El tocho es amuleto, talismán, hallazgo luminoso y compañero fiel de café. Un libro vuelve a ser el mejor amigo. El hito editorial no puede ser mayor: se reúne por primera vez toda la escritura dramática del académico Fernán Gómez –siempre entendida como arte de la escritura- en más de mil páginas de adoración perpetua: Teatro (Galaxia Gutenberg). La historia no puede ser más bonita: es su nieta, Helena de Llamos, quien hereda el chalecito modesto al noroeste de Madrid llamado La Luna , y es allí, en la casa taller, en la tebaida del mago, entre papeles viejos y ordenadores que no funcionan, cartelería del miedo y una vida entera, fetiches con los que bailar sola y bajo las estrellas mudas el último vals negro, donde va recopilando obras, inéditos insólitos, publicaciones desaparecidas, la escritura para las tablas en limpio y sin final del gran dramaturgo, actor y novelista que fue Fernando Fernán Gómez, desde el hambre atroz al éxito completo.
Muchos textos jamás vieron la luz publicados (Ojos de bosque, Del rey Ordás y su infamia…), muchos otros lo tienen todo de divertimentos jamás representados ni editados (Relámpagos, Soldado…), muchos son clásicos ya y el autor volvió a ellos en repetidas ocasiones para nuevas entregas (Las bicicletas son para el verano…), es el fuego primero de Fernán Gómez (El guiñol de Papá Dick, 1938) y el último (El mundo de Arniches, 2007). Con barba venerable donde algún tipo de locura o misantropía se dibujaba, lampiño y con melena de calvo, las cejas pobladas de monstruo de sí mismo, la voz quebrada y caliente, los muchos bolígrafos desordenados, el güisqui esporádico y el humo, las camisas y el punto viejo a cuadros, todo Fernán Gómez se recluía en la higiene permanente y mental de la escritura como refugio frente a las inclemencias de calle y fama. Algo así dijo Saura de Picasso: “Lo que me fascina de él es que, con todo el dinero del mundo, seguía viviendo como un bohemio, el estudio siempre desordenado y trabajando dieciséis horas diarias”. La escritura fue la paz del genio, quien vivió pensiones y Guerra Civil, maleta de cartón y huidas, ropa de prestado y pocos libros, velocidad de supervivencia y noche o alcohol de mantenimiento, en ese mundo festivo de cómicos para siempre.
Acierta de lleno Manuel Benítez Becerra en sus palabras liminares: “Fernán Gómez desplegó siempre una amplia proyección al inspirarse en todo, en lo moderno y en lo clásico, en lo español y en lo foráneo, en lo histórico, lo literario, en el romance, en la novela, el teatro mismo, o también el cine y la canción. No importa cuál fuera el origen del relato o de la anécdota, dominaba en el autor la necesidad de la visión dramática y, en consecuencia, desarrolló su capacidad de dotar de forma teatralizada a aquello que previamente no la tenía en términos artísticos”. Completo oficio de demiurgo. Todo lo hacía teatro el célebre artesano, en los mimbres del oficio aprendidos con pan duro, sin espacio para el lujo de la duda o cualquier otro improductivo ensimismamiento. Acaba el tocho con su discurso de entrada en la Real Academia Española con texto que es casi asunto de milagrería: Aventura de la palabra en el siglo XX. Allí, en su centro medular, distingue entre palabra hablada, palabra escrita y una tercera, crucial y diferente, la palabra escrita con la intención de que sea hablada. No solo hablada, divulgada, propagada, y es en tal dirección donde concibe de forma exclusiva sus méritos y arrestos.
Siempre se supo cómico, actor, sin ver en su condición, ya en los inicios del discurso académico, merma alguna: “El teatro, en cuanto a literatura, poesía dramática, ha tenido desde los primeros tiempos de esta ilustre Institución representantes muy meritorios en ella. No ha ocurrido lo mismo en cuanto a los intérpretes de esa poesía, los representantes, comédicos, actores, que con tantas palabras, farandules, comediantes, histriones, se nos ha denominado, pasando por las de hipócritas y farsantes, que, no teniendo en principio sentido peyorativo, lo tuvieron después por aplicársenos a nosotros, a los cómicos. Esta es la primera ocasión, si no me equivoco, en que, con paso dudoso, un sacerdote del diablo pisa las mismas alfombras que vosotros”. Fernando Fernán Gómez, por muerto y desaparecido, no podrá ver esta obra cerrada que es vida entera, preparada por su nieta de manera veraz, honrosa, limpia e imperecedera. La obra, gracias a dedicación tal, queda y quedará. El pícaro, el cervantino, la pluma del siglo de Oro (Defensa de Sancho Paz, obra cumbre), el reidor con voz de trueno (Los domingos, bacanal) vive por entero –como dijo Ema Cohen a Helena de Llanos- en sus libros. Abrir cajones y cerrar cajones lleva al presente sortilegio para una vida mejor. Fernando sube a escena para ya no bajar jamás. Gracias, Helena.