Cuenta Colmenero que en un congreso de columnistas en Valladolid hubo quien confesó haber empezado Periodismo por lo buena que estaba Lorena G. Maldonado (sic). Otros con menos pulsiones fuimos alienados cuando la mayéutica divina de Ana Pastor se reveló ante nosotros; cuando calló a todo un Rafael Correa que se empecinó en llamarle Anita; cuando se quitó el turbante frente al presidente iraní y preguntó lo que nadie más osaría porque no todos nacemos héroes.
El periodismo, de cuando en cuando, engendra milagros como el de Ana. Para este estudioso de sus entrevistas, sus preguntas son -a la vez- belicosas y hermosas; y lo son porque las dice ella. Uno estudiaría Periodismo, Filología y lo que hiciera falta con tal de parecérsele un poco. De todo, menos Filosofía. Un engaño. La verdad no es adecuación, no es coherencia y mucho menos es utilidad. La verdad está en la sesera ideológica de la ínclita madre del periodismo; la verdad es lo que ella diga, a pies juntillas.
El 10N se ha esfumado y la única certeza que deja es que no hay certezas, salvo las que dicta Newtral, la más perfecta creación de Pastor -de nombre Ana- en colaboración con Ferreras. Podríamos discutir sobre el dudoso método que emplea Newtral para decidir qué noticias desmiente/confirma -cualquier bulo fachoide en Twitter con más de diez retuits-, o sobre si resulta pretencioso y ridículo erigirse como juez, jurado y verdugo de tus compañeros de profesión. Discusiones aparte, está claro que Newtral se ha entregado a la infamia. Y viniendo de Ana, duele.
Hay infamia cuando Newtral atribuye a Abascal palabras de Sánchez, cuando deja de desmentir la enésima patraña de Carmen Calvo, cuando descontextualiza y/o manipula cualquier frase del político de turno de derechas o cuando blanquea vilmente a Otegi. Y permita el lector que me detenga en este último punto -detonante del artículo, por cierto-.
Insulta a la inteligencia -no a la de todos- que cuando Otegi pide la libertad de los “presos políticos” como condición sine qua non para apoyar a Sánchez, venga Newtral a decirnos que Arnaldo está comprometido con los derechos de los políticos presos en Cataluña. Para los que, por desgracia, conocemos de primera mano el discurso del filoterrorista de cabecera del norte de España, sabemos que en su diccionario de eufemismos “presos políticos” es sinónimo de etarras; nunca lo ha escondido. Todo en pos de un blanqueo exprés a los socios de ese Gobierno frankenstein y progresista -sí, el PNV ahora es “progresista”- que se avecina sobre nosotros como una reedición macabra de las plagas bíblicas.
¿Quién vigila al vigilante? Se pregunta Platón en La República, recuperando una locución latina de Juvenal -Quis custodiet ipsos custodes?-. Newtral corrige lo que quiere, con letra pequeña, y lo hace porque Ana es escrupulosa con la verdad y no sabe de redondeos ni de símiles. La neutralidad -con la equidistancia- es una de las grandes infamias de nuestro tiempo, pero en el negocio está la culpa; y en el castigo, la penitencia.
Frente al milagro de Ana, la infamia de Newtral; una dicotomía que nos recuerda que hay que odiar el pecado y no al pecador. Ana quiso ser nuestra resistencia frente al relativismo; salvaguarda de la Verdad -con mayúscula- y fact-checker del periodismo rancio. Ante eso y pese a todo, uno solo puede quererla.