Opinión

Los peligros del 10N

TRIBUNA

Marcos Ondarra | Martes 05 de noviembre de 2019

El 10N se dice de muchas maneras. Es el capricho insensato de Sánchez. Es el epítome de la mediocridad política española. Es la resaca cabezona de un 28A que aún sentimos reciente. Es mi cuarto voto en unas generales. Y es, ante todo, la batalla más decisiva frente al nacionalismo; que ya no es sed de poder mitigada con autoengaño sino un violento delirio -o en su eufemismo, ensoñación-.

El 10N es más ecologismo. Y no porque Errejón presente su nuevo partido -más rojo que verde-, sino porque el PSOE recicla su campaña de abril: la del miedo. “O Sánchez o un Gobierno del PP con los franquistas”, arguyen desde Ferraz. Y esto pese a que la exhumación confirmó que el franquismo es hoy un grupo de veinte nostálgicos y tres pancartas; el franquismo es la soledad de Pilar Gutiérrez en su día grande; el franquismo es el bar de Chen en un rincón perdido del barrio de Usera; el franquismo es poco más. Y Sánchez lo sabe, pero confía en la estrategia que tanto movilizó a la izquierda en los pasados comicios.

Lo que Sánchez debería saber es que ha llovido mucho desde abril, hasta que el tsunami se llevó Barcelona. Las sonrisas resultaron ser adoquines y barricadas en las universidades. Junqueras se nos volvió malhablado y Torra insolente. Frente a ellos, España cayó en la cuenta -o quizás no- de que el problema no era Franco. Y comprendió que el caos de la ciudad condal no es fruto del desbocamiento de cuatro energúmenos, sino la consecuencia lógica de 40 años de veneno nacionalista inyectado en vena de la sociedad catalana.

La campaña de Sánchez debería ser otra. Debería ser otra, pero no puede serlo. Y no puede serlo porque los socialistas están en una penosa situación para condenar el nacionalismo cuando gobiernan conjuntamente en Navarra, Valencia, Aragón y Baleares. Ante este panorama, lo que les queda es resucitar al dictador con fines electoralistas y situarse en una especie de limbo entre un 155 que purifique Las Ramblas y un humo que las intoxica.

La evidencia empírica nos muestra que votar al PSOE es, como dice Casetana, votar al nacionalismo. Aunque, en realidad, lleva siendo así desde el Pacto del Tinell. Justo antes de que Iceta patentara el separatismo blandiblú y se erigiera como emisario de los indultos y del referéndum de autodeterminación. Así es que hoy lloran por dentro Borrell, González, Guerra y hasta Coscubiela viendo en qué se ha convertido su partido.

Como alternativa al sanchismo maquiavélico, Podemos y la utopía del diálogo. Una utopía que viene a defender que el verbo mayéutico del marqués de Galapagar tiene la capacidad performativa de frenar los adoquines, de amansar a los CDR y de despertar a Torra del sueño dogmático de la sinrazón. El diálogo, si no es dentro de los marcos constitucionales y legales, es quimera. Por mucho que hable Iglesias o Séneca.

El 10N puede ser muchas cosas. Puede ser una nueva mariscada en Waterloo -invita España-; puede ser Rufián obligando a “negociar” un referéndum con su patética moralina de buen charnego; Fachin indultado tras decir que “el Estado quiere muertos”; Andoni Ortuzar (PNV) reclamando el cupo “por el forro”; Albert Donaire (el mosso ‘indepe’) denunciando a sus compañeros constitucionalistas; Iceta o Colau sacando rédito de su maldita equidistancia. Si el 10N es eso, se puede quedar un país para echar a los puercos.

Escribo esto y comprendo que España será constitucionalista o no será. Por ello, hay que castigar con el voto a los nacionalistas y a sus aliados; hay que defender la Constitución como esa estrella que guía a los más dignos frente a quienes la consideran papel mojado; hay que ser contundentes frente a los ensoñados y frente a los equidistantes. El país depende de ello.