Opinión

La “Perestroyka” y el Muro de Berlín

TRIBUNA

Boris Cimorra | Lunes 04 de noviembre de 2019

Aparentemente, nada presagiaba aquel día 7 de octubre de 1989, cuando se celebraba con toda la pompa el 40 aniversario de la creación de la República Democrática Alemana, que sólo un mes después habría caído el Muro de Berlín, el que, físicamente, separaba a las dos Alemanias y, simbólicamente, a los dos mundos: el totalitario comunista y el libre democrático.

El propio líder reformista de la URSS, Mijail Gorbachiov, acudió a los festejos, saludando y abrazando al también llegado de Moscú, después de una intervención quirúrgica en la clínica especializada VIP del Kremlin, el líder del Partido Socialista Unificado Alemán (PSUA), en el poder en la RDA, y Jefe del Estado, Erich Honecker.

Tanto Honecker como Gorbachiov, ante la presencia de la cúpula del Partido y de los más altos dirigentes del país, en compañía de las delegaciones de los países socialistas hermanos y de los movimientos comunistas de todo el mundo, pronunciaron sus respectivos discursos.

Erich Honecker en su largo discurso resaltaba los éxitos de su país, debidos a las maravillas del sistema socialista y a las magníficas relaciones con la Unión Soviética y con los otros países socialistas.

Mijail Gorbachiov, en su más corta intervención, felicitaba a la RDA, al PSUA y, personalmente, a su máximo dirigente, Erich Honecker, con los grandes éxitos conseguidos en los 40 años en la construcción del socialismo en la tierra alemana.

Todos los presentes aplaudieron con fervor y entusiasmo las intervenciones del anfitrión y del principal invitado. ¡Qué inquebrantable amistad fraternal entre la RDA y la URSS! ¡Viva, viva, viva…!

Por la noche, el festejo se trasladó a la principal calle del Berlín Oriental, donde los invitados pudieron contemplar una impecable, desde el punto de vista artístico y de organización, la procesión de antorchas. Posteriormente he visto esta parte de la celebración en una crónica televisiva y aquel “desfile de las llamas” me pareció igual de impresionante que las “procesiones luminosas” que organizaban los nazis durante sus festejos en la época hitleriana.

En fin, un gran triunfo del socialismo alemán y de la indestructible hermandad del bloque socialista con el Gran Hermano, la Unión Soviética, a la cabeza.

Entonces, ¿por qué, sólo un mes después, ocurrió lo que todos sabemos: la caída del Muro de Berlín y el comienzo de la caída de todo el Bloque Socialista? ¿Fue una ficción aquella fiesta del socialismo alemán y de la unidad del Bloque?

En cierto modo, sí. Resultó ser el último festejo de este tipo, ya que dentro del Bloque Socialista soplaban con fuerza, y cada vez más, los vientos del cambio, procedentes de la propia Unión Soviética, hasta hace poco el guardián de la ortodoxia socialista y del inmovilismo político. De la misma Unión Soviética que en 1953 aplastó las revueltas populares en la RDA, en 1956 en Hungría, en 1968 en Checoslovaquia.

Pero ahora, justo el “guardián” estaba metido en unos cambios políticos e ideológicos de gran calado, que habían cogido desprevenidos a los líderes de los países socialistas, acostumbrados hasta ahora a seguir la línea inmovilista del Gran Hermano soviético que suponía la represión de cualquier oposición al dictatorial régimen socialista en cualquier país del Bloque.

Ahora el Gran Hermano Gorbachiov estaba proclamando la libertad de expresión (la “glasnost”); la tolerancia a la crítica; las elecciones libres con la participación de diferentes partidos y movimientos políticos, privando de la hegemonía política al partido comunista; la descentralización del planificado sistema socialista, abriendo paso a la iniciativa privada y hasta a la propiedad privada.

Todo esto sonaba a una verdadera herejía para la mayoría de los ancianos líderes de los países socialistas quienes, cuando empezó la “Perestroyka” de Gorbachiov, tenían:

Todor Zhivkov, casi 74 años y llevaba 31 años ocupando el puesto de máximo dirigente de Bulgaria.

Su homologo húngaro, Jánosh Kadar, de 73 años de edad, gobernaba Hungría desde 1956, cuando fue puesto por el Kremlin a la cabeza del país, una vez aplastada, por los tanques soviéticos, la rebelión popular contra el régimen prosoviético establecido en el país después de la Segunda Guerra Mundial.

