Opinión

El adoquín y los cinco monos juguetones

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Diego Medrano | Martes 05 de noviembre de 2019

La campaña electoral más corta de la historia es ya eterna, agotadora, cansina, plomiza, aburrida. Estar en los papeles fue leer papeles (Sánchez, Iglesias) y no estar en los papeles fue andar a la gresca (Casado, Rivera). Leer los papeles fue no mirar a los demás (Sánchez, Iglesias) y no leer los papeles fue intentar cazar en vano la mirada ajena (Rivera, Casado). Gestos despectivos, mohines desagradables, muecas de vómito subrayaron al matrimonio imposible (Iglesias, Sánchez): no hay nada que hacer, todo camino está cerrado, no nacieron para amarse ni mirarse ni entenderse ni comunicarse. Las derechas cabreadas (Abascal, Casado, Rivera) sustanciaron el imposible pacto entre las mismas: mucha España, mucha emigración, mucho Estado pero ni una sola palabra sobre pobres (jóvenes, autónomos, paro, la recesión/desactivación económica que ya es crisis). Algo sobre la España vacía pero nada sobre pobres absolutos.

Si vas a televisión lleva un boli (Sánchez, Iglesias) o un adoquín (Rivera). El adoquín es la pieza por excelencia para la construcción de barricadas, útiles para motines, revueltas, enfrentamientos en la calle. Lleva en desuso desde Mayo del 68 o las hostias españolas de los grises desde el caballo y a pata: asfaltar los municipios ha hecho perder el adoquín, hay que escarbar mucho para encontrarlo no sea que nos encontremos de lleno con un conflicto catalán, y no suele dar tiempo a levantar así el monolito, como hizo Rivera, casi a punto de arrojo contra un escaparate, el de todos nosotros que le sirve a él mismo como espejo roto, porque peores augurios no le aguardan. Contra los escaparates antes se usaban siempre adoquines –qué bien lo sabían los rojos clásicos con sus barbas venerables y la locura dibujada en la mirada- pero hoy se usan coches, autobuses, motos, butrones, taladros, sillas de cafetería, mobiliario de bar y, claro, hombre, por supuesto, el efecto no es el mismo. Algo se pierde con el avanzar de los tiempos, de las horas y minutos, del calendario tecnológico y la robótica. El adoquín era filosofal, contundente, único.

No veo ningún pacto entre los cinco monos saltando alrededor del monolito/adoquín de Rivera. Cada uno va por libre, principalmente Abascal, que fue el único en ir sin corbata, más suelto que ninguno, al grano con un electorado que deja Ciudadanos por la puerta de atrás (por si le cae el adoquín o pedrusco) para liberarse, como en las bodas, aflojarse el nudo de la corbata, quitársela, y entrar de lleno en el bailón de las esencias puras, que es el fanatismo, el café/café, da igual si Franco como excusa o el negrón junto al jubilado a la hora de cruzar el paso de peatones y que podría ser español pero a ningún español le gusta la geriatría de interior hortofrutícola. Todos por libre, uno sin corbata, pocos mirándose a los ojos, todos en el dato que es falso, como el medio millón de puestos de trabajo de Sánchez que luego se descubre son trescientos cincuenta mil porque el primer trimestre de lo que cantaba correspondía a Marianico, hoy en Santa Pola con puro y daiquiri.

Tedio (azul, y en escorzo, como las putas pálidas de Lautrec), falta de brillo de la palabra escrita (tal vez por ser leída y no aventurada, muy premeditada, sin riesgo ni fuego de presente), mucho playback (da igual si por sonotone o notas), el mito del bloqueo y desbloqueo que ellos pintan con ecuaciones de esoterismo y solo se debe a las matemáticas (si no se suma, hay que pactar, caballeros).El español común se arrastrará hasta la urna el domingo, pero muchos no irán, y votarán al PSOE muchos menos de los que se piensa, y al PP también menos porque ahora Esperanzona Aguirre comienza a entrar y salir también de los Juzgados como todos los paseos anteriores dentro de las mismas siglas, y a Podemos ni de coña porque para chalés de cien kilos ya me hago yo el mío, y a Rivera nada de nada porque para tener veinte diputados mejor montar un Club de Lectura, y a Abascal menos porque el joven odia la geriatría/idolatría del bigotito de poli de paisano, brazo en alto, pasodobles, y demás emociones contritas, ajenas al Big Data actual.

La salvación, por separado, sólo puede estar en el adoquín, en el monolito entre los cinco primates con ganas de bronca. Votar por el adoquín puede ser una manera de querer romper esta luna de presente pobretón, tristón, gamberro, violento, opaco. Uno solo se hubiera salvado si nos hubiese contado algo sobre pobres al menos durante media hora seguida: autónomos que echan el cierre a la persiana, becarios de doscientos euros, profesionales de mil euros que duermen con papá, universitarios con cinco carreras que no pueden pagar tres cafés seguidos. Vuelve la pobreza porque nunca se fue. Los peores datos en el paro desde el 2012. Europa ya piensa en el tajo, Bruselas quiere cortarnos del mapa y pegarnos con Latinoamérica. Se merece un buen pedrusco. Contra ella y contra nosotros mismos.