Opinión

Fascistas

TRIBUNAL

Fernando Muñoz | Jueves 14 de noviembre de 2019

Parece obligado escribir acerca de la última jornada electoral y el inmediato pacto de gobierno. Pero se ha dicho todo, han ofrecido diagnóstico los analistas y tertulianos, han emitido pronóstico a tres meses, a seis y a dos años. Ninguno se ha aventurado más allá. Se ha pronunciado en todos los acentos y modos el vocablo “fascista”: se ha anunciado el gran peligro, el riesgo mortal para la democracia. Los españoles votaron lo que les dio la gana. Ignorantes del riesgo, sumaron diputados por las alas: a izquierda y derecha, si esos términos todavía tienen algún significado que vaya más allá de una etiqueta vacía, de un signo de orientación que parece distinguir los nuestros de los otros. No he dejado de escuchar que hay que frenar a la extrema derecha, pero no sabría a quiénes debiera oponerme, porque no descubro el signo atroz donde lo señalan expertos y sabios de toda laya.

No deja de parecerme que los hospitales y las escuelas, públicas o privadas, las infraestructuras y la gente en general están distribuidas en naciones políticas. Y que no se puede ser patriota de la medicina o la educación pública como si existieran en el aire. La ciudad se asienta en un territorio y arraiga en una tradición. Pero tampoco deja de parecerme que el crecimiento económico erigido en fin y razón de ser de la acción política, esa especie de razón de mercado, arroja desórdenes extremos y la mayor desdicha, escondida tras escenarios comerciales de brillantes luces y escaparates de abundantísimas banalidades. No deja de parecerme que bajo la ley y sosteniéndola ha de madurar un sentido común que hoy está perdido, porque hemos perdido cualquier fundamento común en una España que, desgarrada por una estructura política lentamente desarrollada, ha acabado por ofrecer la forma de un Estado autonómico al límite de su realización. No deja de parecerme que ese sentido común sólo puede proceder de un orden elemental y anterior al Estado y al Mercado. Pero no queda nada o yo nada encuentro entre nosotros de ese orden que no era meramente político, ni económico.

También me parece que el aire se vuelve por momentos irrespirable bajo la presión de una corrección política de enorme sutileza disciplinaria. Me sorprendo en el ejercicio de una crítica que hoy puede resultar delictiva, que resulta intolerable para la sensibilidad exquisita de las conciencias normalizadas. Silencio una objeción y ahogo cualquier duda, tratando de ajustarme al paso de los biempensantes, al parecer llamados a oponer un muro infranqueable al “fascismo”. No logro, pese a todo, marcar el ritmo y sé que se me nota un rasgo discrepante en la sonrisa que se quisiera beatífica. Una sombra que dice no, una ligera desviación delata un “fascismo” irredimible. Pese a no votar y por no votar. Pese a someterme al espíritu de la mayoría y por someterme a su voluntad soberana. Pese a no señalar a nadie y por no señalar a nadie: ¡fascista!

Es el hábito bien aprendido de disponerme siempre en una oposición saludable: contra toda fuerza triunfante, contra la voz más alta, contra el signo de los tiempos y su espíritu imperativo. Siempre en nombre de la verdad, contra los que legislan sobre la historia y decretan la preceptiva forma o la ausencia de forma de la condición humana. Amante de la verdad, “fascista” irredento, dialéctico piadoso que busca bajo el antagonista una persona real, aunque equivocada. Escribir una página me exige hoy vencer la melancolía y la desgana. España otra vez de par en par, abierta al histórico huracán, desvencijada.

La deslealtad me ofende como un gesto de desprecio dirigido a los fundamentos de la propia constitución, como una ingratitud soberbia e infame que denigra a la nación o a la clase. Pero la deslealtad nos ultraja especialmente cuando ofende la raíz desde la que crece todo el que no haya puesto sus cimientos al aire. Por eso la mayor deslealtad es la que infama los fundamentos elementales de la condición humana, no reconociendo realidad alguna bajo la pugna ideológica. La mayor deslealtad proclama que “todo es política” y hace del antagonista un enemigo mortal. En las condiciones asfixiantes de una pugna que no permite la discrepancia, el ejercicio de la dialéctica es un arma orientada contra uno mismo. Acaso la jornada electoral ofrezca una hebra luminosa, un signo de esperanza, porque algunos han puesto en cuestión verdades instituidas y sancionadas. De las últimas elecciones esto es lo que tiene para mí la mayor importancia. Una estimación que merecerá el consabido baldón de “fascista”: el terrible y simplificador índice del odio. La polarización creciente intensificará el desprecio que hoy signa con esa palabra la frente del antagonista: como una cruz, como un objetivo, como una diana.