El máximo líder de Checoslovaquia, Gustav Husak, tenía 73 años y ya llevaba 16 años en el poder.

Algo menos viejo era Nicolae Ceausescu, Presidente de Rumania que tenía 67 años, pero ya había estado gobernando su país, con mano dura, a lo largo de dos décadas.

Y el más joven de todos los líderes de los países socialistas – menos el de la URSS – era el máximo dirigente de Polonia, el general Wojciech Jaruzelski, de sólo 62 años de edad. También llevaba menos tiempo que sus colegas en la Jefatura del Estado – algo más de 4 años.

Erich Honecker, el anfitrión de los festejos en Berlín Oriental, tenía cumplidos 77 años y ocupaba el puesto de máximo dirigente de la República Democrática Alemana (Alemania Oriental) desde hacía 14 años.

Toda esta “geriátrica” ortodoxa socialista recibió las ideas de la Perestroyka de Gorbachiov con gran recelo, confusión y más o menos rechazo. En cuanto a los cambios económicos, algunos líderes de los países socialistas, como por ejemplo, de Polonia, Hungría y Checoslovaquia, los veían con cierto grado de aceptación, pero, lo que se refería a los cambios políticos, casi todos eran unánimemente en contra.

Todor Zhivkov, en la reunión del Partido Comunista Búlgaro, bajo su presidencia, declaró que “las decisiones del Partido Comunista de la URSS sobre la Perestroyka no podían ser aplicados en Bulgaria”.

Más duro fue el presidente de Rumania quien invitó al embajador soviético a su lujosa y fastuosa residencia en Bucarest y le declaró que no estaba de acuerdo con las decisiones tomadas por la nueva dirección del PCUS y que Gorbachiov y sus correligionarios habían elegido un camino muy peligroso para la causa socialista. En agosto de 1989, durante la celebración del 45 aniversario de la liberación de Rumania del fascismo, Ceausescu llegó a proclamar en un mitin multitudinario: “Hay más probabilidades de que el Danubio corra aguas arriba, que de que la Perestroyka se aplique en Rumania”.

Erich Honecker en una reunión con los dirigentes de su partido declaró que la política de cambios que había proclamado el líder soviético no sería adecuada para la RDA. Prohibió a la prensa publicar los documentos acerca de las decisiones tomadas por la dirección del PCUS sobre la Perestroyka – en enero de 1987 – y ordenó que se publicase lo menos posible sobre los acontecimientos que se relacionasen con las reformas en la URSS.

Contrariamente, y que no podía ser de otra manera, los movimientos opositores en todos estos países socialistas recibieron la Perestroyka de Gorbachiov como una señal para actuar, sabiendo que van a tener un apoyo directo e indirecto del Kremlin. Por lo cual, los ancianos dirigentes de las cúpulas de los respectivos partidos comunistas del Bloque Socialista no podrían ahora reprimir y amordazar la oposición en sus feudos, como lo estaban haciendo antes, también con el apoyo del Kremlin, pero a la inversa.

Y la oposición empezó a actuar. Casi en el mismo periodo de tiempo, 1988-1989, en todos los países socialistas a la vez, como si fuera recibido un pistoletazo de salida. En plena efervescencia de la Perestroyka en la URSS que se encontraba en su apogeo.

Todo empezó en Polonia, con el protagonismo del sindicado obrero, Solidarnost (“Solidaridad”), encabezado por Lech Walesa y con el apoyo del Papa polaco desde el Vaticano.

En abril de 1988, Solidarnost, hasta entonces prohibida por el régimen, fue legalizada por las autoridades polacas, con el beneplácito de los nuevos dirigentes de la URSS.

En junio de 1989 se celebraron unas elecciones “libres”. Era la primera vez desde antes de la Segunda Guerra Mundial, desde los tiempos en que Polonia había sido un país democrático. En estas nuevas elecciones participaron, junto al Partido Comunista (Partido Obrero Unificado Polaco - POUP), otros partidos y movimientos diferentes, en su mayoría opositores al régimen establecido. Entre ellos, como una fuerza opositora dominante, Solidarnost, que fue el que ganó las elecciones.

En diciembre de 1990, Lech Valesa fue elegido como primer presidente no comunista de Polonia.

El proceso de la transformación de un régimen comunista en una democracia occidental era ya irreversible.

