Eugenio Bregolat | Domingo 10 de agosto de 2008
Los Juegos Olímpicos de Pekín lanzan, urbi et orbe, el mensaje del éxito de China en su gran asignatura pendiente: la modernización económica. En treinta años ha multiplicado su PIB por diez, en lo que ha sido el proceso de desarrollo más espectacular de la historia universal. Y ello, nunca hay que olvidarlo, en un país de 1.300 millones de habitantes.
Estos días no se deja de recordar que, junto a las luces, persisten las sombras: el encaje del Tibet en la República Popular, los derechos humanos, la pendiente reforma política, o la ecología, entre otras. Los críticos de China utilizan, tanto como el propio Gobierno chino, el impacto mediático único de los Juegos para promocionar sus causas.
Nadie puede negar que el nivel de respeto de los derechos humanos en China está por debajo del de los países avanzados de Europa o Norteamérica. Esto es verdad, pero no es “toda la verdad”. Esta última exige que junto a las obvias carencias, se mencionen los no menos evidentes progresos registrados desde el inicio de la reforma económica, en 1978. A diferencia de entonces, hoy los chinos disfrutan de un amplio margen de libertad individual: pueden decidir donde viven y trabajan (con la flexibilización del permiso de residencia), crear empresas y controlar el capital acumulado, viajar dentro y fuera del país, decidir donde educan a sus hijos, disponer de teléfono móvil e internet. Todo ello basado en el progreso económico: más de 500 millones de personas han salido de la pobreza (1 dólar al día), con grandes mejoras en alimentación, vivienda, sanidad y educación; o lo que es lo mismo, en dignidad para el ser humano. Nunca tanta gente había salido de la pobreza en país alguno en tan corto espacio de tiempo. Zhu Rongji, el formidable ex-Primer Ministro chino, recogió las dos caras de la moneda en una frase irreprochable: “A China le queda mucho por hacer en el terreno de los derechos humanos, pero la situación de los derechos humanos en China nunca ha sido mejor que ahora”.
Bien está que los organismos internacionales o las ONG pongan de relieve los deficits de China en la materia, pero, más que sus críticas, lo que impulsa hoy el progreso de los derechos humanos en China es la propia política económica del Gobierno chino, con sus inevitables consecuencias sociales, psicológicas y políticas: nuevas clases sociales, cientos de millones de teléfonos móviles y de internautas, cientos de miles de estudiantes en el extranjero, docenas de millones de turistas que van y vienen, etc. El reciente terremoto de Sichuan ha iluminado los cambios políticos que se están produciendo: si antes este tipo de desastres naturales se silenciaban, en esta ocasión los máximos dirigentes comparecieron de inmediato ante los medios de comunicación y sobre el terreno (sencillamente porque los móviles e internet impiden ya la desinformación). Las nuevas clases ricas y medias se han movilizado en un gran esfuerzo de solidaridad, cosa imposible cuando no había riqueza alguna en bolsillos privados.
Para entender lo que es la China de hoy aconsejo el viaje a Corea del Norte, país en el que estuve acreditado como primer Embajador de España. Así era China treinta años atrás. Hoy Pekín o Shanghai se parecen mucho más a Madrid o a Nueva York que a Pyongyang. Una mirada a Corea del Sur es también interesante: recuérdese como los Juegos Olímpicos de Seúl aceleraron su democratización.
La política de reforma económica y apertura al exterior ha tenido dos hitos básicos: su lanzamiento, por Deng Xiaoping, en 1978, y el ingreso de China en la OMC, en 2001. Los Juegos Olímpicos y la Expo de Shanghai, en 2010, son otros tantos, que van a contribuir a la integración de la emergente gran potencia en el mundo de forma armoniosa. Conseguirlo es decisivo para que el siglo que comienza sea un siglo pacífico, evitando los horrores del siglo pasado –de los que China fue una de las principales víctimas. La estrategia de cooperación con China, concretada en la aceptación de China en la OMS, en la concesión de los Juegos Olímpicos a Pekín o de la Expo a Shanghai, así como en los amplios intercambios económicos, culturales y humanos, es el camino correcto. Los Juegos serán, en definitiva, un importante paso más en la integración pacífica de China en la comunidad internacional.
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