Opinión

El último debate

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 07 de noviembre de 2019

El mundo se aproxima nuevamente a un horizonte crítico, las alarmas difunden el consecuente estado de ansiedad y preocupación en poblaciones informadas o conformadas por los llamados medios de comunicación y se desata una histeria plástica a través de las redes sociales. La reacción de pánico resulta, sin embargo, o insuficiente o excesiva. Insuficiente, porque el grado de descomposición de la vida social apenas se percibe dada su proximidad: una íntima inmediatez que alcanza las entretelas de nuestro propio carácter y tiene su sede en el interior de nuestro pecho. Excesivo, porque la convulsión que se aproxima recae sobre individuos efímeros, simples mortales cuya precaria existencia se basta – cuando las condiciones aprietan – con los recursos más elementales.

La semana pasada cayeron en Francia cinco policías. Cinco muertos tras cerca de cinco mil heridos – en los últimos meses – en el contexto de masivas algaradas y emboscadas callejeras. Francia es un país que se presenta pacificado, pero en el que se reconoce un aumento constante y multiplicativo de la violencia. Trampas y tiroteos contra las fuerzas de orden público, en combates sin un objetivo político determinado, que son signo de un odio extremo cuya raíz cala en estratos mucho más profundos que el meramente político y/o económico.

En España podemos contemplar cada atardecer las salidas de grupos bien parapetados y organizados de comités defensores de la república de sus sueños o ensoñaciones que, por ser tales, convierten su acto de rebelión en simple sedición. Aunque de la solidez de los cascotes arrojados da fe el historial clínico de los heridos. No ha habido muertos porque los contendientes saben que la victimización es un recurso propagandístico muy eficaz en nuestras sociedades infestadas por un sentimentalismo tóxico (Th. Dalrymple). El odio enquistado se manifiesta en una brutal provocación en busca de la respuesta contundente que sume ya la primera víctima. El caído sonreirá mientras agoniza, imaginando su victoria en la fábrica de sueños de las televisiones; una victoria con efectos sobre el mundo onírico y virtual en el que morimos desolados y ayunos de toda realidad.

En nuestras sociedades de crecimiento infinito o delirante se multiplican los signos de una nueva recesión, que traerá el consiguiente aumento de la tensión interna. Crece el número de los parados, la deuda pública sobrepasa año tras año barreras infranqueables… índices de un hundimiento económico que deja tras de sí – efecto de un proceso de larga duración – sociedades atomizadas en las que el hombre es ya, sin metáfora, un lobo para el hombre. Tarde se escucharán avisos que llegan de un pasado remoto: viejas defensas de lo pequeño, programas de decrecimiento, restauración de vínculos de proximidad y formas de consumo compartido… la vieja idea de austeridad quedó empercudida por el sucio manoseo del cinismo liberal y hoy resulta inutilizable. Hablemos de parsimonia en el gasto, de trabajos reales, de vínculos ceremoniales, de comunión profunda en un orden de vida que ya sólo puede resultar de una conmoción sin precedentes.

Nos aterroriza ese aciago horizonte hacia el que viajamos, como la operación extrema a la que hemos de someternos. De esa intervención profunda saldremos para el último tránsito o para celebrar la vida. Es poca la alarma o es excesiva, hemos de educarnos en la universidad del desastre (P. Virilio) y hacer crecer el riesgo, forzar ya una apuesta radical, que es el único modo de no sucumbir. Y llevada nuestra angustia al cabo, será el momento de desasirnos para volver a ver el mundo como el mundo es: trágico y asombroso, bellísimo y abismal.

¿Se entenderá la profunda repugnancia con la que uno observa a nuestros histriones en campaña? Con su intensidad calculada o su calma impostada, midiendo las palabras con el guion de un consejero – especialista en comunicación gestual, mimo sin habilidades – para prolongar algún tiempo la decisión, cegados por el brillo de las cámaras. Por no hablar de los engreídos señores de la moral que celebran cumbres del clima al auspicio de esa adusta niña sueca y su coro de Euménides, que quieren hacer pagar el hombre por la muerte de su presunta madre naturaleza.

Pantomimas que posponen para nunca jamás la última revolución, la que ha de operarse en el propio pecho, en ese espacio que no puede tomarse por asalto, pero constituye “la capital más interior de cada reino” (Novalis). Habitantes de la realidad, la revolución que aguardamos ya no es política. Aprestémonos a sufrir el choque de un oleaje frontal y directo, sin mediación de los medios. Saldremos del desafío, agotados y viejos, pero capaces de ver directamente o de respirar sin accesorios el aire intacto del primer día.