El 21 de agosto de 1989, en Checoslovaquia, se celebraron manifestaciones en memoria del 21 aniversario de la intervención soviética. Con ello se fueron reavivando entre la población, con dos décadas de retraso, las ideas de la Primavera de Praga. De nuevo, se produjeron enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. Pero sin víctimas ni detenciones.

El régimen no estaba en condiciones de reprimir con dureza las protestas populares. Como ya se ha dicho, soplaban nuevos vientos. Las manifestaciones contra el Gobierno comunista, con exigencias de una apertura política, iban en aumento.

El 10 de diciembre de 1989, Husak dimitió de su puesto de Presidente del país.

La Asamblea Federal eligió un nuevo Presidente del país, el famoso escritor y dramaturgo Václav Havel, un disidente acérrimo del régimen comunista que encabezaba una alianza de varios partidos democráticos, no representados aún en el Parlamento, bajo el nombre de Foro Ciudadano.

Los primeros cambios en Hungría, tras el inicio de la Perestroyka en la URSS, empezaron en mayo de 1988, cuando János Kádor, el líder absoluto del Partido y del país, fue obligado a dimitir. Ese mismo año, el Parlamento aprobó una serie de leyes democráticas que establecían la pluralidad sindical y de partidos políticos, la libertad de expresión y una profunda revisión de la vigente constitución comunista.

En marzo de 1990, se celebraron las elecciones parlamentarias. Las ganó el bloque de los partidos prooccidentales, el Foro Democrático. Los comunistas y socialistas también perdieron las elecciones presidenciales.

Bulgaria, de todos los países socialistas, era el más fiel a su Gran Hermano, la Unión Soviética. Siempre apoyaba a Moscú en su política exterior y copiaba lo que el PCUS hiciese dentro de la URSS. Hasta tal punto, que los propios ciudadanos soviéticos consideraban a Bulgaria como si fuese la decimosexta república de la URSS.

De los 45 años de la existencia de Bulgaria como un país socialista, 35 había estado dirigida por Todor Zhivkov, un record absoluto entre los líderes de los países socialistas de permanencia en el poder.

Pero no aceptó las ideas de la Perestroyka e intentó impedir su aplicación en Bulgaria. Se mostró partidario de cambios económicos, como en China, pero no de las aperturas políticas. El enfrentamiento con Moscú fue inevitable y la permanencia de Zhivkov en el poder sólo era una cuestión de tiempo.

Y este momento llegó el 10 de noviembre de 1989, un día después de la caída del muro de Berlín, cuando el pleno del Comité Central del Partido Comunista Búlgaro, apartó a Zhivkov de todos sus puestos. Le sustituyó, con el beneplácito de Moscú, Petar Mladenev, quien, en seguida, se reunió con Gorbachiov en el Kremlin.

Con la llegada de un nuevo líder empezó la liberalización y la apertura política.

En Rumania las primeras protestas contra la dictadura de Ceausesco empezaron el día 16 de diciembre de 1989, en Timisoara, una ciudad del territorio de Transilvania en la que vivían masivamente los húngaros, una de las minorías étnicas más importante de Rumania. Aquel día miles de personas, en su mayoría de etnia húngara, salieron a la calle para protestar contra la detención de un clérigo protestante de procedencia húngara.

Al día siguiente la policía intentó, sin éxito, disolver la manifestación. Entonces, entraron en acción los comandos especiales de la seguridad de estado, Securitate (“Seguridad”), con el apoyo del ejército. Se produjeron las primeras víctimas mortales, entre ellas mujeres y niños. La brutal represión de una pacífica manifestación produjo también las protestas en otras partes de Rumania.

Parte del ejército apoyó las protestas masivas de la población y entró en combate con las fuerzas de la seguridad, enviadas por Ceausescu para reprimir las manifestaciones populares.

El dictador fue obligado a escapar de la capital, intentando reunirse con las fuerzas militares todavía fieles a él. Pero, por el camino, fue interceptado por las milicias rebeldes. Fue detenido, juzgado, condenado a la pena capital, y fusilado, el 25 de diciembre de 1989, junto con su mujer, Elena, una destacada figura dentro de la cúpula del régimen dictatorial, encabezado por su marido.

Después de la eliminación del dictador rumano y la llegada al poder del Frente de Salvación Nacional (FSN), el desmantelamiento del régimen socialista en Rumania fue muy rápido.

