Opinión

La defensa del hombre invisible

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Domingo 29 de septiembre de 2019

Acéptese lo de “el hombre” a la vieja usanza, porque esto va lo mismo de hombres que de mujeres. Estamos en una época en que demasiada gente o por lo menos, muy ruidosa, vive obsesionada por tener su momento de gloria o por buscar un motivo, un empeño, que dé sentido a su vida. Este afán siempre ha existido, la diferencia está en que, ahora, se pretende conseguir, no a base de esfuerzo y constancia, sino a base de lograr un chispazo de inspiración que haga atraer, sobre si, los focos de atención que los medios de información y las redes sociales ponen tan barato.

Siempre ha acompañado al hombre, una desazón por buscar una causa, una bandera en la que enrolar su fe y poder trazar las coordenadas en las que encauzar su vida. La religión y las ideas políticas han sido, tradicionalmente, grandes banderines de enganche, pero había otros, importantes, como la familia, la profesión, las aficiones, etc.

Lo chocante, ahora, es que la relevancia de esos afanes, a los que mucha gente dedica su actividad y el ardor de proselitismo, se ha banalizado hasta el ridículo, al mismo tiempo que el empeño en imponer su credo y su criterio, a los demás, se ha agigantado. Vemos, diariamente, mil ejemplos, pero, para ponernos en situación, he aquí uno: me llega, por las redes sociales, la prédica de dos mujeres que se empeñan en la cruzada de defender a las pobres gallinas, según ellas, continuamente dominadas, aterrorizadas, agredidas y violadas por el cruel machismo del gallo. Apelan a nuestra indiferente o cómplice conciencia para que exijamos que todas las gallinas del mundo mundial vivan separadas de su feroz agresor y puedan gozar de una vida tranquila como se merecen, ellas y todos nuestros hermanos animales.

Vemos, continuamente, lo fácil que es echar a la gente, a la calle, detrás de una pancarta, mejor si es con disfraz y música, reivindicando lo que haga falta, buscando, ansiosamente, el brillo momentáneo de una foto, un selfi o una de las abundantes y acogedoras ventanas a la televisión.
Vemos a los infinitos políticos, acosados por enjambres de reporteros y periodistas, dedicados, ya, enteramente, no a la gestión, abandonada en manos de no se sabe quién, sino a la propia imagen y a la búsqueda de la frase brillante, que les aúpe en el sube y baja de las encuestas, acuñada para el momento, no importa la coherencia ni la veracidad. El que no se mueve, no sale en la foto, parecen decirse todos.

Es una algarabía ensordecedora que pone continuamente en la boca de los consabidos derrotistas el lapidario ¡qué país!, como si aquí no hubiera más que esos enredadores atolondrados, entre los cuales hay, como no, abundantes reivindicadores de derechos, nunca de obligaciones. Pero amigos, no es así, no puede ser así.

Cómo podrían dedicar confiadamente su tiempo al chismorreo mediático y a las cruzadas de lo políticamente correcto, tantos “bartolos”, si no sintieran que, cuando ellos sacan el hombro debajo de la carga, hay otro que, inocentemente y sin reclamar derechos, lo mete. Y así, este país, en el que tantos viven en un sinvivir, alarmados por el ruido de “charanga y pandereta” habitual, es una potencia económica, democrática, cultural y deportiva de primer orden. Pues bien, yo quiero rendir homenaje, aquí, al que nunca oímos, porque no hace ruido, al hombre gris, al hombre invisible, que es el que paga la fiesta, el que mete el hombro, el que hace grande a este país y lo hizo en el pasado. Y una vez más, quiero, para ello, volver al libro, a mi interpretación herética del Quijote.

Cervantes nos enseñó que Sancho, protagonista al cincuenta por ciento, es el español gris, sensato, realista, fiel, amante de su familia, proveedor de las alforjas y Don Quijote es el español anacrónico, hiperactivo en los sueños y holgazán en las realidades, sin arraigo familiar ni sentido económico y que se cree predestinado para el mando y para una misión superior. Y, así, una vez más, queda claro quiénes somos los españoles, la mitad sanchos, la mitad quijotes. Y ese, amigos, es el problema.