Nick Kyrgios es un talento que ha quedado en un plano entre generaciones. A sus 24 años parecería mayor para la camada liderada por Medvedev y le queda muy lejos abanderar la expulsión de las tres leyendas que amontonan los títulos. Su clase rima con sus problemas para gestionar lo que el profesionalismo requiere, hecho que le ha llevado a salpicar su carrera de sensacionales puntos, de alto nivel tenístico y estético, con desairse fruto de un carácter muy particular.
Esta dinámica en la que viaja desde que abandonó el papel de juvenil prometedor le ha llevado a no conocer el sabor de la gloria. No ha ganado ningún Grand Slam ni ningún Masters 1.000. Dato insólito si se estudia con rigor sus capacidades y técnica en el golpeo. Sólo ha podido alzar siete trofeos, dos de ellos en 2019 -en Acapulco y Washington-. Siempre correspondientes a la ATP 500 o inferior categoría. Eso sí, se ha dado el gusto de haber ganado a Rafael Nadal, Roger Federer, Novak Djokovic y Andy Murray. Estadística que habla de su potencialidad.
En cambio, se ha emborronado cada cierto tiempo. En 2018 anunció que había tomado medidas y estaba siguiendo un tratamiento psicológico. En los doce meses de ese año sólo alzó el título de Brisbane, en enero. Un bagaje muy pobre con respecto a las expectativas que desde siempre le han acompañado. En aquel momento aparentaba haber tomado en serio su profesión y, de una vez, dedicarse a trazar el punto de inflexión mental que le asentara en el Top-10.
Pero pasaron los meses y la cosa se fue torciendo hasta el punto de enfadar a la ATP. El organismo ha puesto una barrera clara: la violencia, con cámaras filmando, es inadmisible. Kyrgios escupió hacia los pies del juez de silla y rompió dos raquetas durante el partido de segunda ronda del pasado Masters 1.000 de Cincinnati que jugó ante Karen Kachanov. Rebosó aquel día la paciencia de un ente que está tendiendo a limar este tipo de comportamientos, queriéndo mostrar evolución en los modales de este deporte.
El caso es que la ATP le ha impuesto a estas excentricidades concretas una multa de 113.000 dólares. Además, si reincide en los siguientes seis meses habrá de pagar otros 25.000 dólares y se someterá a una inhabilitación de 16 semanas dentro de las compaticiones del circuito masculino. Se trata, según el organismo, de un comportamiento agravado calificado de Ofensa Mayor dentro del Código de la ATP. Así lo ha confirmado Gayle David Bradshaw, Vicepresidente Ejecutivo de la ATP y gerente de la cartera de Reglas y Competiciones.
Mas, ahí no termina la punición. Aquí es donde está la miga: Kyrgios ha sido obligado a trabajar con un psicólogo a su lado mientras compite en los torneos y en noviembe y diciembre. Porque a partir de esta multa no se le consentirá ninguna violación de la reglamentación en torno a abuso verbal hacia jueces o espectadores. En definitiva, se le ha colocado un profesional de la salud mental para que aprenda, de una vez, a controlar sus maneras.
Ante el comienzo del que pareciera su mayor desafío, el australiano ha reaccionado de este modo: publicó una foto en su cuenta de Instagram acompañada por la frase "Espero tener mi mejor comportamiento durante los próximos 6 meses". Y con el hashtag #detention (castigo). Más tarde, volvió a usar sus redes sociales para explicar que "no pasa nada, puedo seguir jugando. Así que relajado. El tenis seguirá siendo divertido. Lo único que debo hacer es controlar mi comportamiento". Ya será en 2020 cuando tendrá que demostrar si quiere seguir siendo jugador de tenis profesional o no, ya que ha renunciado a la gira asiática por una lesión en la clavícula. Su manera de disfrutar del deporte ha de cambiar. No hay otra.