Corría el año 1970. Yo estaba empezando mi carrera periodística en Moscú, pero mi padre, Eusebio Cimorra, ya era un famoso periodista y locutor de la “Radio Moscú”, que emitía sus programas en castellano para España y América Latina.
Cimorra empezó su carrera radiofónica en Moscú, en 1940, viviendo en la capital soviética como un exiliado, después de haber finalizada la Guerra Civil española, durante la cual él dirigía el periódico “Mundo Obrero”, el órgano oficial del Partido Comunista de España.
Como es obvio, cualquier tema relacionado con España tenía interés prioritario para la Redacción Española y no escapaba del ojo vigilante de sus corresponsales y redactores. Y fue entonces, cuando un día, mi padre me estaba comentando que había tenido un encuentro con Juan de Ávalos, creador del conjunto escultórico del monumento del “Valle de los Caídos”, construido en cercanías de Madrid, bajo la idea y supervisión del propio jefe del estado español, generalísimo Francisco Franco.
Me impresionó mucho aquella visita de un representante del país, con que la URSS no tenía relaciones diplomáticas y al que consideraba una dictadura sanguinaria y “fascista”. Y, más aún, que el visitante era una persona estrechamente ligada al dictador.
Resultó que Juan de Ávalos fue invitado a Moscú con motivo de su nombramiento como miembro de honor de la Academia Soviética de las Artes. ¿Y cómo fue posible que uno de los creadores del monumento tan “franquista” – como lo pintaba toda la izquierda española, europea y mundial – fue invitado por las autoridades artísticas de un país al que se consideraba la vanguardia del comunismo y el ejemplo a seguir para toda la izquierda planetaria?
Sin duda alguna, las autoridades culturales soviéticas no simpatizaban nada con el régimen franquista y, por supuesto, a su invitado no consideraban “franquista”, ni mucho menos. De otra manera difícilmente el escultor español hubiera entrado en la Unión Soviética y, más aún, para formar parte de uno de los organismos del arte oficial, no había otros entonces, como la Academia de las Artes.
Además, otras autoridades, las “competentes”, las de la KGB, seguramente tenían en su dossier sobre el escultor un currículum que reflejaba su pasado republicano, la militancia en el PSOE, las persecuciones por el régimen franquista, su exilio en Portugal y otros detalles de su biografía que difícilmente le acreditaban como un “franquista”.
Por tanto, evidentemente, a Juan de Ávalos, en la URSS, le consideraban como una persona “progresista”, el autor de un monumento dedicado a todos los caídos en la Guerra Civil Española, sin diferencia de bandos y siglas políticas. Un monumento a la reconciliación, en lo que las autoridades soviéticas veían una señal del “debilitamiento” del régimen franquista, que, a todas luces, empezaba a ceder en su doctrina vencedora-triunfalista. Y el propio escultor, que había contribuido enormemente a que dicho monumento se hiciese realidad, tenía ante los ojos de los soviéticos un mérito excepcional. Por ello tanto le apreciaban y elogiaban, al haber creado el Monumento no al “Franquismo”, sino a la “Reconciliación” nacional.
El propio Juan de Ávalos explicaba a mi padre y a sus colegas soviéticos que él de “franquista” no tenía nada, tal y como lo pintaban los comunistas y la izquierda española en general. Que cuando a su regreso del exilio en Portugal, de repente le llamaron del palacio del Pardo, residencia de Franco, él hasta tenía cierto miedo. Pero, Franco le propuso diseñar todo el conjunto escultórico de un monumento a los caídos en la Guerra Civil, caídos por ambos bandos, “sin vencederos ni vencidos”. Resultaba, que fue un proyecto que el general estaba ideando y realizando, paso a paso, desde el año 40, recién terminada la guerra civil. Como arquitecto de la futura obra Franco escogió a Pedro Muguruza.
La idea de la ambientación, de la decoración y del adorno del monumento – tal como lo comentaba el caudillo a Juan de Ávalos – no tenía que llevar motivos de las victorias militares, ni menciones a las batallas, ningún detalle concreto de la guerra. Todo tenía que representar motivos de la penitencia, del perdón, de igualdad de todos ante la muerte. Y culminarse el monumento con una enorme cruz, como un símbolo del sacrificio de la vida por la vida.
Le gustó la idea al escultor y él aceptó llevarla a la práctica. Desde aquella entrevista Juan de Ávalos nunca más había vuelto a ver Franco. “¿Qué franquista soy? Soy un artista, la idea de la reconciliación me entusiasmó y estoy orgulloso de haberla dedicado todo mi potencial creativo”.
Durante su visita a la URSS, el escultor español se encontró con su famoso colega “monumentalista” soviético, Evgueni Vutechich, el autor de numerosas obras – monumentos, que glorificaban otro régimen, el soviético. Éste quiso enseñarle a su colega español su obra, la que él consideraba la más importante de las que había creado, un colosal complejo arquitectónico y escultórico, levantado en la ciudad de Volgogrado (antes Stalingrado) en memoria a los soldados rusos caídos en la histórica batalla de Stalingrado, defendiendo la ciudad de los ataques de las tropas hitlerianas durante la Gran Guerra Patria soviética (la Segunda Guerra Mundial). (Curiosamente la construcción de este “memorial” empezó en 1957, cuando la obra del escultor español estaba a punto de terminarse).
