Opinión

Tesis

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 06 de octubre de 2019

En su película sobre Unamuno, Amenábar muestra una tesis más próxima a la propaganda goebbelsiana que a la verdadera memoria histórica. Hábil oportunista, y aprovechando la candidez ajena, el cineasta somete el arte cinematográfico a la ideología. Es todo un maestro en convertir sus obras en películas “de tesis”. A su servicio, el cine se adocena y mecaniza, se hace uniforme y gregario. Parece como si el cine de Amenábar se declarara enemigo irreconciliable de la verdad. De la verdad histórica en Mientras dure la guerra; de la verdad de la vida en Mar adentro; y de la verdad de la ciencia en Agora.

“Y las verdades, ¿se poseen o se viven?” se preguntaba Unamuno. “Las ideas se tienen, en la creencia se está”, aseveraba Ortega y Gasset. Existencialismo y vitalismo. El existencialismo de Unamuno se basó en el de Kierkegaard: una preocupación por la aventura del hombre en el mundo. Hubo existencialistas ateos como Sartre, y cristianos como Marcel. Unamuno es de éstos. Nunca optó por aquella secularización del pensamiento, que a través del nacionalismo y el positivismo condujo al relativismo en la ciencia y en la historia, desembocando en esa salida pantanosa y deprimente del existencialismo en su forma atea y amoral, preludio de las filosofías de la desesperación y de la nada, inspiradoras del cine de Amenábar. En Mirabeau o el político, el vitalista Ortega apuesta por educar a España para la óptica de la magnanimidad, ya que el español es un pueblo “ahogado por el exceso de virtudes pusilánimes”, por el predominio de “la moral canija de las almas mediocres”. Para nuestro filósofo solo es posible avanzar cuando se mira lejos. El progreso llega cuando se piensa en grande. Necesitamos estadistas, no políticos. Dirigentes que planifiquen a veinticinco años, no que parcheen estrepitosa y precipitadamente la realidad cada cuatro. Porque prisa es lo único que tienen los ambiciosos.

Decía Unamuno que el pueblo español necesita cobrar confianza en sí mismo y, sobre todo, tener sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor. Nuestro pulso como sociedad está claudicando y, adormilados cómodamente, apenas confiamos en nuestra iniciativa como fuerza creadora. Hemos dejado de depositar nuestra confianza en los políticos. A ese drama, súmese otro: Universidades que renuncian a ser centros de alta cultura para convertirse en factorías de títulos producidos en cadena. Se extiende una epidemia de plagios. El amor de Pedro Sánchez por su tesis doctoral es como el del Quijote por Dulcinea: platónico. Jamás fue suya.

Recomendación para Amenábar: Llevar al cine la vida de Julián Fuster. Vigués nacido en 1911; médico afiliado al Partido Comunista que, tras la Guerra civil, viajó a la URSS y allí, acusado de derrotista, cayó en desgracia siendo encarcelado en el Gulag en 1948. Liberado en 1955, pudo salir del infierno comunista en 1959 para recalar en otro infierno incipiente, la Cuba de Castro. Harto de más de lo mismo, volvió a la España de Franco en 1965, trabajó como cirujano y murió en 1991. Su trayectoria sí es de tesis doctoral. Y de memoria histórica.