La semana empezó sabrosona: los radicalizados independentistas catalanes asediaban la Universidad Pompeu Fabra (puro paté catalán) prohibiendo las clases entre pasamontañas. Días más tarde, la hoguera pasa a la Autónoma. Los bártulos y acampadas son trasladados de Vía Laietana y Plaza de la Universidad a la Gran Vía. Las ratas crecen, contagia su discurso al primer mordisco. Los rectores aplauden a los detenidos, a los radicales, porque la universidad es empresa y, sin subvenciones de los de arriba, no cobra ni el bedel. Universidad pública y privada igual de degradada, ideología de camiseta al poder, el rédito en vilo de mantener la tensión siempre en la calle, cronificar los disturbios como una forma de mantener la atención mediática. Lo que nadie esperaba es que ciertos sectores (la CUP de derechas, la gente de orden de los mismos radicales) se solidarizara con la unión entre Mossos y Policía.
Junts per Catalunya, por ejemplo, reúne en sus filas a muchos de los que hablaban en tiempos anteriores de “Orden frente a las hordas rojas”. La pérdida de derechos individuales y colectivos en Cataluña es constante pero lo más grave es la actual mecha universitaria: todo lo grande que se hizo en California en los sesenta nació en un garaje –dice mucho Miguel Ángel Aguilar- y todo lo rebelde que consiguió algo desde la ley en el tiempo nació con los disturbios universitarios (Mayo del 68, estudiantes contra los grises en Transición, etc). La grey universitaria con su huelga indefinida, con su derecho a la protesta, con sus piquetes repartidores de fuego a domicilio y que a golpe de navaja cortan calles o accesos, es rentable. Eta próxima semana, con la entrega de los premios Princesa de Girona y la visita del Rey, es crucial mantener el horno caliente. Hay que seguir con el mantra: la policía son fuerzas de ocupación, más propaganda y cóctel molotov, separatismo de callejón sin salida y tren hacia el abismo porque Torra tiene los días contados en el pescante.
Sabemos ya las cifras de la semanita: 289 heridos en 9 días, 269 vehículos dañados sin coste penal y, cuidadito, sí, con alterar el proceso electoral, porque puede haber hasta doce meses de cárcel según el Código Penal, cuando Tsunami Democrático ya dice que no respetará jornada de reflexión alguna. Dos mil cargos electos piden la dimisión de Buch, otra realidad súbita e inesperada, porque mucha gente está más que harta de los mismos en su tozudez. Miremos a los trenes, con mucho café solo como Cortázar y música de jazz en los cascos: ochenta incidencias diarias, ya gastados un millón de euros en una violencia ilegal, con mucho grito azul de seguir en la mani y cargarse a los nyordos. Los universitarios ciegos hablan de mordaza, Torra utiliza a los más débiles, esa mecha encendida traerá bombas, es garantía de bomba, el caso es encenderla y sentarse a esperar. Los tres cuerpos policiales catalanes ya están con el Rey a muerte, sin fisuras, y por mucho que corten la fibra óptica de las líneas férreas (impidiendo casi cuatrocientos mil desplazamientos diarios), no hay mayor rebelión que la de querer una vida normal que otros impiden.
Los estudiantes claman por su derecho a la desobediencia civil, a la protesta, a la huelga y a la manifestación. Sin saber lo principal: el ridículo hecho por medio del matonismo. Fuera de la ley, fuera de la democracia, toda rebeldía nos ataca a todos, es imposible conseguir simpatizantes o que nos hagan caso a lo nuestro. Fin de la ecuación: el independentismo no radical ya no quiere independentismo o ese calor y perfume a hostias vivas y sueltas. Se cierran webs, llega la represión digital, según los entusiastas, agentes de paisano velan por el delito, la semana próxima los que hoy son héroes por dormir en la Gran Vía con la cabeza encima del adoquín, mañana torticolis y tufo evidenciará su infantilismo. Nadie está con los que piden diez horas de jaleo diario. Las injurias a la policía (“perros rabiosos de mierda”) soliviantan a los más sabios. Esta rebelión, por tales medios, es una estafa. No hay ninguna idea, no hay palabras venenosas, destrozar una farola o la terraza de un bar jamás será política ni voto firme.
La acampada indefinida pide ya urnas para recolectar dinero porque encima del adoquín es bueno poner una tortilla de patatas. La llegada de Felipe VI será el espejo que todos los catalanes quieren ver: cualquier modelo de estado es posible por vía democrática, pero la gamberrada o los palos, impiden eso mismo, la garantía crucial del Derecho. “¿Vais a robarme la cartera, a violarme, a mandarme al hospital, por la causa independentista?”, preguntan algunas viejecitas encorajinadas con la nariz pegada a la de los bárbaros. Se encogen, son cada vez menos, el sueño universitario será pesadilla. Emplear a chavales de matones o mano de obra barata es completa vileza. Asco.