Opinión

La política vasca o el día de la marmota

EL IMPARCIAL | Domingo 10 de agosto de 2008
En un escenario mediático propio de verano, la escena política vasca se repite una y otra vez, imitándose a sí misma, en un interminable ciclo de reposiciones del mismo capítulo. Como cada año, la izquierda abertzale se manifestó el sábado en San Sebastián en contra del “estado de excepción” que supone el “acoso” contra su entorno en general y De Juana Chaos en particular, tiñendo de política el comienzo de las fiestas donostiarras. Días antes, miembros del cuatripartito –Aralar, PNV, EB y EA- se personaban en el Tribunal Constitucional para presentar sus alegaciones contra el recurso que el Gobierno ha interpuesto a la consulta de Ibarretxe. Mostrando una tozudez rayana en el ridículo, los grupos nacionalistas y el ala vasca de Izquierda Unida, comandada por el inefable Javier Madrazo, parecen más preocupados por centrar todos sus esfuerzos en una obstinada defensa de una consulta de forma inconsistente y fondo inquietante, que en buscar soluciones a los problemas reales de los ciudadanos para los que, al fin y al cabo, gobiernan.

Lo cierto es que, enrocados en un cómodo victimismo, las fuerzas nacionalistas están más interesadas en sacar réditos políticos de la confrontación constante con el enemigo totémico, que en buscar soluciones reales que acaben de una vez por todas con la brecha social que insisten en agrandar. Lamentablemente, los nacionalistas no buscan la consecución de un nuevo marco para el País Vasco. Ni siquiera la ampliación de las competencias autonómicas o un nuevo estatus jurídico. Lo que buscan es la pura fragmentación social, el problema continuo y la confrontación eterna. Insisten, porque en un escenario de tranquilidad, sin un enemigo frente al que aunar fuerzas, las reivindicaciones de un nacionalismo anacrónico y ombliguista se acabarían diluyendo en el seno de una sociedad pluralista, abierta y, sobre todo, una sociedad libre del terror -que impone una organización de asesinos en serie y una parte significativa de sus políticos, cuando no justifica, al menos comprende y explica. Porque todos lo sabemos. También los nacionalistas saben que el País Vasco es el único lugar de Europa Occidental carente de libertad, donde, desde hace ya décadas, hay votaciones pero no elecciones: no pude haber libertad para elegir cuando los candidatos de la oposición tienen que acudir escoltados a las urnas para no ser masacrados. Ese es el verdadero estado de excepción.

Mientras, los ciudadanos vascos se preocupan por vivir tratando de solventar sus problemas cotidianos –inmersos en una crisis económica- en el marco de una sociedad democrática y avanzada, las fuerzas nacionalistas se ensimisman en un insano mundo virtual de enemigos imaginados, melancólicas nostalgias de una realidad que nunca existió y sueños de un futuro imposible. Inmersa en su particular Día de la Marmota, lo único que cambia en la política vasca son las caras y los nombres, que toman el relevo de los viejos líderes para seguir recitando las mismas cosas y actuando de la misma forma. No esperemos que el punto y final de la función lo traigan unos políticos faltos de sentido de la responsabilidad e incapaces de un arranque de rebelión moral contra la dictadura de las pistolas. Pero confiemos en que, algún día, la sociedad vasca muestre su repugnancia radical en las urnas frente a unos asesinos que los oprimen y unos políticos que los avergüenzan.

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