Opinión

Verdad, justicia y política

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 27 de septiembre de 2019

Cinco años.

Sesenta semanas durante las cuales no ha habido un solo día sin memoria o sin aprovechamiento para quien de ello ha querido medrar en los pantanos de la política o en los basureros de la intriga.

La única verdad hasta ahora visible, y tristemente visible, es la muerte de los 43 estudiantes secuestrados y asesinados en el juego cruzado de los interés criminales del narcotráfico en el estado de Guerrero, donde alternadamente, cada quien con sus plazas y cada uno con su territorio, los “Rojos” y los “Guerreros Unidos”, se combatieron –y combaten--, por el trasiego de la heroína. Ellos y sus aliados en el gobierno (PRD local y estatal).

Muy triste pero los estudiantes manipulados y adoctrinados en un laberinto confuso de ideas y pantallas, en un cuarto de espejos, fueron usados como carne de cañón por quienes los llevaron a secuestrar autobuses, alguno de los cuales iba pleno en droga a punto del embarque para su venta al extranjero.

Y de ahí, todo lo demás, incluyendo la putrefacción de los procesos judiciales y las investigaciones sobre las indagatorias de cuyos residuos se hará otra pesquisa y luego otra y una más y así hasta el infinito.

Hoy se ha creado una comisión de la verdad –coordinada por Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación--, cuyo arranque no puede llevar a la verdad si se desconocen los hechos obvios: la muerte de esos jóvenes, su exterminio en Cocula (pueblo cercano a Iguala donde se inició la Vía Crucis), u otros lugares, además.

Estimular la esperanza sin posibilidades concretas de hallar con vida a algunos de ellos, es alejarse de la verdad y perseguir un fantasma de humo. Quizá para alguien un favorable fantasma de humo.

Cuando Alejandro Solalinde, reveló en términos generales, mucho antes de la “verdad histórica”, la misma información sobre la hornaza donde los secuestrados fueron incinerados hasta el polvo de sus huesos, confirmada después por la Procuraduría General de la República, nadie lo acusó de nada.

Cuando más de no revelar nombres, acogido, quizá, al conveniente secreto de confesión propio de su cazurro ministerio, el cual no fue obstáculo para recibir del presidente de la República la invitación para ocupar la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en cuyo caso vendría a ser la Comisión Clerical de los Derechos Humanos. Pero él lo declinó para sugerir a su vez a una de sus seguidoras.

Hasta el Papa Francisco habló de un país donde se mata estudiantes. Se mata, no se desaparece. Y nadie le dijo algo.

Pero cuando el gobierno externó (con pruebas y seriedad pericial), esa misma versión, entonces fue acusado de todos los horrores imaginables, hasta el punto de considerarlo culpable por encima de los verdaderos culpables. El gobierno anterior se lo buscó por su tardanza y sus lentos reflejos. Al principio no lo consideró importante.

A nadie le conviene, aunque los hechos lo contradigan, vincular (así haya sido por accidente), el tráfico de heroína con la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, en cuyos patios aun camina la sombra de Lucio Cabañas en diálogo de historia con Genaro Vásquez. Normal guerrillera.

Hace algunos meses esta columna habló con Alejandro Encinas:

-¿No sería conveniente para la futura comisión de la verdad, reconocer como verdad la muerte de los muchachos?

-No podemos aceptarlo. No hay pruebas de su muerte…

-Pero tampoco hay pruebas de su vida… tantos años después.

-Por eso son se habla de desaparición forzada. Esa es su condición jurídica.

-Pero la vida es la vida; la muerte es la muerte, más allá de la definición jurídica”.

Cuando iba yo a agregar …y política…, Encinas me dijo:

-Adiós…

-Adiós.