Opinión

Anarquismo, justificaciones, autorizaciones

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 04 de octubre de 2019

Tras observar una violenta jornada en la CDMX, una de las más notables de los últimos días, en las cuales al cobijo de la tolerancia, el vandalismo es intocable y creciente expresión del lenguaje político callejera, sin rumbo ni sentido, y como una preparación para la semana por llegar con su inevitable “Dos de octubre no se olvida”, el Señor Presidente se hundió en explicaciones insustanciales sobre si los cavernícolas de la piedra y la bomba se merecen el profundo título de anarquistas o son despreciables “conservadores”.

Después, llegado el 2 de octubre, fecha fundamental en el santoral de la izquierda mexicana ahora en el poder, en recuerdo de una manifestación disuelta a tiros hace medio siglo, se ensayó una absurda movilización de burócratas vestidos de blanco, en un inútil “Cinturón de paz”, para contener a los falsos anarquistas.

Los oficinistas acabaron fugados a la hora de la hora a esconderse detrás de los policías, el gobierno o festejó como un triunfo la colocación de tablones en el centro de la ciudad, tapado con muros y vallas y el regreso de un amurallado Palacio Nacional, envuelto en placas de metal.

Los burócratas fueron forzados a usurpar las labores de la policía y salieron corriendo.

Pero volvamos a la calificación presidencial contra los conservadores; no anarquistas como los vándalos de todas las marchas y todas las tardes.

Conservadores son, en todo caso, esos trabajadores de la Conservaduría palaciega, cuya paciencia restauraba tras las marchas, los vestigios de pintas y quemazones en el Palacio Nacional, herido una vez más al amparo de la condescendencia oficial y el tolongueo de un gobierno capitalino cuyo dudoso talento es imitativo y destructivo: para acabar con los perjuicios de las turbamultas callejeras enfrentadas a los cuerpos de seguridad, eliminó los cuerpos de seguridad. Al menos el cuerpo de granaderos. Genial.

Y a pesar de haberlos desparecido, los puso a actuar junto con los acarreados burócratas.

-Si a usted le duele la cabeza, córtese la cabeza, podría decir el médico de la señora Claudia Sheinbaum, no gobernadora sino regenta de la ciudad, cuya voz repite, como cámara de eco, las palabras de su mentor y patrono: no son anarquistas, son conservadores. Y como así se resuelven los problemas, ¡helás. No pasó nada.

Ni se rompieron cristales (cada quien tiene, a su modo, su noche de cristales rotos como en la Alemania de 1938) y su quema de libros o su asalto a los anaqueles o el simbólico vejamen del principal edificio histórico (ya convertido en vivienda en comodato sexenal), en una ciudad cuyos monumentos se quedan paulatinamente cercados por tablones de restauración, como la Columna a la Independencia o la estatua de Cuauhtémoc.

Es la tradición de la mediocridad: tapa los efectos para no resolver las causas.

Muy costosa ha sido para todos los ciudadanos, la cotidiana y estridente manifestación de ideas o posiciones políticas (más de mil trescientas marchas y bloqueos cada año), protegidas por el sentido del desgobierno (excepto en la tarascada fiscal) y la libertad garantizada para todo exceso, con el cual se autoriza tácitamente el vandalismo con cualquier motivo o sin él.

En estos días, antes del 2 de octubre irremediable, las mujeres de los pañuelos verdes (aquí no hay chalecos amarillos), tomaron el asfalto para decirnos cómo urge legalizar el aborto en todo el país. Pero el día anterior eran los electricistas inconformes con su líder Martín Esparza y antes los profesionales de Ayotzinapa y sus 43 fantasmas y así hasta el infinito de los pretextos.

Pues las señoras de la libertad uterina mejor debieron manifestarse donde hace falta el cambio jurídico y no aquí o en Oaxaca donde ya es legal de toda legalidad tirar a la basura un feto con hasta doce semanas de gestación.

Pero cada quien busca los espacios para dotar a sus ideas de importancia. Como se apisonan las uvas y se les saca el jugo, así se pisan las banquetas con los puños al aire y se extraen las verdades del futuro. Después las conveniencias políticas las legislan y, sin importar cómo, chocan unas leyes contra otras y se atiborran los anaqueles de tomos y más tomos de cánones oportunistas.

Pero el Señor Presidente pide, no confundáis a los conservadores con los anarquistas, pues estos son (ni Bakunin lo hubiera dicho mejor), “muy profundos”, sin advertir la dudosa gloria en las profundidades de cualquier cosa. Profundo no siempre es sinónimo de inteligente.