La percepción de un oscurecimiento profundo del mundo puede ser simple efecto de una vida desgraciada, de una melancolía enfermiza, de una terrible depresión. Ahora bien, las causas de esa melancolía pudieran encontrarse más allá de la propia piel. Frente a la perspectiva psicológica habitualmente reducida al individuo, me parece social la etiología de buena parte de los trastornos psicológicos. Si tuviera razón habría que encontrar esos factores sociales de una melancolía que tendría el valor significativo de un diagnóstico implícito acerca del mundo que habitamos. Estaríamos ante un síntoma de morbosidad social reflejado en la vida desgraciada del hombre atribulado y triste de nuestro tiempo. En resumen, se trataría de determinar si la percepción de un mundo caduco y oscuro responde a un estado social o es efecto directo de una disfunción psicológica.
Y aquí empieza el problema, porque la percepción negativa no será integral y homogénea salvo en casos terminales, próximos a la desesperación y el suicidio. Yo encuentro un mundo de una belleza deslumbrante, esencial y absoluta. Basta salir al aire libre y escuchar el rumor del viento, o mirar a los ojos de una persona amada o los juegos delirantes de los niños. Pero éstos son espectáculos que – aunque fueron cotidianos – resultan hoy difíciles de contemplar. En su lugar respiramos el aire enrarecido del mundo postindustrial y no encontramos ante nosotros ninguna mirada limpia en la que buscar acogida y comprensión. No diré nada del juego de los niños cuando empiezo a asumir, con Gómez Dávila, que “la sabiduría de este siglo se reduce a observar el mundo con la mirada amarga y sucia de un adolescente depravado”.
Nuestra esperanza difícilmente puede afianzarse en estas condiciones y, sin embargo, quedan espacios de una resistencia tenaz donde es posible el encuentro y la comunicación en una atmósfera respirable. Son siempre espacios arruinados o residuales. Son vestigios de un orden habitable cuya misma mención atrae todos los demonios; se encuentra en los rincones no ensuciados por el aliento turbio del estado o del mercado, pero que han podido conservar su vieja defensa institucional. Donde el estado o el mercado se retiran, tras ejecutar su sucia tarea, no queda nada y el encuentro se convierte inmediatamente en sangrienta batalla. Me refiero a los espacios o dimensiones de la vida humana que no han conocido el trato destructivo de la política o la economía y han podido conservar su arquitectura tradicional. Desde las tabernas o las casas solariegas, de las cabañas a las iglesias arruinadas… de las que quedan restos en algunos de sus deformados avatares contemporáneos. Restos que son apenas nada.
Por eso resulta tan temible la catástrofe próxima, la crisis y la guerra, porque tampoco queda resto del viejo campo de batalla, convertido hoy en teatro de operaciones, en magnitud económico-técnica, en espacio para la experimentación y el exterminio. El hombre nuevo, cuyo precursor ha sido el hombre moderno, ignorará ya completamente las instituciones y modos del hombre viejo. El hombre nuevo, Neo, no sabrá lo que ha perdido y podrá juzgar que todo cambio es neta ganancia, el hombre nuevo será un progresista perfecto orientado por una tecnología de la que es él la obra máxima. Será ya un hombre libre de ideologías, el hijo de esta época “sin alternativas”, anunciada hace décadas por M. Thatcher. Veremos, por fin, que “la gran transformación no tuvo nada de ideológica. Lo que hizo que explotara la asfixiante y anticuada célula familiar no fueron ni lobbies, ni doctrinas; fueron los teléfonos inteligentes. Aquellas maquinitas que se sofisticaban y se miniaturizaban progresivamente se infiltraron sin problema en los hogares más cerrados, y todo el mundo pudo deshacerse de las ataduras de la carne y de la circunscripción del lugar”. Así se expresa Fabrice Hadjadj en un texto reciente.
Pero ese progresista absoluto, ignorante del principio de precaución que afirma que no hay ganancia sin pérdida, se condena a un sofisticado embrutecimiento orientado a inhibir cualquier aspiración metafísica. En el momento en que le toque el helado filo de la soledad sólo encontrará el hueco insustancial de su existencia artificial. Sólo la misma tecnología que lo embrutece le permitirá prolongar sus días, acudirá a la pantalla como el niño llamaba a su madre desde la ventana. Pero la voz que le devuelve el grito es hoy una voz distante y descarnada, viene de más allá de la superficie electrónica, es la voz cada día más real de un fantasma.