No es exagerado decir que la Historia moderna cambió sustancialmente hace ahora treinta años. La caída del Muro de Berlín, en aquel frío 9 de noviembre de 1989, originó un importante cambio de coordenadas en el escenario político internacional. Nada volvió a ser lo mismo tras este hecho inesperado y trascendental, no solamente en las dos Alemanias de aquel entonces, sino de toda Europa, y por extensión del marco político mundial, divididos hasta ese momento en dos grandes bloques a uno y a otro lado del entonces imaginario pero demoledor Telón de Acero; y con ello comenzó a vislumbrarse la definitiva desaparición de aquella tan dañina Guerra Fría, que no solamente afectaba a Europa sino igualmente a Norteamérica y a otros ámbitos del escenario internacional.
En este contexto de cambio cabe hacer una obligada y reconocedora referencia al artífice fundamental de que las cosas fueran como finalmente fueron, y que no es otra persona que Mijail Gorbachov, al cual dedicamos aquí unas líneas como un modesto pero merecido homenaje, a su figura y a las actuaciones decisivas que desarrolló en el escenario internacional.
Cabe recordar que Gorbachov fue elegido en 1985 Secretario General del Partido Comunista de la antigua Unión Soviética, lo que suponía la llegada a la cumbre política de un joven, no precisamente desconocido, pero que representaba un cambio generacional respecto a la sempiterna vieja guardia. Gorbachov era de los pocos dirigentes políticos soviéticos que habían tenido oportunidad de viajar a diversos países del mundo occidental en épocas anteriores, experiencia ésta que sin duda contribuyó a moldear una personalidad no estrictamente acorde con los cánones más ortodoxos del semblante comunista. Gorbachov sabía lo que quería cuando ascendió a la cumbre del Partido Comunista; su firme idea era la renovación del partido y la salida del creciente caos que conllevaba el patrón ortodoxo comunista, sobre todo en lo económico.
Ya en el primer informe que Gorbachov presentó al Pleno del Comité central del Partido Comunista, el 23 de abril de 1985, señalaba expresamente lo urgente y fundamental que era adoptar medidas drásticas en el ámbito económico y cambiar los métodos de gestión imperantes, la necesidad de medir y utilizar como referencia la productividad económica de las empresas (todas del aparato estatal) y de aumentar su autonomía y otorgarles la correspondiente autogestión financiera. Señalaba también en este informe la necesidad de retirar los índices y planes impuestos desde arriba a las empresas y abrirlas a la iniciativa y al espíritu emprendedor. Hubieran sido ideas éstas demasiado revolucionarias, de no haber sido por la situación tan patética de la economía soviética.
El caballo de Troya utilizado por Gorbachov para introducir la cuña de sus ideas en la fortaleza política comunista fue la de ese cambio económico, que indefectiblemente llevaría después a la necesaria apertura política. Ni siquiera había transcurrido un año desde su llegada (febrero de 1986) cuando Gorbachov lanzó a los cuatro vientos la idea de la Perestroika y de la Glasnost. Si tuviéramos que seleccionar una sola de las actuaciones o esencias del papel histórico desarrollado por Gorbachov, nos quedaríamos con la implantación de la Glasnost, esto es, la transparencia, la cual permitió desnudar al sistema soviético (con todas sus contradicciones e ineficiencias) y a los ciudadanos a ver mucho más claramente las reformas del sistema. En suma, les posibilitó un cierto grado de libertad.
No deberíamos olvidar que la transparencia pública, esto es, la apertura social de la información, es lo que viene realmente a garantizar la equidad para el ciudadano, valor éste que deberían adoptar como fundamental los políticos. Se dice que la información es poder, y efectivamente habría que hacer llegar ese poder a todos, para que así se pueda convertir en un poder para hacer cosas, permitiendo el impulso colectivo de una sociedad que cada vez más ha de ser gobernada por la autoridad que emane del poder de las ideas de sus ciudadanos.
Aún a riesgo de que ello disminuya las posibilidades de su permanencia en el poder (líderes como Suárez en España o el propio Gorbachov fueron devorados por el propio proceso que impulsaron), los políticos tienen el deber ético de procurar un cierto nivel de rotación o cambios en el poder, así como una mayor descentralización de la autoridad en manos de la sociedad civil. Si así lo hacen, siempre quedarán con la tranquilidad de un trabajo histórico bien hecho.
Esperemos, en definitiva, que la importante obra y los cambios impulsados en su momento por Gorbachov, aparte de tener el reconocimiento histórico que se merecen, sirvan además de ejemplo de apertura y de capacidad de negociación, así como de una necesaria tolerancia frente a muchas de las posturas tan intransigentes, radicales y exclusivistas que imperan actualmente en muchos lugares de esta Aldea global en la que vivimos.