Como vemos, cuando en Berlín Oriental se estaba celebrando el festejo del 40 aniversario de la RDA, la tempestad de la Peresroyka ya se estaba llevando a todas las cúpulas comunistas en el poder en el Bloque Socialista.

Y terminada la “farsa” berlinesa, llegó el turno del cabecilla alemán, el camarada Honecker, y de sus allegados, a pesar de los abrazos y los elogios recibidos del propio inventor de la Perestroyka, el gran camarada Gorbachiov.

Sólo 10 días después de los festejos conmemorativos se reunió el Politburó del Comité Central del Partido Socialista Unificado Alemán (PSUA) que decidió, por unanimidad, cesar a Erich Honecker de todos sus puestos en el Partido y en la Jefatura del Estado.

La dimisión de Honecker, “por razones de salud”, fue recibida por la población como una señal del debilitamiento del régimen. En todas grandes ciudades del país comenzaron las manifestaciones exigiendo cambios políticos.

Y los cambios empezaron en seguida. Veinte días después de la celebración del cuarenta aniversario del régimen, el Consejo de Estado de la RDA proclamó la amnistía para todos los ciudadanos que hasta la fecha se habían fugado a Occidente o hubiesen sido condenados por intento de fuga. Se redujo la censura en los medios de comunicación.

El 4 de noviembre tuvo lugar una grandiosa manifestación en Berlín Oriental, más de 700.000 personas exigiendo libertades políticas y cambios democráticos en el país.

El 9 de noviembre, por la mañana, bajo este empuje popular, el representante de la nueva dirección del PSUA, dijo en una conferencia de prensa que los nuevos dirigentes del país habían tomado la decisión de simplificar la salida de los ciudadanos al extranjero.

Después de esta declaración, miles de personas se dirigieron a los puntos de control situados a lo largo del muro berlinés. Los guardias fronterizos ante una verdadera avalancha humana, en algunos puntos se levantaron las barreras y dejaron que la gente pasase al otro lado del muro, al Berlín Occidental.

Miles de personas atravesaron el muro sin ningún obstáculo y fueron recibidos con abrazos por los ciudadanos de la RFA. Muchos jóvenes, de ambos lados, subían al muro, bailando y paseando por él. Por todos lados se oían gritos de júbilo.

Algunos jóvenes, armados con mazas, picos y otros instrumentos punzantes, empezaron a picar el hormigón del muro, rompiéndolo en pedazos y abriendo grandes brechas en la, hasta entonces, inexpugnable y famosa fortificación símbolo de la guerra fría.

Yo estaba mirando estas imágenes en las crónicas televisadas, encontrándome en aquel momento en Moscú, y no me lo podía creer. Fue asombroso, inverosímil, pura ciencia ficción. En pocas horas estaba cayendo un régimen “fortificado a lo largo de 40 años. La tormenta de la Perestroyka se lo barrió como a los demás fortines del Bloque Socialista.

Por tanto, sin la Perestroyka en la URSS, en los años 1985-1991, difícilmente hubiera podido producirse el derrumbe del Bloque Socialista, cuya primera grieta más visible fue, precisamente, la caída del Muro de Berlín.

Faltaban menos de 2 años para la disolución del Comecon, el máximo organismo económico común del Bloque Socialista, y del Pacto de Varsovia, su brazo militar.

Y dentro de dos años y medio se desintegraría también la Propia Unión Soviética, la creadora y la defensora a ultranza de sus satélites socialistas.

En la Rusia de hoy, unos (no pocos y entre ellos algunos historiadores), nostálgicos del “socialismo real”, con sus tiendas vacías y los “gulags” llenos, intentan por enésima vez tergiversar la historia y presentar a los principales líderes de la Unión Soviética en aquellos años de la Perestroyka – Mijail Gorbachiov, Boris Yeltsyn y otros – como unos traidores de la “patria socialista” y de los ideales del comunismo mundial.

Por ello, hoy en día, cuando estamos celebrando la caída del Muro del Berlín, como símbolo de la desaparición

de una “inexpugnable” barrera entre el mundo represivo y el mundo libre, es de suma importancia reconocer la decisiva aportación que hicieron el Presidente de la URSS, Mijail Gorbachiov, y su idea de la Perestroyka, para que fuesen posibles los cambios democráticos tanto en la URSS como en el resto del Bloque Socialista. Unos cambios, que habían llevado a estos países, liberados del yugo comunista-estalinista, por el camino de la democracia y de la libertad.