Opinión

Entierro de la sardina

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 13 de noviembre de 2019

La política en España, o mejor dicho, de las mil Españas, nos ha conducido a la situación carnavalesca actual. Lejos quedan cordura e intelectualidad de gobernantes. Ahora tenemos la tan ansiada diversidad que en forma de murgas y chirigotas recorrerán junto a sus comparsas el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Un espectáculo asegurado al más puro estilo del Gran Teatro Falla, de Cádiz. Así pues, “Damas y caballeros; ladies and gentlemans; mesdames et messieurs; pasen y vean el mejor espectáculo nunca visto”.

Decir a estas alturas que tenemos lo que nos merecemos parece una frase demodé, mejor recurrir al neologismo Flashmob que se traduce como “acción organizada en un lugar público”, alimentado, eso sí, por uno o varios Lamer que no son otros que aquellos incompetentes que presumen de conocimientos que en realidad no poseen. Los mismos que no han dado un palo al agua en toda su vida y miren por dónde tienen la habilidad de encapsularse en la política para hacer nómina vitalicia gracias a su condición de diputados. En resumidas cuentas, que mereciendo lo que tenemos tampoco somos los únicos causantes de este carnaval fuera de época.

Fíjense ustedes lo entrenados que estamos para esta ingobernable situación, que las potenciales cadenas de televisión, así como otros medios, nos han regalado una cosa llamada “pactómetro”, algo parecido a un pronóstico reservado sin posibilidad de predecir la evolución al carecer de un criterio lógico. Porque uno se pregunta ¿Existe algo más irracional que votar en barbecho? Es lo que tiene el acudir al toque de urnas tan de seguido, que la materia orgánica no se recupera y vuelven a florecer las malas hierbas. Y así podemos estar hasta que lo de votar acabe por convertirse en una droga de diseño. Conozco casos muy preocupantes. Hay quienes duermen el día antes al pie del colegio electoral, cosa que nos da idea del alcance de esta estúpida moda.

Lo de votar con tanta frecuencia debería estar prohibido, sobre todo por aquello de la rutina. El ir a votar sin amor, sin motivación, es esclavitud. La rutina tal como nos vienen dada por quienes amamantan ego de poder, aunque parezca contradictorio, causa trastornos en el presente de indicativo del verbo frustrar, amén de las alteraciones psicológicas traídas por la tomadura de pelo de este espectáculo tan grotesco. Si la mala noticia pudiera estar en el fiasco de la sinrazón reinante, la peor de todas, al menos para mí, habría que buscarla en el vacío existencial que se ha creado en este país, con la falta de presente y la nula apuesta de futuro que nos aguarda. Y esto es lo que tenemos o mejor dicho, esto es lo que tenemos que pagar entre todos.

Atraviesa la sociedad española una crisis extrema, una descomposición sistemática y un hedor de malos presagios a tenor de los fermentos traídos por los facundos vividores del bolsillo ajeno. Ahora mismo ser contribuyente en este país equivale a donar nuestros preciados órganos vitales no a la ciencia, sino a quienes hoy celebran triunfos en urnas cuando en realidad son derrotas; pero sabido es que el empeño de estos es aparentar lo que no hay, a la vez de mentir en público como los famosos vendedores de crecepelo.

Resulta curioso como se viene perfilando un modelo de sociedad compuesta por la discordancia ideológica, pero estas castas “ilusionantes” que tan pronto se aborrecen como se entregan al éxtasis del poder les convierte en seres camaleónicos tan insociables entre sí como pueden serlo Tom y Jerry. Y como en todo buen carnaval que se precie no puede faltar el entierro de la sardina, si por sardina me permiten que refiera a España, pues nunca mejor metáfora que la contemplación de un cortejo fúnebre invitando al contribuyente a una reflexión ordenada y juiciosa, porque en este país los favores se pagan ya sea en dinero como en especie. Creo que fue don Miguel de Unamuno, por cierto, nada sospechoso de su relevante categoría intelectual, quien dijo aquello en una de sus últimas frases: «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!»