos uno detrás de otro y sin ninguna timidez. De manera que para el regusto de sus Señorías se convocan nuevas elecciones para el 10-N sin reparar en que la broma de mal gusto nos va a costar alrededor de 200 millones de euros. Una bagatela. Y yo me pregunto, ¿Pero cómo vamos a votar de nuevo si se presentan los mismos?

Prepárense para lo que nos viene. Debates barriobajeros de duro lenguaje, rabaneras soflamas, o tu corrupción es mayor que la mía. Tengan presente que estaremos ante una campaña electoral ya sin argumentos que avalen actuaciones serias de estabilidad y progreso –recuerden que llevamos perdidos cuatro años mareando la perdiz-, de manera que lo único de mérito será el show a costa de reprochar e insultar al contrario.

En fin, pensemos que por encima de ellos siempre está la democracia a la que hay que defender, proteger y de la que nunca debemos apartarnos. No se olviden ustedes. A pesar de todo, yo votaré, pero eso sí, lo haré en favor de lo menos malo para España.