Opinión

La inteligencia de Karmelo C. Iribarren

TRIBUNA

Miguel Ángel Gómez | Lunes 21 de octubre de 2019

Sueño: voy a visitar a Raymon Chandler, hablamos de su poesía menos conocida y me esfuerzo por tomar apuntes de una época que no es la nuestra: “Cuando las sombras ya no velan la muda ciudad, / y por el camino de las persecuciones no van fantasmas […]” Me habla de unos años laboriosos, perseverantes, ingeniosos o de cuando se alistó en un regimiento canadiense y fue enviado a un centro de reclutamiento en Liverpool, y de ahí al frente. “En literatura hay que arrastrarse contra el borde de la trinchera, descompuesto por el estruendo”, me dice en sueños. Despierto para volver a la vida y sumergirme en la escritura. En la lejanía del mundo, voy al café y me meto en él como un animal en el fondo de un pozo y leo, por unos momentos, la poesía completa de Karmelo C. Iribarren (Donosti, 1959) editada por Visor. Sus poemas nos aportan siempre cosas novedosas.

El último Karmelo escribe sin dejar escapar puntos en el telar, nos ofrece clavos ardiendo a los que agarrarnos si estamos ahogándonos. No quiere que el poema se convierta en una carga y sabe que parte de su trabajo procede del inconsciente, eso le da confianza, le afirma en el escenario de la vida. Aspira a mirar más allá de la ventana, a estar en un bar en la plaza de la ciudad, a hojear un libro del estante de la sección de poesía, a querer un optimismo pero no continuamente. Nos recuerda lo elocuentemente misterioso, es un poeta que tiene fuerza. El prólogo de Pedro Simón lo anticipa: “Karmelo C. Iribarren creció escribiendo poemas que nadie leía, andando caminos que nadie recorría”. Su nuevo camino es épico. Abro esta nueva edición de casi setecientas páginas que nos muestran que por mucho que corramos, los fantasmas nos persiguen como un águila domesticada. El poeta donostiarra nos cuenta sus historias, nos da la sensación de estar soñando algo que ya hemos soñado. En el poema “La leve sombra”, de su primer libro, La condición urbana (1995), nos dice: “La leve sombra que proyectas / sobre la sábana recién inaugurada / es un país tranquilo, acogedor, / donde se hospeda / -por pura complacencia- / toda la luz del mundo”. Iribarren es un poeta grande, obedece a su imaginación, ha ido creciendo aprisionado en su cárcel de sueños, ya está dicho, escribe sin que le corten el camino hacia la inteligencia. Le gusta reescribir poemas, los jóvenes le leen una y otra vez como en una especie de ritual bárbaro. Cada año se hacen hogueras enormes con lo que se guarda en las buhardillas de la gente, pero Karmelo C. Iribarren se salva de la quema. En este volumen completo encontramos poemas como el de “Los gatos”: “Nos miran, / nos observan, / nos escrutan. / Llevan / miles de años / haciéndolo. / Y siguen / marcando / las distancias”.

Hay poetas con posibilidades infinitas de experiencia y otros que aman las paredes iluminadas con un mortecino resplandor aterciopelado y el suelo reluciente como si estuviera pulido y abrillantado cada mañana. Karmelo C. Iribarren parece ser de los primeros, simpatiza con su búsqueda, con su caos que no trata de organizar. Un ejemplo es “Esta, aquella, todas las lluvias”: “La lluvia pega un acelerón / en su cadencia de caída / y me devuelve al día de hoy: / Déjate de infancias y mírame / a mí, que soy de verdad”. La lluvia vivaz, inteligente, viene especialmente fragante en ocasiones, otras veces tiene tranquilidad y sosiego: “Esa lluvia / tranquila / terca / suave / y esta memoria / mía / pero tantas veces / contra mí”, dice en “Conspiración” perteneciente a Otra ciudad, otra vida (2011). Siempre es la misma lluvia y siempre distinta, caso del poema “La lluvia”, del libro Haciendo planes (2016): “Me llega, / lejano, / el sonido de la lluvia. / A veces, / eleva un poco el tono, / como si se acercase. / Luego, enseguida, / vuelve a bajar la voz”. Esta recopilación (1993-2018) la leemos como un libro nuevo con impulsos no calculados. Sin ellos no podía haber sido escrita. Muchos de los poemas de Serie B (1998) y Desde el fondo de la barra (1999) nos advierten de algo, como en “Malos tiempos”: “Ándate con cuidado, / que no se entere nadie / de que lo pasas bien, / que tu vida funciona, y eres feliz a ratos”. De personal manera nos recalca que estamos esperando que suceda algo entre días iguales: “Uno siempre espera / que suceda algo, / que algo bueno suceda, / algo que le dé un giro brusco, / un empujón, / o un bandazo / de suerte a su vida”, el poema “Supervivencia” es un buen ejemplo de ello.

Al Premio Euskadi de Literatura, Karmelo C. Iribarren, le basta con una mirada para escribir un poema, sabe que “hemos de estar preparados para lo peor y disfrutar de lo bueno”, como nos dice en “La fórmula”. Es imposible que sus poemas resulten artificiales, insinceros o emocionalmente deshonestos así como no admirar su capacidad de síntesis: “Todo cambia / y todo puede pasar. / Todo. / También / -como sucede casi siempre-, / absolutamente nada”, escribe en “Seguro que esta historia te suena”. Trae la verdad que vuelve a despertar nuestra rebelión. Karmelo, la reflexión que no ha sido muy manoseada, soltándole las riendas al humor. La consistencia de sus obras reside en su visión de sí mismo, es un analista que tiene todo el tiempo del mundo y una paciencia interminable.

Tipo duro rompiendo las amarras, haciendo algo asombroso. “Perdí mi trabajo defendiendo / lo que le pasa al corazón”, dicen unos versos de Leonard Cohen que cito mucho porque para esto también se necesitan agallas. Y exactamente este tipo de agallas. Karmelo C. Iribarren defiende el orgullo y lo humilde, poniendo sus poemas en la caja fuerte del banco del lector.