La idea de territorialidad, la realidad regional española toda es variopinta, escurridiza y, hasta cierto punto, identitariamente difusa, especialmente desde que los padres de la Constitución dejaron redactado el capítulo autonómico de aquella manera, bajo el signo de una deliberada ambigüedad. Dice el artículo 147, título VIII, capítulo III, que “los Estatutos serán la norma institucional básica de cada Comunidad Autónoma y el Estado los reconocerá y amparará como parte integrante de su ordenamiento jurídico”. Para aclararlo, se especifica en la sinopsis constitucional que “el derecho propio de la Comunidad autónoma no constituye un ordenamiento jurídico independiente, sino un conjunto de normas propias de esa Comunidad, que se integran en el ordenamiento jurídico español”. Eso dice.
Es decir, que “nos encontramos ante dos subordenamientos, el estatal y el autonómico, siendo el Estatuto de Autonomía la norma que, por excelencia, los relaciona. Y que el Estatuto de Autonomía constituye la norma que engarza el ordenamiento estatal y el autonómico, pues goza de una naturaleza que podríamos denominar híbrida”. Y aquí, en el hibridismo, la excelencia estatutaria, los subordinamientos y la melé autonómica es donde está la madre del cordero del independentismo. A la España constitucional le salió un artículo impreciso, porque la condición hispánica lo es. Solo somos exactos para las vueltas del pan, pero no en los grandes asuntos de Estado, porque a sus señorías, ejercientes del Poder no precisamente por su sapiencia, ni les da, ni les dará la sesera. No les da ni para un federalismo ibérico, de tienda de Calle Mayor. Cuando íbamos ganando en democracia, con los paños calientes y otras perversiones constitucionales, se dejó una puerta entreabierta a la autodeterminación. Y ahora los corredors del foc corren que se las pelan. Hay una España sublevada siempre, que ahora están moviendo mucho los cómplices del trinque de ANC y Òmnium Cultural, porque con la crisis se les ha acabado el jamón.
Los catalanes separatistas se llevan preguntando hace varias décadas de proyecto (des)educativo pujolista si son españoles: y han creado para la ocasión la superchería, la xenofobia y el fuet soberanista. Pero esta manía no es sino una variante de la España irracional: porque en este país sin resolver, tan pronto le tocan a uno las gaitas del BNG como le espetan que los vascos tienen otro ADN –sí, así lo aseguraron en marzo investigadores de Medicina de Harvard en la revista Science–. Que en España cada uno es hijo de su padre, de su madre, y de sus pecados, eso ya lo sabíamos: pero que íbamos a alcanzar estas cotas de indigencia mental y paranoia antisocial, pocos podían pronosticarlo en 1978.
Lo han dicho el juez Marchena y los otros seis magistrados en una sólida sentencia: lo de la algarada secesionista por el asunto separatista no es rebelión –el propuesto por la Fiscalía–, sino sedición, porque “el eventual propósito independentista era una mera quimera”. Para considerarse rebelión, los magistrados aducen por unanimidad la ausencia de “violencia instrumental, funcional y pre-ordenada de forma directa”. Es decir, que para ser condenados por rebeldía, los procesados hubiesen tenido que organizarse y planificar mejor. Y no. Las penas, así, son más bajas. Los caganers ‘indepes’ se alivian el vientre en la bandera española porque siempre ha habido una escatología levantina, negra y muy visual.
Porque aquellos “que se alcen pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las leyes”, son unos sediciosos. La sedición independentista, pues, ha atentado contra la Convención de Derechos Humanos de 1951 y contra la Carta de Derechos de Lisboa de 2010, dice la sentencia. Porque no existe ninguna constitución europea que avale el derecho a decidir. El 20 de septiembre y el 1 de octubre de 2017, dicen los jueces, hubo sedición.
Junqueras, a lo Antonio Gramsci, ya lee en voz alta sus “cartas” desde la cárcel: en la primera entrega, dicha hoy nada más conocer la sentencia, asegura que la del Tribunal Supremo “no es justicia, es venganza: se han encarnizado”. Y ha añadido que “nos condena a nosotros y a todos los catalanes”. Forcadell ha dicho en Twitter con un tono evangélico que “la injusticia se ha consumado”. Han salido al quite el president Torra y el diputado Rufián para sumarse a la teoría de la vendetta del españolismo contra Cataluña. De nuevo, los demagogos toman la parte por el todo, aunque la mitad de los catalanes no quiera la independencia.
El TS no ha respondido a la solicitud formulada por el Ministerio Público de blindar el cumplimiento de las condenas, aplicando el artículo 36.2 del Código Penal, que dice que los presos no pueden obtener el tercer grado hasta que cumplan la mitad de la pena de cárcel. Así que, partir de ya, podrían gozar de un régimen de semilibertad, si la Consejería de Justicia de la Generalitat así lo estima, por cuanto, si se cumple una parte de la condena impuesta, se les aplicaría de forma automática el tercer grado. Pero el presidente Sánchez ha manifestado el deseo del Ejecutivo de que cumplan íntegramente las penas. Aún más inquietante resulta la descripción por parte de los jueces de la actitud de los Mossos, quienes “no interfirieron la emisión de votos, más allá de alguna actuación aparente y en un mínimo de centros, y desistían de su objetivo”.
Mal que les pese a los hispanófobos, España también es el Tsunami Democràtic, que es variante berroqueña del caganer, del acto de exonerar el vientre y aliviarse en una carretera. Como hacía la “meona” de Ada Colau en la Gran Vía de Murcia, directora de comunicación de la alcaldesa y estrella del porno de orinal y lluvia fina, allá por 2015. Enumeremos más endriagos: “Tractoradas” en Reus, una mujer que agita la bandera española arrojada al suelo de un puñetazo, en las Tierras del Ebro las gentes se han echado a la calle, carreteras cortadas en Figueras, Cambrils y Vic, barricadas y fuego en las vías del tren. En la mitología clásica, la quimera era el monstruo imaginario que vomitaba llamas y tenía la cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. La que se manifiesta es la España quimérica y confusa, la de Quevedo, Goya y Gutiérrez-Solana. La que apoyó el regreso de Fernando VII al grito de “vivan las caenas”. La antiilustrada. La guerracivilista. La inventada. La de siempre, señoría.
Lo constitutivo del problema catalán es eso: ser un problema, que diría Azaña. España sigue dando muchas quimeras, como la “indepe”.