Opinión

El testamento final y eufórico de Peter Brook

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Diego Medrano | Martes 15 de octubre de 2019

Asistí al estreno, en silla de pista, de “Why?”, obra última de Peter Brook firmada junto a Marie-Hélène Estienne, organizado por la Fundación Princesa de Asturias en Oviedo con motivo de sus Premios. Lo que un día soñó el periodista Graciano García (Fundación Príncipe de Asturias, hoy Princesa) no puede ser hoy motivo de mayor orgullo y fuego vivo sin relente: la puesta en relieve del mérito allá donde éste se produzca pero también dichos galardones como compañía indispensable para el aliento creador, esperanza y ninguna espera frente a posibles deserciones, abatimientos o requiebros. El personal de la Fundación Princesa de Asturias se entrega al límite en cada acto previsto (atención, organización, disponibilidad) sin ser guardianes de la cultura cuanto sus ángeles custodios más entusiastas: la cultura a disposición de todos, fuera de burladero y al aire libre y común. Nos rompemos desde aquí las manos en el aplauso por tan noble labor.

El último Brook tiene mucho de testamento final. Solo tres actores (Hayley Carmichael, Kathryn Hunter, Marcello Magni) y un acompañamiento al piano imprescindible (Laurie Blundell). Vestidos de negro, sobrios, apenas escenografía, solo tres sillas y un trabajo corporal, la magia de la palabra hablada, a veces leída, donde el sudor desde el patio de butacas se huele con la cercanía del miedo físico. Brook reflexiona sobre por qué hacer hoy teatro, al mismo tiempo que nos mete en los mártires del mismo, la Rusia de Meyerhold y Mayakovski durante los años treinta. El autor, que no es dramaturgo y pocos se han enterado, cuanto director, escenógrafo, revolucionario de la escena, se bate de manera subliminar contra Shakespeare gracias a los anteriores vértices mencionados (los rusos). Huye, a su manera, del teatro declamatorio, planificado, pomposo, y busca un teatro vivido, improvisado, donde el autor sienta lo que hace y lo transmita del modo más directo posible, ajeno pesos y medidas.

Su concepción del “espacio vacío” –se menciona, como guiño breve, en “Why?”- es alguien mientras señala a la luna con el dedo y siente entonces el espacio libre entre dedo y luna como territorio para sus infinitas posibilidades. No lo dice, no lo confiesa, no lo explicita, pero persigue Peter Brook un teatro sin texto ni doma ni dogal. Se desata en la obra mientras explica el teatro como “consuelo del borracho o del poeta”, breves alusiones religiosas liminares, pocas las bromas imaginadas por el auditorio, dada su condición judía de la que jamás huyó, mientras todo el viaje (también Stanislavski de por medio) lo es del cuerpo. Piensa el cuerpo y ocia la mente bajo sus actores derretidos en el fuego de la vocación absoluta e inclemente. Bromas escénicas, el medro sobre las tablas con una sola frase en ocasiones, digresiones en linde o choque con la trama rusa antes anunciada donde (no siempre de modo frontal) se trata, a título de poética, la unión convulsa entre escena y revolución, teatro y política, muerte irracional y vida injusta debido a las felonías del triunfo revolucionario (Meyerhold y esposa). El teatro va en serio, la vida también: no solo el peligro físico sino la amenaza del mismo resplandecen en cada obra de Brook como titilan lejos los astros.

“Why?” es humor finito en tragedia, viaje emocional y no cerebral, jamás doctrinario, dogmático ni volcado en demasía sobre letra impresa. Busca la complicidad del actor por encima de la obra y de sus propias previsiones. El teatro como “arma peligrosa” y no siempre pacto con el público (atrás quedan en el recuerdo sus obras de espaldas al mismo y otros gestos). Esa es la gran enseñanza que él toma de la dramaturgia francesa (Jean-Louis Barrault por medio): el teatro ha de ser útil; eso es cuanto le hace alejarse de su propia tierra (teatro inglés) donde lo declamatorio, canónico, envarado sostiene muchas arquitecturas sin diálogo o ruptura con ese mismo corpus anterior. Lo útil tiene que ser necesario (le enseña el París de los 70) y no hay una tradición única: alusiones encendidas en “Why?” al teatro japonés cuando su sed de conocimientos es dominio pleno, por ejemplo, del teatro africano o nigeriano, inmediatamente seguidos en el tiempo al periodo francés e igual de arrobados, vivos y originales.

Todo Brook –también en “Why?”- es investigación sobre la representación, sobre la actuación, y ningún cimiento sólido o pared maestra que no pueda derribarse a costa de la misma. Arte de la vida (aquel célebre Marat/Sade en un manicomio) donde ésta última va por encima. Sus tres actores hicieron un poco lo que les dio la gana en el espacio fabuloso de unas ruinas (antigua fábrica de armas) en Oviedo, siempre notoria esa otra querencia (no querulancia) del autor por las naves o espacios deshabitados. Peter Brook es un clásico, nonagenario y rebelde, cuyo arte implica óptica de porvenir, con escasos fatalismos, empleados si acaso para contarnos lo más negro de nuestro ayer (el genocidio cometido contra Meyerhold debido a su disidencia). No es mal método: uno se levanta así de la butaca con más ganas de hacer algo por el prójimo. Enhorabuena al Premio de las Artes Princesa de Asturias 2019. Galardones –en todas sus disciplinas y rangos- imprescindibles para España, reconocidos internacionalmente por su puntería –tantas veces antesala del Nobel- y jamás lastrados por ideología o sectarismo alguno (rojos, azules y amarillos ganaron el premio cuando tocó). Dijo Graciano García, profundo obseso textual, en alguna ocasión: “Los premios, como don Quijote, vinieron a hacer el bien a todos y el mal a nadie”. Amén.