Opinión

De gorriones y cotorras

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 10 de octubre de 2019

Unas cotorras de origen argentino, un poco discreto animal por su colorido y sonoridad, parece haberse multiplicado en la ciudad de Madrid y sus alrededores. Su procedencia, que parecía garantizar su locuacidad y su belleza, pudo también inducir una fácil acogida. Tan hermosas y ruidosas aves parece que son hoy un peligro para la fauna autóctona y amenazan la conservación de la biodiversidad. El ayuntamiento de Madrid ha decidido su extinción, para dar lugar a especies indígenas de las que puede ser emblema y arquetipo el “granuja astuto” que “pudo volar pero aquí sigue/ aquí abajo, seguro/ metiendo en su pechuga/ todo el polvo del mundo” El pequeño gorrión que ni se olvida, ni se aleja y que permanece, aún menguante, entre nosotros. Sin que alcancemos a entender “¿Qué busca en nuestro oscuro vivir?/ ¿Qué amor encuentra en nuestro pan tan duro?” (Claudio Rodríguez). Dolorosa situación que nos fuerza a elegir entre gorriones o cotorras.

En esta globalización de las especies no parece posible la cohabitación y las ruidosas cotorras caerán víctima de una decisión por el gorrión. Pero también especies “de siempre” se han multiplicado con la sobreabundancia de restos y basuras. Las gaviotas o las cigüeñas han crecido en número por obra y gracia de un excedente intratable de residuos y desechos. Un crecimiento destructivo e hipertrófico, una hiperplasia de la masa de plumíferos que concluye en pérdida de diversidad y extinción de otras especies. Son los costes de la globalización y el crecimiento.

Pero son otros los pájaros cuyo canto escuchamos nuevamente en la campaña. Desde el alborear del día emiten sus promesas y requiebros tratando de seducir a los que decidirán mañana su ascenso o su declive en el parque político. También su número ha venido multiplicándose en un proceso expansivo y peligroso. Pájaros atronadores de estrepitoso canto y pájaros sutiles de trino dulce reclaman la salvaguarda de todas las especies o exigen respeto a la existencia amenazada de las especies aborígenes, demandan la distribución de bienes para todos, sin atención al color del plumaje o a la forma del pico, o anteponen los derechos de los pájaros nativos. No falta el pájaro cuco que quiere que sean otros los que saquen adelante a sus vástagos, ni arrendajos que – imitando el canto de terceros – se suman al coro de los bravos o los iracundos, de los heridos o los indignados. Impostado el canto, aparecen en vanguardia de los demandantes y acusadores, exigiendo respeto a la fauna local o global más pintoresca.

En España muchos prefieren no escuchar las voces graves o atipladas de la muchedumbre de picos de oro y no intervenir en su lucha por la vida. No sé si esa abstención es oportuna cuando es la asamblea de los pájaros la que decide quién decide y pudiera ser que el pájaro elegido ordenara silenciar uno u otro canto. No es probable, porque en el marjal superpoblado de gorjeos y graznidos nada hay más eficaz que el ruido para garantizar nuestra sordera. Las redes sociales emiten hasta el más lamentable de los trinos, garantizando un ruido interminable y ensordecedor, si no bastaran los medios tradicionales.

Así las cosas, ni canto, ni aplaudo. Incluso me aguanto un rechazo elemental a unos córvidos periféricos de horrísona voz que se reclaman del más bello plumaje y del nido más lustroso, del más antiguo poblador, autóctonos del más primitivo linaje, pájaros de los de antes. Buscan una distribución de aves en jaulas separadas. Pero, puestos a asumir las jaulas, prefiero las más amplias.

Los pájaros sin voz, amantes del suelo y de vuelo corto, sacudimos, sin embargo, el polvo tras nuestros pasos. Y, aunque dispuestos a emigrar acompañando anunciadas corrientes de aire, esperamos reconstruir sobre otro suelo el mismo nido familiar y atávico. Pero también sabemos defender el hueco heredado. Sin duda la patria está donde están los hijos (ubi filii, ibi patria) pero nos sabemos también hijos de los que fundaron en nosotros sus derechos. Si nos vamos es para volver y no oímos con gusto el graznido de la picaraza que quisiera echarnos del nido o ensuciarlo.

Las cotorras argentinas debieran tener derecho a convivir con el gorrión discreto que, “de prestado, sin rumbo” vive aquí hoy, y allí mañana. Pero conserva siempre su gesto casi mudo de pájaro sencillo que quiere practicar su corto vuelo – aquí o allí – sobre la misma patria. Pero no se confunda patria y jaula, porque haría falta tener espíritu de gallinácea para confundir la patria con esa jaula de barrotes jurídicos, bien contorneados, que los grandes pajareros nos tienen preparada. No cabe en la jaula “todo el polvo del mundo”, que sí cabe en nuestro pecho. El gorrión es un pájaro urbano, casi civil, pero no es ave de jaula.