En aquella batalla, la más cruel y sangrienta de toda la guerra, habían caído cientos de miles de soldados del Ejército Rojo. Y no menos del ejército alemán. La victoria rusa en aquella batalla había sido crucial para la derrota final de la Alemania nazi y del régimen fascista. Pero el precio en vidas humanas de la victoria, y de la derrota también, resultó “monumental”. ¿Estaba justificado?
Cuando ves esta obra escultórica de Vutechich, se notan en ella unos claros motivos de la idea de la reconciliación, la reconciliación universal, contra las guerras en sí, para que ninguna madre en la Tierra tuviera que mandar jamás a sus hijos a matar a los hijos de otras madres. Por ello, en el centro del gigantesco monumento Vutechich había situado la figura solitaria de “la Madre Patria” que culmina una colina llamada “Mamaev Kurgan” (Colina de Mamay,), un lugar en el que durante la defensa de Stalingrado se había librado una de las la batallas más encarnizadas de toda la guerra y, especialmente, en esta estratégica colina desde la cual se abre el panorama a toda la ciudad de Volgogrado (Stalingrado) lo que, desde el punto de vista militar, tenía un valor muy específico, el valor de la victoria. Los soldados rusos no dejaron a los alemanes conquistar dicha cumbre.
Una figura femenina domina ahora todo este espacio de paz, una figura algo alegórica – parecida a la de Niké – con las manos levantadas a lo ancho, con la derecha sujetando una enorme espada, y con la otra como llamando la atención. Impresionan las dimensiones de la figura: 58 metros de alto, 82 metros hasta la punta de la espada – la propia espada mide 27 metros –, 8.000 toneladas de peso, hecha toda de hormigón, menos la espada que es de acero.
El nombre exacto, tal como lo había puesto el autor, es “La Madre Patria llama”. ¿A qué y a quién está llamando esta Madre con la espada en la mano, en lugar de abrazando a un niño?
La versión oficial y más difundida es que está llamando a defender la Patria contra el enemigo invasor. Puede que sí. Pero cuando uno ve esta gigantesca, pero, al mismo tiempo, frágil figura femenina, en esta colina que resultó ser la tumba para muchos, muchísimos “hijos”, le viene la sensación de que es muy probable que a lo que ella esté llamando es a que dejáramos de matar, quitándonos, como una madre, el arma letal y peligrosa: el escultor había dado intencionadamente a dicha espada unas dimensiones tan enormes y desproporcionados para resaltar la sensación de peligro y temor ante la espada, el símbolo de la muerte.
No, no parece que llamara a la guerra esta figura femenina en lo alto de la colina, casi a punto de volar en su ligera túnica. Mucho más se parece al ángel guardián del sueño eterno de los que yacen a pie de la colina. En verdad, cuando ves esta colina desde una distancia, en cuya cumbre se erige el colosal sepulcro – museo, ésta se parece más no a una formación tectónica natural terrestre, sino más bien se asemeja a una tumba común, un cúmulo de cuerpos sin vida amontonados y cubiertos con esta tierra estalingradense, empapada de sangre y abonada por la guerra con la pólvora y el plomo.
Creo, que tampoco fue casual que el propio escultor, que había creado esta colosal imagen femenina, dominando todo el panorama a su alrededor, diera a ésta el nombre inacabado de: “La Madre Patria llama…”. ¿A qué llama? ¿Quizá fuera un truco para engañar a la censura, muy celosa entonces en la defensa de los valores patrióticos soviéticos?
He visto numerosas obras pictóricas y escultóricas, incluso del propio Vutechich, que sin duda alguna, sí, glorificaban la “Victoria” soviética sobre la Alemania nazi, con las figuras de unos soldados firmes, valientes, majestuosos, con las banderas triunfales, con metralletas y fusiles apuntando al enemigo y no una débil mujer con el arma de las cruzadas. Eran unos símbolos totalmente distintos. En “La Madre Patria” de Vutechich, a mi parecer, no hay ni una señal de esta gloria victoriosa y patriótica. Menos el propio nombre: “Madre –Patria –…”.
Como igual, en el monumental conjunto arquitectónico y artístico del “Valle de los Caídos”, dedicado a otra guerra, la civil, entre los propios españoles, no haya ningún elemento que simbolizara una vitoria de unos sobre otros. ¡Sólo penitencia, sólo perdón, sólo reconciliación!
La semejanza de estas dos obras, dedicadas a la reconciliación, incluso se manifiesta en algunos detalles escultóricos como si fueran copiados por un maestro al otro. Por ejemplo, la estatua de “La Piedad” en la fachada principal del “Valle de los Caídos” es enormemente parecida a la figura de la mujer que sostiene el cuerpo de un “soldado caído”, en el monumento de la “Madre Patria llama”.
No podía entonces, en 1970, el creador del “Valle de los Caídos”, imaginar, viendo en la URSS una obra parecida a la suya, que también llamaba a la reconciliación, que 49 años más tarde, “unos” decidieran romper esta conciliación, plasmada por el pueblo español en la constitución del 1978, la Constitución de Reconciliación, “profanando” en el Valle de los Caídos la tumba del artífice del Monumento a la Conciliación y del mismo espíritu de la Conciliación Nacional. Los monumentos están para recordar la Historia, no para trucarla.
Boris Cimorra, periodista y escritor hispano-ruso.
Madrid, en vísperas de una inminente exhumación del cuerpo de Francisco Franco de la basílica del Valle de los Caídos.