Antes la vida –como en el poema de Gil de Biedma- iba en serio. Una de nuestras lacras es la bajeza profesional –también moral- de nuestros políticos: los mejores están en la empresa privada, cobran más y no andan como fantoches entre los flashes ocasionales. El problema es más hondo: la infantilización de nuestros universitarios es casi total; el listón suele estar por los suelos –Bolonia de por medio o no- y todo son sonrisas de carrusel en redes sociales y demás triciclos. Antes los universitarios se sabían de prestado; vivían en pensiones con grandes esfuerzos familiares, la corbata era horca diaria y no había tiempo para ocios ni dinero para vicios. La orgía feliz ahora, en la cantera misma del porvenir, es buena parte culpable del desastre nacional, donde sobran titulados y faltan profesionales. Más de diez millones de universitarios, de los que el mercado solo coloca a cinco y por cuatro perras. El resto, al exilio, con mucha mueca lela.
Jonathan Haidt (Universidad de Nueva York; autor de La hipótesis de la felicidad o La mente de los justos) y Greg Lukianoff (Consejero delegado de la “Foundation for Individual Rights in Education”) publican ensayo demoledor sobre el rebaño dormido de universitarios sin capacidad crítica ni franqueza en la discusión: La transformación de la mente moderna (Deusto). El libro pretende ser dinamita y progreso en una sociedad pluralista, antídoto para nuestras divisiones incorregibles, fortaleza y pensamiento. Jóvenes entrenados en sabiduría, ajenos a las buenas intenciones y la pomada del hogar. Jóvenes fuertes en ideas ajenos a la discoteca emocional que les rodea, crecidos en sus opiniones debidamente contrastadas y sustentadas en principios serios, cuya información lo dote de capacidad de liderazgo y, algo más importante, supervivencia laboral. El ensayo va contra tres ideas sucintas: a) Lo que no te mata te hace más débil; b) Debes confiar siempre en tus sentimientos; c) La vida es una lucha entre las personas buenas y las malas.
Texto imprescindible para despojar de la Disneylandia habitual a jóvenes que se afeitan a diario, sí, pero no son hombres; a chicas que, sin los likes esperados en las redes sociales, lloran como perdidas. Un libro centrado en el instinto, en la fuerza de las ideas, ajeno a sentimientos, carantoñas y demás vaselinas. Jóvenes curtidos en la cultura de la seguridad, no muñecos, fuertes intelectualmente, sea cual sea su origen social, tesituras emocionales o demás zarandajas. Haidt lo explica sin fisuras geográficas ni titubeos grasos: “Muchos jóvenes nacidos después de 1995, los que han ido llegando a las universidades a partir de 2013, son frágiles, hipersensibles y maniqueos. No están preparados para encarar la vida, que es conflicto, ni la democracia, que es debate. Van de cabeza al fracaso”.
Jóvenes, en una cata más profunda, que temen al lenguaje y tienen eso mismo, miedo a ciertas palabras o significados, completamente ignorantes de su realidad. Esto no va de echarse unas risas sino de un concepto espléndido: cultura de Ultraseguridad (Safetysm) que supone un cambio absoluto respecto a cambios sociológicos y tecnológicos donde el rebaño, mansurrón y lanar, embridado y ciego, no despierta. Lo reconocen los autores sin miedo al plagio: es el modelo Oxford y Cambridge, donde se busca que el alumno durante cuatro años cultive el huerto de sus propios conocimiento, siempre activo, ajeno a bolonias y trabajitos a ocho páginas de “corta y pega”. Ultraseguridad versus Fragilidad. Más por lo menudo: crecen las tasas de ansiedad y depresión entre adolescentes, chicos y chicas trasladan sus interacciones personales a las redes sociales viviendo en la comparación sobre aspecto físico, estatus social y el llamado Síndrome Fomo (“Temor a perderse algo”). La carnavalada es absoluta: se busca el rebaño, la grey, la manada y, quien sale de ahí, quien utiliza otros términos o no participa de hábitos, puede ser apedreado con dolor e inquina por el resto.
Buscan nuestros adolescentes secuaces y no amigos, carecen de la libertad que tuvieron sus padres para jugar en la calle porque no saben utilizarla, los papás están en la supervisión permanente de chiquillos y chavales que jamás llegan a adultos, la zanahoria puede ser tanto un videojuego como un grupo nazi de extremaderecha, son naves que lleva el viento y el mar a veces hace naufragar. La fragilidad es el primer paso, luego vienen la inseguridad, la ansiedad, la irritación, el mal estudiante que acaba siendo un pésimo empleado o nefasto ciudadano. No saben lo que es vocación, pasión, y mueven el dedo en sus pantallas como sonámbulos sin haber dormido o saber qué leen. Despejamos a nuestros retoños de la mínima borrasca sin saber lo crucial de tal acto: “Si protegemos a los niños de diversas clases de experiencias potencialmente perturbadoras, haremos que sea mucho más probable que esos niños sean incapaces de lidiar con dichos sucesos cuando salgan de nuestro paraguas protector”.
No hay mili interior, no hay manu militari, no hay autoridad ni autoexigencia. Protección, sí, para más depresión, inseguridad y suicidio adolescente o universitario. Inconscientes, sí, de algo mucho más complejo, su antifragilidad y la violencia diaria que pastan: “La investigación sobre el crecimiento postraumático muestra que la mayoría de las personas afirman sentirse más fuertes, o mejor en cierto modo, después de pasar por una experiencia traumática. Esto no significa que debamos dejar de proteger a los jóvenes de posibles traumas, pero sí que la cultura de la ultraseguridad se basa en un error de comprensión fundamental sobre la naturaleza humana y las dinámicas del trauma y la recuperación”. Sujetos sufridores de violencia, despiertos ante la misma, susceptibles y capaces de señalar sus pálpitos en la vida diaria. Salud mental, sí, para separar contenidos de una asignatura y reacciones emocionales a los mismos.
La llamada Generación de Internet (“iGen”) o Generación Z o Generación Mileneal, los nacidos entre 1982, 1998 o 2000 sufren tasas mayores de suicidio conforme sea el año superior en que han nacido. Van a más, sin retroceso. Sus cerebros parecen ser las redes sociales, donde el barullo carece de auténticas motivaciones personales y todo es para tales mamíferos deseo de juego, pese al posible riesgo, aprobación en manada de la hazaña individual o grotesca. No hay juegos exteriores (físicos, vigorosos, deportivos, de pelota) y así la fortaleza física frente a la pantallita es mínima (también frente a la bofetada o colleja del matón reconocido). Aumentan los años de los “iGen” y, según tasas, hay menos tiempo para salir con los amigos, menos socializar, fiebre por interactuar con pantallas, dependencia a lo que otros nos dicen por teclado y ninguna personalidad retadora en tiempos, sí, de licenciaturas. No hay progreso social porque la comunidad frena. No hay discrepantes en las aulas porque viven narcotizados. No tienen ideas propias y tiemblan frente a cualquier cúspide de posible acusación pública.
La transformación de la mente moderna es un ensayo imprescindible para abandonar la burbuja de la dependencia y el fracaso, para abolir la burbuja de las autolesiones y ansiedades, para blindarse frente a un mundo endeble donde la plastilina es armadura. Fuerza interior para mayor resistencia dentro de los mercados laborales. Una auténtica joya. Identidad, solvencia y mando en la plaza ardiente de cada cual con las riendas de su propia vida en alto.