Opinión

La España de los ERE

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 21 de noviembre de 2019

La sentencia de los ERE levanta acta de la trama de corrupción que el Partido Socialista Obrero Español construyó en las largas décadas de su gobierno en la Junta de Andalucía. Las cantidades resultan fascinantes. Para los trabajadores del común son cifras intratables a cuyo lado las penas pueden resultar diminutas. Seis o siete años de cárcel que, severamente reducidos por beneficios penitenciarios, quedarán en mucho menos. Por no hablar de los años de inhabilitación para quienes ya han sido inhabilitados por su edad y por su imagen.

Estamos ante hechos probados, aunque haya que esperar a la resolución de los inevitables recursos, y la única conclusión positiva apunta a la aplicación lenta, pero eficaz, del derecho. No podemos olvidar al señor de la fiscalía, al debelador de los tribunales, al conquistador del gran poder que ejercerá su dominio tratando de obtener siempre veredictos favorables, pero hay que saber que la miseria y la corrupción asolan nuestro país desde las pretendidas élites a la multitud popular de defraudadores, embusteros y cómplices de un latrocinio generalizado. Sólo el aparato jurídico mantiene en pie la arquitectura dañada del Estado y alcanza a reducir un tanto la enorme carga de miseria que soporta la apestada sociedad española del presente. Funciona la justicia, aunque el plagiario ocupe cargos de honor y entre la gente del común se extienda también la sombra de las malas prácticas y los hábitos infames. No seré yo quien obsequie a un pueblo inexistente, convertido hace tiempo en otra cosa: sobre los españoles actuales es preciso dejar caer un profundo manto de silencio.

Ahora hay que tener estómago para embaularse la faramalla de declaraciones de los partidos. Primero la intención atenuante, si no exculpatoria, de quien aduce que los condenados de la Junta no se han enriquecido. En efecto, pero la calidad política del delito lo hace más repugnante y peligroso. Han distribuido el dinero buscando el favor del voto, han construido una amplia red de clientes y beneficiados que ha permitido al partido mantener su podrida hegemonía. El mero robo aparece como un delito privado, un modo económico de corrupción al que, por lo demás, tampoco se limitó el Partido Popular.

Pero inmediatamente hay que desvincularse. El PSOE actual no conoce a los inculpados y el Sr. Ábalos, capaz de ver una estricta continuidad entre el franquismo y algunas fuerzas políticas del presente, encuentra un hiato insalvable entre el PSOE del inmediato ayer y el de hoy. Al parecer, una sorprendente renovación ha dejado el partido nuevo y puede condenar a los condenados como sujetos extraños a la inocencia y honestidad características del lozano partido del progreso. El Sr. Ábalos nos trata como imbéciles de baba. Declara, con la impasibilidad del gran mimo, que el PSOE no ha sido condenado, aunque lo hayan sido dos presidentes del partido, así como ministros o un vicepresidente de viejos gobiernos socialistas. Figuras insoslayables del partido han sido inhabilitadas o serán encarceladas, pero el partido del progreso nada ha tenido que ver y, si fue afectado, ha quedado perfectamente limpio de polvo y paja por la renovación obrada por el señor Sánchez. Más que una renovación tendría que haber logrado una transubstanciación, porque el PSOE mantiene evidentemente sus cualidades secundarias, quiero decir, su apariencia. Ahora bien, como tal operación no está a su alcance, basta con mirar para ver que el PSOE es, simplemente, el mismo de siempre. Y el PP más, dirá el Sr. Ábalos.

Pero verdaderamente preocupante es que, no ya los partidos, sino la sociedad española siga siendo la misma. Es preciso romper realmente con esta larga tradición de miseria y cobardía, de clientelismo confortable y bienestar en el lodo. Y, por favor, que no nos venga Iglesias con la monserga de que la sociedad ya ha cambiado y que la corrupción ya no es tolerable. Él, que quiere reposar como sea en una sillita del poder, y que quisiera blanquear al partido rojo de nuestros pecados. No basta su mera presencia, ni siquiera basta una crisis económica, para modificar la postura caída y servil de la sociedad española de nuestros días. Una sociedad cuyo hundimiento ha sido programado y puntillosamente ejecutado por los partidos de turno, pero que habría sido imposible sin la imprescindible connivencia de fuerzas económicas y culturales – ¡cómo olvidar esa universidad donde esta misma semana se ha descubierto otra red de falsificación de doctores y graduados! –. Hundimiento que fue asumido con deleite por una multitud entregada a la movida y al gozo inenarrable de un turbio bienestar. Es a esa sociedad a la que puede dirigir el Sr. Ábalos ese discurso sin valor, ni dignidad, que parece tomarnos por mentecatos y desnortados, por imbéciles irremediables. Mi preocupación es terrible: me pregunto si nos toma por lo que somos.