Opinión

Foro de liberales

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 26 de septiembre de 2019

En un ejercicio de auténtica liberalidad el V Foro Liberal, a celebrar en Madrid (Colegio de Doctores y Licenciados) los días 29 y 31 del mes de octubre, dedicará una vez más dos sesiones a la crítica de los fundamentos del liberalismo: una sesión de contenido económico, otra de índole política. En la primera se tratará de la llamada renta básica, en la segunda se afrontarán los problemas de la actual situación política española a la luz de un liberalismo que parece estar mostrando sus límites.

Un año más la Asociación Estudios de Axiología – bajo la dirección de D. José María Méndez – organiza estos encuentros con una generosidad que trasciende el sentido reductivamente económico técnico que el término “liberalismo” posee hoy. El Foro Liberal – como viene haciendo desde hace años – promueve la discusión relativa a los fundamentos no sólo políticos o económicos, sino también antropológicos o culturales del liberalismo. De este modo su liberalidad queda acreditada y sólo puede salir triunfante, dando fe de una dimensión que se pierde siempre que se estrecha la idea liberal al terreno de una economía sustantivada y elevada hoy a la categoría de ciencia fundamental del hombre. En las jornadas figuran acreditados liberales, pero junto a ellos aparecen voces menos afines al pensamiento liberal, así como críticos radicales de ese esquematismo tecno-económico que, pese a todo, no deja de gozar de gran predicamento bajo el nombre de “liberalismo”.

Ortega definía democracia y liberalismo en función respectivamente del sujeto del gobierno y del alcance del mismo. Democracia – venía a decir – es el régimen en que manda la mayoría, y es liberal el régimen que fija límites al poder político bajo la consideración, que hoy empieza a parecer revolucionaria, de que “la política es un orden instrumental y adjetivo de la vida”. Es una distinción sencilla y eficaz.

Ese liberalismo defiende la limitación del ejercicio del poder político, dado su carácter “adjetivo e instrumental”, en nombre de unos objetivos “sustantivos y finales” que lo trascienden. El liberalismo es un medio o una cierta comprensión del medio (el Estado y/o el Mercado) que debe estar al servicio de la vida humana. Ahora bien, nada resulta hoy más discutible que la naturaleza de esa vida humana a la que, desde hace tiempo, se le niega precisamente toda naturaleza. Ortega ha tematizado esa idea de la vida con perspicacia incomparable y ha dispuesto su concepto liberal del Estado y/o el Mercado a su servicio. Hoy, por el contrario, el liberalismo se quiere soldado de modo sustancial con la democracia, al punto de que “democracia liberal” es para muchos una expresión redundante o enfática, como si dijéramos la “democracia democrática” o la “auténtica democracia”. Como si no fueran posibles regímenes no democráticos pero liberales o regímenes democráticos no liberales. Con esa confusión de liberalismo y democracia se rompen los diques que el viejo liberalismo opone al poder político y económico. Al fundir liberalismo con democracia se confunde el régimen en que todos mandan, con un régimen en que todo queda bajo el mando político. Se confunde que todos manden con que manden en todo. No cabe más extremo totalitarismo.

La cuestión es, sin duda, una de las formas que adquiere lo que podríamos llamar “el tema de nuestro tiempo” porque, en efecto, se trata del curso que han seguido las democracias de postguerra. Un curso anticipado por todos los que supieron ver en el “politicismo integral” un mismo resultado alcanzado por medios diferentes, de suerte que pudieron hablar, para escándalo de ingenuos y resabiados, de “fascidemobolchevismo” (Roy Campbell).

La defensa de un terreno anterior y más profundo que el meramente político y económico, que ha de preservarse de la acción del Estado, pero – nótese bien – también del Mercado, es un gesto profundamente liberal. Es el gesto de Ortega o el gesto de G. K. Chesterton por el que puede definirse a ambos como liberales pese a que, más allá de dicho gesto, su antagonismo no pueda ser más extremo. En efecto, la comprensión de ese terreno anterior y más profundo sea en términos de comunidad, sea en términos de privacidad o en términos de conciencia individual… puede distanciar infinitamente a los que comparten, sin embargo, el mismo gesto liberal, simplemente negativo, consistente en marcar límites u oponer un vade retro a la injerencia del Estado, pero también del Mercado, en el orden arcano o primordial que defienden.

Nuevamente habrá ocasión de afrontar la cuestión por el liberalismo: sus límites y su naturaleza, en una convocatoria que, como las anteriores, garantiza el libre ejercicio de la crítica, la práctica de una dialéctica sin otras condiciones que las de la cortesía. Esta liberalidad es todo un don en una sociedad que vive cada vez más estremecida por tabúes y correcciones de una exquisita tiranía.